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Espíritu civil contra el tormento. Globalización y desglobalización

Por Javier Elzo - Sábado, 18 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Es ya un tópico decir que vivimos en la tierra como patria común de todos los humanos, pero no por tópico es menos cierto. Esta interdependencia de unos países con otros y de las vidas de unos ciudadanos con las de otros, incluso alejados geográficamente, es ya una realidad. Pero esta globalización y esta interdependencia no han logrado una disminución de las diferencias entre las personas, bien al contrario, las diferencias entre países se están haciendo mayores y, en el interior de los países, entre unas y otras personas, como mostré en estas columnas en diciembre pasado, aplicado a Euskadi.

La desigualdad entre países está propiciando que, en los países ricos, como en Europa, la ciudadanía se esté replegando en su sociedad del bienestar, cual fortaleza sitiada, mientras a sus aledaños cada vez más personas procuran introducirse en ella, por los procedimientos que sean. No hay día sin que los medios de comunicación social nos informen de ciudadanos africanos o asiáticos intentan introducirse en el “eldorado” europeo. Europa corre el riesgo de convertirse en una sociedad sitiada que está dando lugar a un “revival” de un nacionalismo y de una religiosidad identitarias. Es la desglobalización que algunos ya propugnan abiertamente.

En efecto, la otra cara de la moneda de la mundialización es la búsqueda de entornos más próximos, en la tribalización de la sociedad en colectivos de afinidades emocionales, ideológicas, etc. También en el renacer de los nacionalismos con pretensiones monoétnicas, excluyentes del diferente, del perteneciente a otras coordenadas, sin olvidar el auge de los fundamentalismos, particularmente los de signo religioso: algunas manifestaciones del Islam ciertamente, aunque no pocos nos preguntamos si el Islam no es, para muchos de sus adeptos, otra cosa sino el refugio y la seña de identidad ante lo que han sentido y percibido como el etnocentrismo cultural de Occidente. Pero algo similar, en gran parte por temor a ese islamismo, está sucediendo con las religiones cristianas como avanza, con pertinencia y valentía, una publicación reciente en Francia de Erwan Le Morhedec. Ya el título refleja la tesis que en él se postula: Identitaire, le mauvais génie du christianisme, (Identidad, la mala deriva del cristianismo). Cerf. Paris 2017.

En esta publicación podemos leer que “algunos consideran que un verdadero francés, preferentemente blanco, es cristiano y que militantes conocidos de la identidad, manifiestan (…), como la espuma de su más profundo malestar, la angustia de la desaparición. Desaparición de una civilización, desaparición de una religión. Desaparición de Francia, desaparición de la fe. (Páginas 11 y 12). Estamos, en efecto, ante una gran tentación identitaria. Cómo escribe el alcalde de Béziers, el católico Robert Ménard, tránsfuga de la extrema izquierda al Frente Nacional de Le Pen, “los cristianos esperan del papa que él defiende la cristiandad, no su sumersión por la inmigración” (p.17).

Sí, en la vieja Europa, aquí al lado, en “la hija mayor de la Iglesia”, Francia, tenemos esta desglobalización identitaria, y no solamente con Marine Le Pen. Aunque es imposible no mencionar alguno de sus 144 compromisos electorales, sobre todo cuando todas las encuestas la dan como favorita en las próximas elecciones presidenciales de abril próximo y, aunque parece improbable que lo consiga, entra dentro de lo posible, visto lo visto en Gran Bretaña, en América, en Austria, las dificultades de Merkel en Alemania, etc. Ya en el primero de los 144 compromisos para la Presidencia de Francia, podemos leer que pretende “recuperar nuestra libertad y el control de nuestro destino, restituyendo al pueblo francés su soberanía”. Lo remacha, en el mismo punto, afirmando que “el objetivo es el de conseguir un proyecto europeo respetuoso de la independencia de Francia, de las soberanías nacionales y que sirva a los intereses de los pueblos”.

