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Tribuna abierta

La oportunidad perdida del ‘brexit’

Por Ander Errasti López - Miércoles, 29 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:11h

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Tras la celebración del referéndum del pasado jueves, hay una reflexión de fondo que considero que debe acompañar a todo análisis del propio resultado, por desalentador que este haya sido para los europeistas... o precisamente por eso. Desde que en 1973 el Reino Unido accediera a la entonces denominada Comunidad Económica Europea, su pertenencia siempre había estado en cuestión. El referéndum de 1975, cuando un 67% de los votantes optó por la permanencia en el proyecto de integración europea, no impidió la persistencia más o menos aguda del debate. Sin embargo, este debate adquirió una nueva dimensión cuando, en enero del 2013, el Primer Ministro conservador David Cameron anunció que, si resultaba reelegido, el Reino Unido renegociaría su relación con la Unión Europea y ratificaría el resultado por medio de un referéndum. Ante la posibilidad de que se celebrara el referéndum del pasado jueves, hubo dos posturas mayoritarias: la de aquellos que sostenían que había que permitir el referéndum porque el Reino Unido era un estado soberano que tenía ese derecho unilateral a priori (visión más estatalista, intergubernamental) y la de aquellos que se oponían por considerarlo una irresponsabilidad y un ataque contra el proyecto de integración europeo (planteamiento más supranacionalista, federal). La versión más radical de estos últimos afirmaba, incluso, que debíamos votar todos los ciudadanos europeos. Como toda taxonomía, tiene mucho de simplificación, pero la mayoría de posturas se movían en ese marco. El hecho de que, en este caso, la legalidad no fuera un elemento de la discusión facilitaba que el caso de la potencial secesión del Reino Unido se analizara como lo que es: un debate político. Sin embargo, entre estas dos visiones estatalistas y supranacionalistas de la UE -siguiendo con la dicotomía simplificada-, se planteó una visión intermedia que desde el europeísmo más pluralista, desde una concepción cosmopolita de la UE, defendía la celebración del referéndum por considerar que permitía reforzar la legitimidad del proyecto europeo. Y lo hacía, precisamente, desde la convicción de que la permanencia era la opción más deseable.

Este planteamiento, que tras el referéndum adquiere nuevas dimensiones, parte de que la UE no es un ente que aspire ni deba aspirar a sustituir las naciones o pueblos constituyentes, organizadas institucionalmente a través de los Estados Miembro. No es ni será los Estados Unidos de Europa, vaya. Tampoco es una suma de estados soberanos a priori. La falsa dicotomía entre estatalismo y federalismo carece de sentido en el marco de la UE. Es incuestionable que continúa habiendo una diversidad de pueblos, organizados en Estados Nación más o menos plurales, que forman la UE. Sin embargo, esos Estados Nación han llegado a un punto tal de interdependencia (jurídica, política y social) que, más allá de las diferencias, han pasado a depender institucionalmente de la Unión. Es decir;la UE no puede entenderse sin la diversidad de pueblos constituyentes autónomos (organizados institucionalmente en los Estados Miembros, más o menos plurales) así como esos pueblos constituyentes difícilmente pueden entenderse en ausencia del marco jurídico, político y social que constituye la UE. La institucionalización, en ese sentido, ha pasado a ser claramente ambivalente y cualquier aspiración racional de soberanía estatal absoluta o hegemonía supranacional ha pasado a la historia. O como ha probado el caso británico, nos retrocede a las pasiones excluyentes y falsas creencias de control del pueblo más rechazables de la historia reciente. De acuerdo con la alternativa democrática que veía en el referéndum una posibilidad de reforzar la narrativa europea, la UE es una democracia de facto: es decir, una pluralidad de demos que se autogobiernan juntos.

Sin embargo, esa realidad se vio cuestionada con el estallido de la crisis y la prueba de que el proyecto tenía muchos, infinidad de déficits (también los Estados, pero el velo estatalista tiende a hacernos más permisivos). Unos déficits que llevaron a un amplio cuestionamiento de la configuración e incluso existencia del proyecto europeo. No obstante, como cualquier institución política la UE tiene un punto de contingencia y esa contingencia abrió la puerta a que comenzara a plantearse la transformación de la institución. Por más que la percepción nacionalista nos lleve a creer lo contrario, la existencia de las instituciones no es un absoluto empírico incuestionable, como pueda serlo la existencia del río Ebro, de la playa de La Concha o de Montserrat. Las instituciones políticas, por suerte, son contingentes y pueden transformarse. Cómo deban transformarse para que la transformación sea legítima es otra discusión. Pero que pueden transformarse es un hecho. De ahí que la crisis de la Unión hiciera que la siempre cuestionada estructura de la UE comenzara a cuestionarse con más ímpetu si cabe. Desde las exigencias de una Europa más solidaria, pasando por el debate entre Grecia y Alemania sobre el euro, hasta llegar al debate en torno a un posible referéndum sobre la salida del Reino Unido.

