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Colaboración

A vueltas con los horarios

Por F. Javier Aramendia Gurrea - Martes, 28 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:14h

es cuestión recurrente poner en tela de juicio los horarios que se estilan en España, tanto en la vida familiar, especialmente en las comidas, como en el ámbito laboral, de espectáculos, etcétera. Es bastante evidente que tales costumbres horarias difieren notablemente de las imperantes en los países europeos de nuestro entorno e incluso los acostumbrados en Iberoamérica -salvo México, que tiene los nuestros corregidos y aumentados- y no digamos nada en los Estados Unidos.

Aunque nadie es perfecto, hay que reconocer que seguir los horarios de gran parte de los países, sobre todo a las horas de comer y cenar, esto es hacer el almuerzo o comida en torno a la una del mediodía y la cena no más tarde de las 20 horas, pueden tener ventajas de racionalidad y conveniencia que permitirían compaginar mejor el trabajo con la vida familiar, haciendo posible también el poder asistir a espectáculos o practicar deportes al final de la jornada.

Cualquiera que haya estado alguna vez en Londres, y especialmente en su distrito financiero, la City, habrá podido observar la estampida que forman los miles de empleados de oficina que salen puntualmente de sus establecimientos a las cinco de la tarde para tomar apresuradamente el metro e iniciar unas horas de asueto o cambio de actividad en momento más bien temprano. El mismo espectáculo se repite en todas las grandes ciudades occidentales, París, Nueva York, Berlín, etcétera.

En nuestras urbes, por el contrario, en muchos trabajos, especialmente en los llamados de cuello blanco, muchos empleados, profesionales o ejecutivos no abandonan sus tareas hasta pasadas las 7 o incluso las 8 de la tarde. La jornada se puede entonces dar por finalizada, sobre todo si la persona debe enfrentarse, además, con un tiempo adicional en el transporte público o propio de casi una hora. No hay, evidentemente, tiempo, para ninguna otra actividad lúdica o de perfeccionamiento profesional: asistencia a cursos de idiomas, escuelas nocturnas u otros.

Las comidas de negocios, que pueden empezar pasadas las dos de la tarde, duran en general en España dos o más horas, con lo cual es luego totalmente imposible llegar a casa antes de las ocho. La situación es distinta en los países de nuestra órbita occidental, en los que normalmente se para no más tarde de la una para un almuerzo más bien breve y lo que llamaríamos de supervivencia. Solo siguiendo esta rutina se puede salir luego a las cinco, como decíamos de nuestros colegas europeos o americanos.

Nuestras costumbres horarias no parecen las mejores, sino todo lo contrario, y habrán de introducirse modificaciones más pronto que tarde

Hay en nuestros horarios ejemplos clamorosos de disfuncionalidad lindantes con lo descabellado. Así, acabo de leer una información referida al mundo de los negocios que no tiene desperdicio. Se trata de la convocatoria de la junta general de una de las sociedades multinacionales más importantes de España. Como todo el mundo sabe, en estas grandes asambleas de accionistas se tratan temas de la máxima importancia, tales como la aprobación del balance, la cuenta de resultados, reparto de dividendos, nombramiento de consejeros, etcétera. Pues bien, la convocatoria se ha programado para ¡la una de la tarde! Supongo que el que lea esto en Francia, o en otro de esos lugares que llamaríamos normales, pensará que los accionistas van a asistir inmediatamente después de la comida;pues no, todos los asistentes, a menos que lleven bocadillo, deberán aguantar hasta al menos las tres de la tarde para poder comer. Todo un ejemplo de disfuncionalidad pues ¿qué accionista tendrá el temple de usar el tiempo de preguntas y respuestas después de todos los informes de los altos ejecutivos a las 2:30 o más tarde, cuando se está muriendo de hambre? Bien pensado, quizá la cosa puede tener su miga. ¿No será que los altos mandarines buscan precisamente eso, que los asistentes estén a esas horas tan exhaustos, sobre todo tras los tremendos rollos del presidente y su equipo, que no deseen otra cosa que terminar el show e irse corriendo a reponer fuerzas? ¿Quién tiene ánimo de meterse en disquisiciones sobre la cuenta de resultados o las puertas giratorias a tan intempestivas horas? Es bien sabido que los pequeños accionistas pintan muy poco en tales eventos, pero aunque sea por mínimo decoro o respeto, se deberían programar otras horas que permitieran celebrar la asamblea haciendo como que se les da la oportunidad de airear sus observaciones o críticas en tiempo y hora más normales.

El ejemplo de horario tan descoyuntado no difiere mucho del de la mayoría de las otras grandes sociedades que raramente comienzan sus juntas generales antes de las 11.30. La situación en otros países es muy distinta, pues en general se convocan para las 9 ó 10 de la mañana, esto es cuando la gente está ya despejada y sin urgencias estomacales.

Otro ejemplo de horarios distorsionados nos lo ofrece la programación televisiva: informativos a horas intempestivas y debates casi a la madrugada, que a veces nos hacen pensar que los responsables de las cadenas no quieren que nos ilustremos, en su caso, ni que ejercitemos nuestro espíritu crítico, ofreciéndonos puntos de vista diferentes a cargo de expertos en la materia.

Hemos oído recientemente que nuestro Rajoy tiene grandes planes para la próxima legislatura. Una de sus inquietudes es la de regular los horarios para converger con Europa, proponiendo establecer las condiciones para que todo el mundo salga de su tarea a las seis de la tarde. Seguramente, esta promesa se la llevará el viento, al igual que la de suprimir los famosos puentes en mitad de semana, que dejan toda la actividad semanal desarbolada, con grave deterioro económico, salvo en hostelería, y que tan mala fama dan a la marca España en el exterior.

Cuestión aparte, aunque también relevante al respecto, es la de retrasar el horario español una hora, alineándonos con países como Inglaterra o Portugal -o sea los encuadrados en el meridiano de Greenwich- y que enmendaría una infausta decisión de Franco en su deseo de congratularse hasta en el horario con sus aliados nazis de Alemania.

El tema de los horarios merece sin duda una reflexión: nuestras costumbres horarias no parecen las mejores, sino todo lo contrario, y habrán de introducirse modificaciones más pronto que tarde. Ahora bien, aquellos que hemos visto en Nueva York a muchos ejecutivos de diverso pelaje comiendo regularmente un sandwich a la puerta de sus oficinas los días de sol, y mirando al reloj para liquidar su hambre en menos de media hora, sentimos también cierta pena: ¿vivimos para trabajar o trabajamos para vivir?


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