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Neure kabuz

Nóos, corrupción y desarrollo económico

Por Jon Azua - Lunes, 20 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:11h

La infanta Cristina e Iñaki Urdangarin

La infanta Cristina e Iñaki Urdangarin (EFE)

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La infanta Cristina e Iñaki Urdangarin

Al parecer, es la noticia de la semana. Años después de su inicio, tras un largo proceso judicial, político y mediático una vez descubierto por casualidad investigando el llamado caso Palma Arena, demostrada fechoría de la “administración modelo” que presenciaba el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy;el caso Nóos parecería llegar a su fin con la comunicación de la sentencia.

En el camino, al margen de la sentencia definitiva, la evidencia de una justicia lenta, mediatizada, no independiente y con múltiples episodios e interferencias ensanchando la sombra de una larguísima corrupción organizada. En este caso, desde las más altas instancias del Reino de España, gobiernos, empresas afines y personajes variopintos. Nóos no es un caso aislado. España está teñida (manchada) de una larga cadena de chapuzas que no pueden considerarse iniciativas aisladas sino, por el contrario, una cultura y una práctica ampliamente extendidas. A la herencia franquista consolidada en la transición y que perdura con nuevas formas, nombres y apellidos similares y “nuevos jugadores acompañantes del negro y sucio juego”, se añade la persistente tolerancia que se traduce en excusar a una Casa Real o el votar a un presidente presente en todo el periodo de sospechas y condenas y un largo etcétera que parecería imparable.

En paralelo (o en relación con…), América Latina se ve infectada de sur a norte por el fenómeno Odebrecht, mancha extendible de este emporio brasileño de la infraestructura y la construcción que parece haber contaminado todo tipo de países, gobiernos, empresas y medios de comunicación. No es sorprendente, por tanto, que en una conversación con un buen amigo empresario mexicano hace unos días este me dijera: “Pensábamos que la corrupción era un modelo cultural autóctono, pero hemos comprobado que nos llegó en barco en 1492 con el descubrimiento de América”.

Datos aparte, un reciente informe sobre prospectiva y proyección de crecimiento y desarrollo económico con estimaciones a 2030 y 2050 -PwC: The long view. How will the global economic order change by 2050 (En qué medida cambiará el orden económico para 2050)-, además de comprobar, una vez más, el cambio en el ranking de las economías mundiales atendiendo al tamaño de su PIB;de observar cómo, salvo China, que conservará su primera posición, el resto de las 32 economías más grandes (con el 85% de la riqueza global acumulada), cambiarán posiciones;y cómo el “nuevo G-7” se convertirá en un nuevo bloque de países emergentes (Indonesia, México, India, Brasil, Rusia junto con China y un Estados Unidos perdiendo posiciones);constata también que solamente Alemania y el Reino Unido (considerando su configuración actual) aparecerían entre los doce primeros puestos (la España de hoy, por ejemplo, pasaría del lugar 16 al 26). Pero más allá del ranking, es de destacar que al profundizar en el análisis y preguntarse qué riesgos harían imposible el “éxito o mantenimiento” de un crecimiento y desarrollo positivo, a los factores propios de la innovación, la educación adecuada al propósito y el modelo de desarrollo, a la inclusividad de su crecimiento, la bondad de su gobernanza e institucionalización y a su capacidad de interacción con las economías mundiales y las diferentes cadenas de valor añadido, surge, como elemento esencial, la “erradicación de la corrupción”.

La corrupción no es solamente una carga mortífera para la ética, para la moral, o para la libre competencia, la confianza y credibilidad y apoyo democráticos y de gobernanza, o para el estímulo y la aceptación de las responsabilidades fiscales y los diferentes sistemas impositivos y tributarios o para la alta esencia de la cohesión e inclusión social. Influye, también, en la capacidad de inversión y generación de capital humano y físico, en el movimiento de la inversión interna y extranjera y, por supuesto, en la necesaria lucha contra la economía ilícita, tan extendida en el mundo.

Acometer estos retos exige instituciones fuertes, creíbles, fiables, capaces de abordar las reformas y políticas necesarias, compartidas, que la sociedad haga suyas, en procesos abiertos, transparentes, democráticos, de largo plazo. ¿Cómo podemos hacerlo sin el concurso de gobiernos, sociedades, personas comprometidas con culturas limpias, no tolerantes a cualquier tipo de corrupción, en democracias reales, sistemas de justicia independientes y capaces?

Podremos diseñar políticas y modelos económicos de negocio potentes y de éxito, podremos contar con los mejores sistemas educativos y podremos alcanzar la riqueza y la abundancia, pero si vienen contaminados de una lacra de corrupción, suficientemente extendida, hipotecaríamos cualquier opción de futuro.

Hoy es Nóos, es Gürtel, es Odebrecht en varios países (México, Perú, Panamá…) con el conglomerado brasileño “de negocios” poniendo en jaque a múltiples gobiernos, otrora triunfantes por el éxito de sus logros inversores, planes de infraestructuras y atracción de inversión extranjera. País a país, incluido España. ¿Mañana?

Más allá de un caso y de una sentencia, desgraciadamente, parecería una extensa mancha sistémica. Empecemos por resaltar una simple constatación: “…también en el éxito político y empresarial, así como en la vida personal, la ética sí importa y, finalmente, marca la diferencia”.

Sin duda, prever lo que pase en 2050 resulta poco menos que imposible, pero decidir lo que queremos lograr y cómo hacerlo es cuestión de la voluntad y compromiso de todos y cada uno de nosotros.


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