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Tribuna abierta

Trump al teléfono: sobre lenguas y política

Por Mikel Mancisidor - Jueves, 23 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Mariano Rajoy

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Mariano Rajoy

La entrevista telefónica de hace unos días entre Mariano Rajoy y Donald Trump ha dado para mucha chanza. Especialmente, como es habitual, se han ridiculizado las limitaciones del presidente español con el inglés. Un medio norteamericano se ha referido a su “notorious trouble with the English language” y no pocos comentaristas españoles le han reído la impertinencia.

Yo, por supuesto, creo que un presidente de nuestro tiempo, responsable máximo de la política exterior, de las relaciones con el resto de líderes mundiales y de las negociaciones comunitarias, debería manejarse con un mínimo de solvencia en la lengua franca de nuestro tiempo o, al menos, en ese sucedáneo internacional que nos sirve a los no nativos para comunicarnos en los organismos internacionales. Pero de ahí a reírle la gracia a ese periódico norteamericano y su superioridad lingüística hay un trecho, puesto que si hablaban por medio de traductor también se debía al “notorious trouble” de Trump con la lengua española.

No es lo mismo, se me dirá. No, no lo es, pero aún así merece una reflexión. No lo digo porque el español sea también una lengua oficial de las Naciones Unidas (y la principal en los organismos regionales americanos a los que Estados Unidos pertenece), sino porque es la lengua que habla un 13% de la población de su país, cuarenta millones de personas.

Trump no sólo no entiende español, sino que durante la campaña afeó a un oponente que lo hablara, como si esto fuera un demérito o una vergüenza que ocultar. El problema no es que no hable español sino que tiene un “notorious trouble” con cualquier otra lengua y con cualquier otra cultura que no sea la suya.

Si ninguno de los dos hablaba la lengua materna de quien estaba al otro lado de la línea, podían haber buscado una lengua mediadora;el francés, por ejemplo. Rajoy, al parecer, chapurrea algo de francés;Trump, sin embargo, no ha tenido el más mínimo interés por mejorar sus competencias lingüísticas en toda su vida.

Si hablaron con intérprete la culpa es, cuando menos, repartida. Bien pensado tampoco está mal. Yo, de hecho, recomendaría a todos los mandatarios internacionales hablar con Trump por medio de traductor, salvo que tengan un doctorado en filología inglesa por Oxford. De un hombre tan acostumbrado a abusar de su posición de poder se debe esperar que aproveche deslealmente cualquier ventaja que se le dé;y hablar tu lengua materna definitivamente lo es. De Angela Merkel se dice que pudiendo hablar inglés (además de alemán y ruso) no gusta de hacerlo en sus reuniones y negociaciones internacionales precisamente para evitar esa inferioridad dialéctica.

Al respecto, regreso de unos días de trabajo en la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra, donde se elige ahora a su nuevo director general, y consulto en la web el currículum de los tres candidatos finalistas fijándome en la sección de competencias lingüísticas, en el cuadro dedicado a su dominio de las lenguas oficiales de la ONU, aquellas en las que en teoría podrían trabajar cada candidato y su equipo (inglés, francés, español, árabe, ruso y chino). El primer candidato es británico y dice poder hablar algo de francés y leerlo, pero no escribirlo (en total, cinco puntos sobre un máximo de 9). El segundo candidato es etíope eritreo educado también en Gran Bretaña y además del inglés habla, como lenguas maternas, el amhárico y el tigrigna. La tercera candidata es paquistaní, educada de nuevo en Gran Bretaña, y además del inglés habla como materna el urdú y parece que además se defiende en persa, punjabi y pastún.

La Unesco defiende el “uso de al menos tres lenguas en el ámbito escolar: la materna, una regional o nacional y una internacional”. Nos toca subrayar el “al menos”: nuestro país, desde Enkarterri a Atharratze, desde Laguardia hasta Uztaritze, es trilin

Se pueden sacar varias conclusiones:

Primero, que el plurilingüismo es una realidad muy natural en muchas regiones de África y Asia. La directora general de la Unesco dice que “hoy en día la norma mundial es el empleo de tres lenguas como mínimo, a saber: una lengua local, una lengua de gran comunicación y una lengua internacional para comunicarse tanto en el plano local como en el mundial”.

Segundo, que sea quien sea el próximo director general de la OMS, sólo podrá trabajar con su equipo en inglés. A nadie se le habría ocurrido presentar a un candidato que hablara dos o hasta tres lenguas oficiales de la ONU, pero no el inglés.

El inglés es ya tan asumido como lengua única de trabajo que podría acudir un médico marroquí, por ejemplo, que hable perfectamente francés, árabe y español (la mitad de las lenguas oficiales de la ONU) e incluso que sepa tamazig y en la reunión con el director de la OMS se sentirá probablemente torpe porque, como en el caso de Trump y Rajoy, seguramente se asumirá que la carencia, el debe, es de quien no habla inglés.

La Unesco defiende desde 1999 la educación multilingüe con el “uso de al menos tres lenguas en el ámbito escolar: la lengua materna, una lengua regional o nacional y una lengua internacional”. A nosotros nos toca subrayar ese “al menos”: nuestro país, desde las Encartaciones a Atharratze, desde Laguardia hasta Uztaritze, es trilingüe, y con el inglés son ya cuatro las lenguas que nos convendría manejar.

Los franceses están muy preocupados con la pérdida de posición del francés como lengua diplomática. Se acaba de publicar en Francia el nuevo libro del gran sociólogo Alain Touraine. Se titula Le nouveau siècle polítique. En ese libro habla de las grandes cuestiones de la política francesa del momento: la laicidad, la ecología, los derechos humanos, la izquierda, la enseñanza, la relación entre la democracia y el republicanismo… y, de pronto, un capítulo titulado Défendons les langues européenes. Uno salta rápido a leerlo en la esperanza de verle sensible a la diversidad cultural europea, pero no encuentra más que lamentos de un imperialismo lingüístico en horas bajas rivalizando con otro más pujante (eso sí, se apresura a aclarar, “sans aucune hostilité à l’endroit des langues régionales”). Touraine llega a afirmar que “el francés está amenazado de ser pronto una lengua muerta” como el español o el italiano o el alemán, debido a la pujanza del inglés en la universidad, en la ciencia y en la cultura popular.

Esta sobreactuación en el quejido de hablante de una lengua dominante puede resultar impactante y hasta creíble leída, qué sé yo, en París o en Marsella. Leída desde cualquiera de los casi veinte países de África en que el francés es lengua oficial que convive con otras puede resultar algo más ridícula. Leído en Baiona o en Sara, en un país que lleva más de 200 años negando las lenguas propias en su interior y que aún hoy se niega a darles un reconocimiento constitucional del que se puedan derivar derechos o libertades para sus hablantes (Conseil Constitutionnel dixit), solo puede mover a la risa o a la indignación (sans aucune hostilité, bien sûr).

El asunto, como se ve, es más complejo que ridiculizar el inglés de Rajoy. Yo me conformo con que, además de animarse algo más con el gallego, empiece a hablar, como aquel otro predecesor suyo, algo de catalán en la intimidad: buena falta le va a hacer este año. El inglés (y una veintena de fórmulas de cortesía en cada lengua oficial española) se lo reclamaremos ya al que venga detrás.


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