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El beaterio

‘Shock’ traumático

Por Iñaki de Mujika - Lunes, 20 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Iñigo Martínez y Zurutuza, tumbado sobre el césped, se quejan de una oportunidad fallada.

Iñigo Martínez y Zurutuza, tumbado sobre el césped, se quejan de una oportunidad fallada. (Ruben Plaza)

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Iñigo Martínez y Zurutuza, tumbado sobre el césped, se quejan de una oportunidad fallada.El beaterio - IDM

Cuando llega la hora de la verdad en las competiciones europeas, superadas las fases de pájaros y trinos, es decir, de octavos de final en adelante, se supone que los equipos que acceden a las eliminatorias pertenecen al cuerpo de elite. Se esperan conjuntos dispuestos a la pelea, convencidos de que pueden y deben hacer cosas grandes. Sin embargo, en los encuentros de la semana pasada se dieron resultados impropios de colectivos aspirantes al éxito final.

En París bailaron el último tango. Emery, atusado de gominas, como Gardel o Corsini, sacó el bandoneón y lo hizo sonar en armonía clamorosa. Su rival se quedó con la letra, con el pensamiento triste que se baila, y se llevó el amargo sabor de la milonga sentimental. Cuatro goles en el saco y a imaginar una remontada que de no producirse desatará las iras de belcebú y leviatán y conllevará un shock traumático de consecuencias incalculables en la factoría de Luis Enrique.

El Arsenal acabó el partido de Múnich como la piñata en un cumpleaños de niños forzudos que agarran el bate y le dan palos hasta conseguir que caigan los regalos. Los de Ancelotti no se apiadaron de la muchachada de Wenger, que están fuera de ruta una vez más antes de lo esperado por la hinchada gunner que se desespera ante el nuevo fracaso. O eso parece. Otro shock.

Presté atención al partido de La Cerámica, porque el Villarreal llegaba a Anoeta tres días después. Acostumbro a situarme respecto al modo y a la forma del rival inmediato. Llegó la Roma como César con su tropa en La guerra de las Galias.Cargado de comandantes al mando de las maniobras, como Libinio Craso, Vercingétorix o Ariovisto, Spalletti y su tropa, con Dzeko, Manolas, De Rossi, Emerson o la alargada sombra de Totti, desplegaron la estrategia sobre el césped y no dejaron vivo un yelmo. Allí se acababa todo para los de Escribá que un día más tarde pudo leer en la prensa local de su entorno que el Villarreal se le caía de las manos.

Nuevo shock que añadir a la lista comentada y la sensación de que los castellonenses no llegaban a Anoeta con la moral disparada y que el partido ante los romanos podía pasarles factura física y anímica. Pese a que las declaraciones de todos hacían referencia a la oportunidad para levantarse, todos sabemos que un resultado de semejante envergadura, en casa y ante tu público, deja secuelas. Si es así, el contrario debe aprovecharse de las vicisitudes y avatares. Para ello hay que gestionar los recursos y pegar donde más duele.

Por estos pagos, pocas incógnitas. La más reseñable era conocer la decisión del técnico respecto a la elección del estilete de vanguardia. Optó por Juanmi como era previsible, porque Eusebio no salta habitualmente el escalafón. Donde mora un teniente coronel, no manda comandante. Jon Bautista saltó al campo a la hora de juego, pero con el partido muy trabado y su equipo espeso hasta el infinito. Pilló de cabeza un balón que se le fue fuera, lo mismo que minutos antes el andaluz al que sustituyó.

Cuando un equipo no remata ni una vez entre los tres palos durante noventa minutos, jugando en casa, es que algo has hecho mal. El Villarreal repitió con ocho futbolistas de quienes protagonizaron el cataclismo del jueves, pero se transfiguró a velocidad de vértigo en defensa. Escribá diseñó un plan perfecto, sin errores y convencido de que les iba a llegar el momento de asestar el golpe definitivo para ganar, rearmarse y callar bocas.

La Real no leyó bien el partido y no encontró respuesta. Se empeñó en jugar despacio, en conducir la pelota, en meterse por dentro, y terminó pagando factura. De modo cruel porque fue en la prolongación, pero sin sorpresa porque los castellonenses habían dado señales de vida bastante antes en una jugada de balón parado rematada cuatro veces (una al palo) delante de Rulli, que no fue de los destacados.

Los visitantes terminaron mejor y avisando. La posesión es un arma de doble filo. En esto, la Real goleó pero con el visto bueno del contrario. Dicen que la paciencia es una virtud, pero a veces se transforma en complacencia. Si no puedes ganar, no pierdas. El empate hubiera mantenido la distancia con el rival, más allá del gol-average. La derrota decepciona y crea, también aquí, otra versión del shock traumático. Tengo la sensación de que a estas horas si el partido siguiera jugándose, todo sería lo mismo. Estado de shock o de atolondramiento general. Lo que queráis.


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