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Tribuna abierta;por Javier Elzo

El demiurgo y el jardinero

Por Javier Elzo - Sábado, 2 de Julio de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Javier Elzo

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Al límite, hay dos formas básicas de estar y actuar en la vida. También en la vida política. Son las que responden a la figura del demiurgo y a la del jardinero, atendiendo a la filósofa Chantal Delsol en su último libro, La haine du monde. Totalitarismes et postmodernité” -El odio del mundo. Totalitarismos y postmodernidad- (Cerf, París, 2016, 238 paginas). Este texto es deudor de ese libro.

El demiurgo representa el mundo prometeico, el mundo producido sin anclajes en el ayer, ayer que es visto negativamente, como el mundo viejo, arcaico, desfasado y nefasto, que debe ser transformado radicalmente (desde la raíz que será extirpada), para dar lugar a la sociedad sin clases, a la sociedad sin pobres, sin opresores ni oprimidos.

En el siglo XXI, los demiurgos han dejado atrás el terror físico, la violencia sangrienta, pero no han renunciado a la creación del hombre nuevo, de una nueva sociedad perfecta, sin injusticias. En el plano filosófico, biotecnológico, político, cultural etc., con base conceptual y con repercusiones en la vida cotidiana. Así, la revolución transhumanista es no solamente indolora sino que promete un hombre aumentado, un hombre sin enfermedades que, incluso los más atrevidos no dudan en calificar de hombre inmortal.

En el ámbito societario y, más en concreto, en el político de partidos y movimientos, este planteamiento lo vemos claramente en los movimientos extremistas que se presentan radicalmente pacifistas y radicalmente prometeicos: hay que acabar con el mundo antiguo, hay que conquistar el cielo de la felicidad completa, haciendo tabla rasa de lo existente, un mundo corrompido por el gran capital y la casta de los mandamases de izquierda y derecha que nos han expoliado las últimas décadas.

Este planteamiento de una sociedad sin injusticias, con el principio absoluto de la libre determinación de opciones políticas (sin exclusión de la secesión si así lo pidiese una mayoría de la población considerada) y logrado sin derramamiento de sangre, se antoja uno de los factores más potentes que explican la pérdida en votos de Herri Batasuna (con su histórica legitimación de ETA) y el actual auge de Podemos en Euskadi. No es el único factor, pero sí uno importante y que explicaría la caída y el ascenso, estos últimos dos años, de las formaciones herederas de Batasuna y Podemos respectivamente, en Euskadi… y en Navarra.

En realidad, el jardinero rechaza radicalmente la pretensión de la radicalidad, de que la verdad se encuentre en un cajón determinado, y menos aún que él detenga la llave de ese cajón. Llámese el cajón como se llame: comunismo, socialismo, liberalismo, nacionalismo, cristianismo, ateísmo, y todos los ismos que bañan el planeta en el que vive. No considera que los ismos no tengan elementos positivos de los que pueda aprender en pro de una sociedad, más humana, más justa, más convivial. Pero sabe que todos estos ismos, cuando se han pretendido implantar, sea de forma militar y sangrienta (el nazismo, el comunismo, antaño el cristianismo: la espada y la cruz), y de forma más sibilina en la actualidad, sea haciendo del dinero y la técnica sin ciencia, sus dioses, sea olvidándose de modelos antiguos que generaron baños de sangre, sabe el jardinero que, entonces, entonces sí, la sociedad va al desastre, al totalitarismo, ismo este que el jardinero estima que es el que hay que desterrar radicalmente.

El jardinero no cae en el relativismo, en la dictadura del todo vale. La dictadura de que cada cual puede hacer lo que quiera a condición de no herir al otro, la dictadura del principio de que la libertad de cada uno se limita en la de los demás, haciendo así bueno, elevándolo a categoría de moral práctica, el principio sartriano de que “el infierno son los otros”.

De ahí que no se pueda aceptar el modelo del demiurgo (por fatuo, ignorante y, sobretodo, peligroso) y debamos apostar, decidida y firmemente, con la inteligencia del corazón y la humildad de la razón, por el modelo del jardinero.



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