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Tribuna abierta

Tribuna abierta Repetir

Por Enrique Zuazua - Sábado, 25 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Atrás van quedando los tiempos en los que el primer plato del menú del día en bares y restaurantes venía servido en una fuente de la que se podía repetir tantas veces como se quisiera. Hacernos plenamente europeos también ha ido disminuyendo las raciones alimenticias. Y es sano que así sea, pues ya se sabe que casi todo lo placentero o es malo para la salud o es pecado.

Repetir es también la metodología que aún se sigue usando en las escuelas e institutos para los alumnos cuyos resultados al final de curso no son lo bastante buenos. Es una medida anticuada y cruel, pues desubica al estudiante, apartándolo de su grupo natural, embebiéndolo en otro más joven en una edad en que un año de diferencia significa mucho. Pero, por lo visto, a nadie se le ha ocurrido nada mejor. La organización de las escuelas es la que es y dado el limitado personal docente del que se dispone, con veintitantos o treinta alumnos por clase, poco más se puede hacer.

Repetimos también para memorizar. Hay, por ejemplo, números de teléfono que nunca olvidaremos por mucho tiempo que pase. Los usamos tantas veces en el pasado que quedan grabados en nuestro cerebro de manera casi física, como con cincel. Nos ocurre lo mismo con aquel poema de Espronceda que nos hicieron recitar en clase, o con las tablas de verbos en francés -Je t’aime, tu m’aimes, il m’aime…- que memorizábamos pero que luego rara vez llegábamos a utilizar.

Y es que nos pasamos la vida repitiendo casi todo.

Dicen que lo saludable es caminar diez mil pasos al día, lo cual exige dedicar más de una hora a la faena. Multiplicando por los 365 días del año y los ochenta y tantos años de esperanza de vida, una vida saludable implica repetir el paso cientos de millones de veces.

Lo mismo puede decirse de las pulsaciones del corazón. Nadie como él, órgano por excelencia, para repetir su función de manera rítmica, sin descanso. Y conviene vigilar que así sea en una sociedad en la que lo cardio se ha convertido en el riesgo número uno.

El ejercicio mental repetido, aunque sea haciendo sudokus o crucigramas, es a su vez una buena inversión para una vida plena, en la que nuestro corazón siga repitiendo saludable sus pulsaciones y nuestro cerebro se mantenga irrigado.

Repetimos tanto que lo hacemos incluso en la equivocación. El humano es, dicen, el único animal que repite una y otra vez los mismos errores y de eso casi nadie tiene ninguna duda, pues cada día lo experimentamos en los demás y en nosotros mismos.

La penitencia exige repetir la oración y el castigo escolar, copiar repetidas veces la frase a memorizar: “No volveré a hablar con mi compañero en clase”…

En las cenas de cuadrilla repetimos casi siempre los mismos cuentos que se van remontando, a medida que pasa el tiempo, a tiempos pasados cada vez más remotos. Y eso se repite hasta la última cena, que ya no se celebra al haber perdido por completo la memoria todos los comensales.

Repetimos también con demasiada frecuencia, inútilmente, argumentos con interlocutores que no quieren entender y ni siquiera escuchan.

Nada tan habitual como repetir. Repetimos esquemas, gestos y canciones. Lo repetimos prácticamente todo.

Y repetir se puede hacer a solas o en grupo.

Casi todos los pueblos se repiten incesantemente lo buenos y distintos que son, aunque, en el fondo, todos sean parecidos al estar constituidos por seres de la misma especie, la humana.

Nuestra organización social, hasta cierto punto civilizada y democrática, está también basada en repetir rituales. Todos los días se publica la prensa para garantizar el derecho a la información. Cada tanto, votamos en convocatorias electorales que se repiten. Vamos repitiendo también cada año el mismo calendario, con las mismas fiestas y celebraciones y se repiten también los nacimientos y las defunciones aunque, eso sí, cada uno de nosotros tenemos derecho a experimentar esos dos momentos estelares una solo vez en primera persona.

Hay, sin embargo, excepciones, ámbitos en que se recomienda no repetir. Por ejemplo, no conviene poner siempre la misma clave de acceso en todas las cuentas bancarias y de internet, aunque lo hagamos.

En esta ocasión, por primera vez, y tal vez no por última -pues ya se sabe que lo del rascar es solo cuestión de empezar- repetiremos también las elecciones generales al Parlamento de Madrid.

Experiencia curiosa y nueva. Hay quien piensa que resulta un ejercicio innecesario. Quienes así opinan argumentan que el pasado diciembre ya expresamos nuestra opinión y que nada ha cambiado en exceso desde entonces: la recuperación económica sigue siendo demasiado lenta, los desequilibrios sociales los mismos, al igual que ocurre con los otros grandes temas de Estado... