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Espíritu civil contra el tormento

Por Joxan Rekondo - Sábado, 18 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 08:05h

Formas de tormento. Es sabido por todos que la violencia injusta que hemos padecido proviene de fuentes diversas y presenta expresiones muy variadas. Conocer a fondo todas ellas, reparar a sus víctimas, ayudará a la creación de la confianza social que necesitamos para convivir con normalidad.
Poco a poco, se está desvelando la verdad del asesinato, de la amenaza y el chantaje, y del tormento que en Euskadi han sufrido miles de personas. Diferentes análisis y procesos han retratado las caras de las víctimas de las diferentes violencias ilegítimas y han sacado a la luz sus padecimientos. En breve se presentarán la investigación sobre la tortura policial, encargada por el Gobierno Vasco al Instituto vasco de Criminología, y el estudio sobre la extorsión (impuesto revolucionario) de ETA, que está realizando el Centro de Ética aplicada de la Universidad de Deusto también para el Gobierno Vasco.
La tortura y el impuesto revolucionario son dos formas de infligir sufrimiento que se han aplicado sobre un gran número de personas. Son modalidades de una misma técnica, consistente en atormentar personas para conseguir lo que no podría lograrse de otra manera. Como lo es también la violencia de persecución, desarrollada a partir de la campaña de ‘socialización del sufrimiento’ que la izquierda abertzale puso en marcha en los años 90.
Es absolutamente necesario conocer la verdad del tormento en las tres manifestaciones descritas. Hay que activar las diversas memorias del sufrimiento, de tal manera que puedan aleccionar nuestro comportamiento cívico presente y futuro. Los hechos están grabados en la memoria de miles de vascos. No habrá convivencia normal sin que los que los perpetraron contribuyan a restablecer un ambiente de confianza social, en torno a un suelo ético compartido.
Sentido tradicional de la dignidad humana. En todas sus declaraciones y obras, siempre que podía, el lehendakari Agirre rememoraba la ética tradicional vasca: “el espíritu civil vasco no resistía que la dignidad humana sufriese detrimento, fuera por vía de tormento o de otra forma cualquiera” (El sentido histórico de la dignidad humana y la libertad entre los vascos. Conferencia en la Universidad de La Habana de Cuba, 11 de octubre de 1942). A partir del siglo XIV, las disposiciones forales de los diferentes territorios incorporaron la prohibición taxativa del tormento, protegiendo no solo a los naturales de los territorios vascos, sino a todas las personas.
A través de sus continuos viajes por el mundo, Agirre siempre se mostró orgulloso de este espíritu civil que formaba parte del fondo permanente de las tradiciones vascas, genuinamente representadas en el árbol de Gernika: “El sentido vasco de la dignidad parece una doctrina hecha para combatir esa corriente que marcan las dictaduras y la violencia de nuestros días, a pesar de que ese sentido es inmemorial y tan viejo como todas las noticias que tenemos del viejo pueblo vasco” (Libertad y dignidad humana en el pueblo vasco. Conferencia en el Centro Vasco de Caracas, 7 de octubre de 1942).
Sentido vasco de la dignidad humana, espíritu civil humanista, designémosle como queramos. Lo que es seguro es que, tras esos términos, es fácil identificar el significado del suelo ético que hoy necesitamos para convivir. ¿Podría ser posible que Agirre Center, que trabaja en la transmisión del abundante legado de Agirre, contribuyera a actualizar y difundir ‘urbi et orbi’ ese espíritu civil tradicional, fundado sobre el principio ético de la supremacía moral de la dignidad humana?
Mal menor. Este fin de semana, en relación con la tortura policial, el diario Gara ofrecía un “marco de justicia que sirva de ejemplo” para mejorar como sociedad, que dependía de tres condiciones: “reconocimiento público de lo que les sucedió, la depuración de responsabilidades y una reparación institucionalizada que pone lo simbólico y moral por encima de lo material”. Bajo esas tres condiciones, Gara realiza un planteamiento que todas las personas decentes pueden aceptar. En efecto, la convivencia solo se asentará con fuerza a partir del reconocimiento mayoritario de haber sufrido juntos una violencia injusta, causada por unos pocos que tienen que asumir su responsabilidad, y que debe superarse con la ayuda reparadora de las instituciones.
Lo que pasa es que falta saber si la izquierda abertzale aceptaría que este planteamiento se aplicara también a los crímenes de ETA, a la extorsión del impuesto revolucionario y a la persecución de Jarrai. En definitiva, la cuestión que no acaba de concretarse es si será posible que los que durante décadas han vulnerado gravemente la dignidad de las personas puedan retornar al respeto a ese espíritu civil que han despreciado tantas veces.
Lamentablemente, las recientes declaraciones de Otegi a Euskadi Irratia quiebran toda esperanza: “ETA nunca ha dicho que matar estuvo bien”. Parece decirnos que el terror estuvo mal, pero que hubo que hacerlo. Es la cínica teoría del Mal Menor, esencial a la ética revolucionaria que, según suele decir el jefe de Sortu, le enseñó Fidel Castro. No se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. Bajo esta argumentación, se dice que no puede concebirse una revolución sin costes humanos, aunque eventualmente quepa minimizarlos. La condición humana queda así a expensas del acierto en la meta revolucionaria. No puede haber un discurso más relativista e inhumano. Nada más antitético, por lo tanto, con ese espíritu civil (ético) vasco necesario para rehabilitar la convivencia, a cuyo amparo la dignidad de las personas debería estar por encima de todo. l
Analista


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