Ante esa realidad, aquellos que sostenían una visión más plural - más demoicrática - de la Unión consideraron que sería una oportunidad excelente para reforzar la narrativa de la integración europea. Plantearon que la celebración de un referéndum podría llevar a debatir cuestiones tan relevantes como: ¿Qué significa ser británico? ¿Y europeo? ¿Cómo debe tomar decisiones la UE? ¿Cómo debe interactuar con las decisiones del Parlamento Británico? ¿Qué decisiones deben tomarse en Bruselas y cuales en Westminster? ¿Cuán solidarios debemos ser los británicos con los europeos? ¿Por que? ¿Qué significa hoy la soberanía británica? ¿Cómo se articulan la pluralidad de naciones y de identidades británicas y la integración en Europa? ¿Qué beneficios empresariales y de mercado ofrece la integración? ¿Qué estándares y garantías jurídicas permite? ¿Qué lugar ocupamos en el mundo en tanto que británicos? ¿Y en tanto que europeos? ¿Cómo afecta a la protección de derechos fundamentales? En definitiva, ¿Cómo podemos continuar siendo británicos, en toda su heterogeneidad, y estar a la altura de nuestros deberes de justicia para con el resto del mundo? La teoría de la Demoicracia tenía clara su postura en el debate, pero no presuponía la respuesta en hechos estatales o supranacionales consumados.

Estas son preguntas que todos los europeos, sea cual sea nuestra identidad nacional, nuestra ciudadanía y nuestra filiación institucional de referencia (ámbitos no siempre coincidentes) nos planteamos. El hecho de que el 20/02/2016 el Reino Unido finalmente convocara el referéndum, de la mano de David Cameron, invitaba a pensar que ese debate efectivamente tendría lugar. Quienes creemos firmemente que el proyecto merece la pena precisamente porque cuantos más podamos aunar esfuerzos en dar las respuestas más sólidas a esas preguntas, mejor avanzará el proceso de integración, vimos en el referéndum una posibilidad inmejorable de abrir un debate público, de reforzar el espacio público europeo mediante su repolitizacion. Dado que la coyuntura de la crisis y la fragilidad institucional de la UE eran ya un hecho constatable, este proceso hubiera podido ayudarnos a construir una UE más justa, más integrada y más democrática.

Sin embargo, en su lugar, el debate institucional sobre el ‘brexit’ se ha dado entre un nacionalismo populista despreciable y un europeísmo mesiánico autocomplaciente, siendo el miedo la nota dominante en ambos casos. Los primeros advertían sobre la llegada masiva de turcos (literal) y la consiguiente pérdida de la identidad británica y la reducción de prestaciones sociales. Todo ello disfrazado de un velo populista que aspiraba a devolver la voz al pueblo británico (según ellos lo entienden, claro: blanco, de clase media, etc.) frente a los burócratas de Bruselas. Veremos en qué deriva ahora que han vencido: eso sí que da miedo. Los segundos, ridiculizaban las posturas de los favorables al ‘brexit’ desde un elitismo autocomplaciente, en el mejor de los casos (”los ciudadanos favorables al ‘brexit’ son todos unos bárbaros, unos nacionalistas étnicos..!”, venían a decir, ignorando la complejidad de fondo y la marcada división de clase en la sociedad británica) o un nacionalismo mesiánico con dejes imperialistas en el peor (lideremos a Europa hasta el infinito... ¡y más allá!). Prueba de este elitismo fue la ausencia, estrepitosa, de voces relevantes del partido laborista en el debate. Frente a un David Cameron sorteando sus propias contradicciones mientras defendía un discurso que no compraba (y que asumió por puro interés electoral, con un nefasto calculo estratégico, como se ha probado), y un Boris Johnson que escondía su etnocentrismo bajo un halo de populismo frívolo, los laboristas se ausentaron del debate, salvo honrosas excepciones, y permitieron que se perpetuara un espectáculo bochornoso. La crisis interna que ha generado el resultado es buena prueba de ello.

Entre tanto, los ciudadanos (y algunos sectores de la prensa y la academia) sí que mantuvieron e incluso ahora continúan manteniendo intensos debates que van más allá de la burda caricatura que han escenificado sus representantes. Las instituciones no han estado a la altura de esa ciudadanía que exigía tomarse Europa en serio. Tampoco lo ha estado un espacio europeo autocomplaciente que miraba con escepticismo o desprecio la cuestión británica. Ignorando, que tan absurdo era sostener que votáramos todos los europeos como plantearlo como un problema meramente británico, perdiendo así la oportunidad de un debate sobre la Unión tan apasionante como necesario. Una pena y una lección, que nos ha llevado a este nefasto resultado: no hay que temer los referéndum, hay que tomárselos en serio.



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