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Editorial

Debate transgénico

La deriva económica en el desafío de acabar con la malnutrición de una de cada diez personas en el mundo provoca lógicos recelos a la ingeniería genética, cuyo desarrollo se antoja necesario pero exige un control exhaustivo

Sábado, 2 de Julio de 2016 - Actualizado a las 06:12h

La polémica desatada por la carta de 109 premios Nobel de medicina, física y química acusando a Greenpeace de “crímenes contra la humanidad” por su oposición al arroz dorado, variedad que podría contribuir a paliar las muertes y enfermedades que padecen 250 millones de personas, especialmente en África y Asia, al aportar mayor cantidad de betacaroteno, que el organismo humano transforma en vitamina A, no es sino parte de una polémica, la abierta respecto a los alimentos transgénicos, en la que convendría evitar los maximalismos. Como premisa, es indispensable señalar que alrededor de 800 millones de personas (algo más de una de cada diez) en el mundo sufren malnutrición crónica, problema cuya solución constituirá en el medio plazo el principal reto de la humanidad puesto que, según la FAO (Food and Agriculture Organization) de Naciones Unidas, dar de comer a los 9.600 millones de seres humanos que habitarán la Tierra en 2050 precisará una inversión anual de 75.000 millones de euros, también del aumento de un 70% de la tierra cultivable. Con ese horizonte, el desarrollo de alimentos transgénicos u organismos mejorados genéticamente -ni siquiera el lenguaje es inocente en esta polémica- debería ser algo más que una oportunidad. Ahora bien, por ello mismo la alimentación se ha convertido en un sector estratégico en el que las diez principales empresas alimentarias (Nestlé, Unilever, Pepsico, Mars, Danone...) facturan 900 millones de euros diarios, suponen el 10% de la economía mundial y despliegan una intensa competencia respecto al control de la investigación y los recursos (aunque no es el caso del arroz dorado, cuya patente es pública), entre los que se hallan los cultivos transgénicos que, aunque apenas se dice, ya ocupan hoy dedicadas directamente a la alimentación más de 57 millones de hectáreas (principalmente soja y maíz) en 18 países, el 80% de cuya producción explota la estadounidense Monsanto. Y esa derivada económica, incluso geoestratégica, en el desafío de alimentar a la humanidad sin colapsar los recursos del planeta provoca lógicos recelos respecto a la ingeniería genética, cuyo desarrollo y aplicación, a la vista de los datos necesaria, exige un control de sus consecuencias tan científico y exhaustivo como en lo posible exento de las interferencias de los grupos de presión que polarizan y condicionan el debate.


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