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Podemos se gana a pulso su soledad

El endurecimiento del sello propio que propugna Pablo Iglesias para su línea política complicará el entendimiento entre opciones de izquierda en favor del PP

Juan Mari Gastaca - Sábado, 18 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Juan Mari Gastaca

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En Vistalegre II se decidió más madera y, por tanto, la manida unidad de la izquierda suena a quimera para mucho tiempo. Con este endurecimiento de su acción estratégica, que parece olvidar peligrosamente la existencia de un 40% con derecho a exigirle un guiño de aconsejable pluralidad, Podemos se arriesga a cambiar el mundo en la soledad de su montera mientras pulveriza sin importarle en absoluto los posibles puentes de acción compartida con otras izquierdas. Nunca había ganado Mariano Rajoy dos congresos sin moverse de la misma silla en una misma tarde como hace una semana. Lo tuvo bien fácil con la entrega enfervorizada de la sumisa militancia del PP y le queda en los próximos meses empezar a cobrarse en el Congreso los réditos de la incontestable victoria de Pablo Iglesias que impedirá la acción compartida desde la oposición.

Viene duro el catálogo de Podemos con el firme propósito de exhibir músculo propio. Una franquicia abierta para ese corolario interminable de denuncias, frases de titular inmediato, bravatas de fotografía asegurada, viralidad para el hostigamiento que de eso se trata la apuesta por el inconformismo. Y ahí, desde luego, no tiene sitio el posibilismo combatiente de Iñigo Errejón abrasado puntualmente en la búsqueda de ese entendimiento desde la izquierda que debilite a la derecha, incluso la desaloje un día -lejano- del poder, pero que queda expuesto como alternativa válida, al menos de pensamiento. De momento, mientras espera hoy mismo la sentencia de su aislamiento disfrazado de feminización de la portavocía, ya sabe que el próximo miércoles no tiene un hueco para hacerle siquiera una pregunta al Gobierno en el pleno de control que tanto luce. Irene Montero, cómo no, ocupará su espacio. Por ahí empezará una lógica depuración de los derrotados, que se irá deslizando hacia el resto de territorios contestatarios -Euskadi no va a librarse- como hubiera ocurrido, no obstante, en cualquier partido de la casta después de una pelea a vida o muerte, o tú o yo. En su actualizada hoja de ruta, Podemos no visibiliza socio alguno desde la atalaya de su exigencia política porque entiende que nadie se asemeja a su espíritu imperturbable de lucha social. El cambio en España solo vendrá de la mano de sus conquistas. No hay un hueco, por supuesto, para ese PSOE entreguista que favoreció con su abstención la investidura de Rajoy. Ni siquiera con Pedro Sánchez, a quien tampoco se imaginan en Podemos superando todas las barras inimaginables en unas primarias. Y tampoco se vislumbra la química suficiente con una izquierda soberanista, como pudiera ocurrir con ERC, de la que les separa una buena parte de su identidad sin esperar siquiera al golpe de efecto del nuevo partido de Ada Colau que les puede engullir. Apenas les quedaría Izquierda Unida mientras al fondo del pasillo se oyen malévolas carcajadas como si quisieran cuestionar el nulo apoyo electoral que el comunismo federal les puede prestar después de la última experiencia electoral tan desalentadora. Así, sin más mochila que la propia, Iglesias se lía la manta a la cabeza para iniciar su particular travesía del desierto.

En el PSOE ven alejarse la vuelta al poder por la fragmentación expresa de la izquierda, que sabe a decepción anticipada. Posiblemente así se alienta la razón de quienes jamás imaginaron la viabilidad de un entendimiento estable con Podemos, un movimiento surgido con verdugo del socialismo, pero golpea una ilusión que anida en la mayoría de sus bases.

En cambio, les reconforta el riesgo del previsible desencanto que corre Podemos cuando la desilusión por el cambio imposible, lejos del poder y en orfandad, prenda en los círculos mes a mes. Y es verdad que puede ocurrir. Solo entonces habrá un ganador y ese será el PP, de Rajoy por supuesto, posiblemente más cerca de la mayoría absoluta y con Ciudadanos ya mucho menos levantisco y propicio para el cruce de cromos.

Pero Podemos juega todavía con el interminable caudal de su fascinación mediática y el encantamiento intocable de su discurso entre los sectores más reivindicativos que transitan desde el desencanto y el idealismo. Ahí está el blindaje de Iglesias, que no la carta blanca, hasta dentro de dos años cuando le llegue el examen de las elecciones locales y de algunas autonómicas. Errejón esperará. Se sabe legitimado porque abandera una apuesta de futuro que refrendan casi un 40% de entusiastas tras salir perjudicados por un sistema de votación, aceptado sí, pero aliado únicamente con el vencedor. El problema es el frío de la soledad. Vaya, como el de Podemos en el Congreso.


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