Algo similar, aunque algo más moderado, lo he encontrado en un pequeño libro de diciembre de 2016 del, vaya usted a saber, si no será el nuevo Presidente de Francia, pese a lo que le está cayendo, François Fillon Vaincre le totalitarisme islamique (Vencer al totalitarismo islamista) ed. Albin Michel. He aquí algunas frases de su libro: “es en la escuela, donde he aprendido que France es grande y que su historia es más que milenaria. Que es la nación más antigua en Europa”. (p 142). “Somos únicos! ¿Por qué deberíamos excusarnos de ello?” (p. 144). “Tenemos necesidad de estar orgullosos de nuestro país para franquear los obstáculos que levanta un nuevo mundo dispuesto a sacarnos de la historia. Tenemos necesidad de estar orgullosos de Francia para defender su unidad que ha estado siempre amenazada. (…) Las provocaciones de los salafistas, y de los Hermanos Musulmanes no tienen otros objetivos que la destrucción de la unidad nacional sin la cual Francia no existe, no cuenta. Estamos pues ante una cuestión vital para nuestra nación” (p.145). Y así hasta el final del libro. Antes de que se supieran los escandalosos sueldos de su mujer, subí una reflexión a mi blog sobre su figura y su política en https://javierelzo.blogspot.com.es/2016/12/la-guerra-de-fillon-y-su-radical.html.

El filósofo e historiador Marcel Gauchet es mundialmente conocido por su libro El Desencantamiento del mundo (Trotta 2013, pero el original es de 1985) con su, no siempre bien entendida tesis, del “cristianismo como la religión de la salida de la religión”. Gauchet, acaba de publicar Le Nouveau Monde (todavía no traducido), cuarto volumen de su magna obra El Advenimiento de la democracia (consecuencia de la salida política de la religión, sostendrá). En una entrevista escribe que “al final del individualismo radical está el autoritarismo radical”. Lo aplica a Donald Trump, que lo define como “la exacerbación de una lógica individualista propia a las sociedades democráticas” cuyas primicias afirma haber conocido en su juventud en el anarquismo: “no he visto tantas personas autoritarias como en el mundo libertario” y añade, “basta fijarse en la actualidad en las redes sociales, en el rechazo a la divergencia, al compromiso y a toda regla mayoritaria, con la convicción de que solamente vale mi punto de vista”. Parece que, en su nuevo libro, lo digo con mis palabras en el contexto de este artículo, se sitúa a caballo entre la globalización y la desglobalización en pro de una identidad inteligentemente incluyente del diferente. Libro que aún no he leído y que hará pasatxanda, seguro, a los que tengo en espera de lectura.

He escrito, a propósito, con ejemplos que no nos conciernen directamente. Para no cortocircuitar su lectura citando a políticos vascos y españoles. Pero lo termino tal y como concluyo la entrada en mi blog: El (a menudo denostado) nacionalismo democrático vasco es una ñoñería comparado con el que esgrime Fillon. Y tantos otros. También en España.

las claves

Formas de tormento. Es sabido por todos que la violencia injusta que hemos padecido proviene de fuentes diversas y presenta expresiones muy variadas. Conocer a fondo todas ellas, reparar a sus víctimas, ayudará a la creación de la confianza social que necesitamos para convivir con normalidad.

Poco a poco, se está desvelando la verdad del asesinato, de la amenaza y el chantaje, y del tormento que en Euskadi han sufrido miles de personas. Diferentes análisis y procesos han retratado las caras de las víctimas de las diferentes violencias ilegítimas y han sacado a la luz sus padecimientos. En breve se presentarán la investigación sobre la tortura policial, encargada por el Gobierno Vasco al Instituto vasco de Criminología, y el estudio sobre la extorsión (impuesto revolucionario) de ETA, que está realizando el Centro de Ética aplicada de la Universidad de Deusto también para el Gobierno Vasco.

La tortura y el impuesto revolucionario son dos formas de infligir sufrimiento que se han aplicado sobre un gran número de personas. Son modalidades de una misma técnica, consistente en atormentar personas para conseguir lo que no podría lograrse de otra manera. Como lo es también la violencia de persecución, desarrollada a partir de la campaña de ‘socialización del sufrimiento’ que la izquierda abertzale puso en marcha en los años 90.

Es absolutamente necesario conocer la verdad del tormento en las tres manifestaciones descritas. Hay que activar las diversas memorias del sufrimiento, de tal manera que puedan aleccionar nuestro comportamiento cívico presente y futuro. Los hechos están grabados en la memoria de miles de vascos. No habrá convivencia normal sin que los que los perpetraron contribuyan a restablecer un ambiente de confianza social, en torno a un suelo ético compartido.

Sentido tradicional de la dignidad humana. En todas sus declaraciones y obras, siempre que podía, el lehendakari Agirre rememoraba la ética tradicional vasca: “el espíritu civil vasco no resistía que la dignidad humana sufriese detrimento, fuera por vía de tormento o de otra forma cualquiera” (El sentido histórico de la dignidad humana y la libertad entre los vascos. Conferencia en la Universidad de La Habana de Cuba, 11 de octubre de 1942). A partir del siglo XIV, las disposiciones forales de los diferentes territorios incorporaron la prohibición taxativa del tormento, protegiendo no solo a los naturales de los territorios vascos, sino a todas las personas.

A través de sus continuos viajes por el mundo, Agirre siempre se mostró orgulloso de este espíritu civil que formaba parte del fondo permanente de las tradiciones vascas, genuinamente representadas en el árbol de Gernika: “El sentido vasco de la dignidad parece una doctrina hecha para combatir esa corriente que marcan las dictaduras y la violencia de nuestros días, a pesar de que ese sentido es inmemorial y tan viejo como todas las noticias que tenemos del viejo pueblo vasco” (Libertad y dignidad humana en el pueblo vasco. Conferencia en el Centro Vasco de Caracas, 7 de octubre de 1942).

Sentido vasco de la dignidad humana, espíritu civil humanista, designémosle como queramos. Lo que es seguro es que, tras esos términos, es fácil identificar el significado del suelo ético que hoy necesitamos para convivir. ¿Podría ser posible que Agirre Center, que trabaja en la transmisión del abundante legado de Agirre, contribuyera a actualizar y difundir ‘urbi et orbi’ ese espíritu civil tradicional, fundado sobre el principio ético de la supremacía moral de la dignidad humana?

Mal menor. Este fin de semana, en relación con la tortura policial, el diario Gara ofrecía un “marco de justicia que sirva de ejemplo” para mejorar como sociedad, que dependía de tres condiciones: “reconocimiento público de lo que les sucedió, la depuración de responsabilidades y una reparación institucionalizada que pone lo simbólico y moral por encima de lo material”. Bajo esas tres condiciones, Gara realiza un planteamiento que todas las personas decentes pueden aceptar. En efecto, la convivencia solo se asentará con fuerza a partir del reconocimiento mayoritario de haber sufrido juntos una violencia injusta, causada por unos pocos que tienen que asumir su responsabilidad, y que debe superarse con la ayuda reparadora de las instituciones.

Lo que pasa es que falta saber si la izquierda abertzale aceptaría que este planteamiento se aplicara también a los crímenes de ETA, a la extorsión del impuesto revolucionario y a la persecución de Jarrai. En definitiva, la cuestión que no acaba de concretarse es si será posible que los que durante décadas han vulnerado gravemente la dignidad de las personas puedan retornar al respeto a ese espíritu civil que han despreciado tantas veces.

Lamentablemente, las recientes declaraciones de Otegi a Euskadi Irratia quiebran toda esperanza: “ETA nunca ha dicho que matar estuvo bien”. Parece decirnos que el terror estuvo mal, pero que hubo que hacerlo. Es la cínica teoría del Mal Menor, esencial a la ética revolucionaria que, según suele decir el jefe de Sortu, le enseñó Fidel Castro. No se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. Bajo esta argumentación, se dice que no puede concebirse una revolución sin costes humanos, aunque eventualmente quepa minimizarlos. La condición humana queda así a expensas del acierto en la meta revolucionaria. No puede haber un discurso más relativista e inhumano. Nada más antitético, por lo tanto, con ese espíritu civil (ético) vasco necesario para rehabilitar la convivencia, a cuyo amparo la dignidad de las personas debería estar por encima de todo.

La desigualdad entre países está propiciando que, en los países ricos, como en Europa, la ciudadanía se esté replegando en su sociedad del bienestar, cual fortaleza sitiada

Es absolutamente necesario conocer la verdad del tormento que significó la tortura, el impuesto revolucionario y la estrategia de socialización del sufrimiento


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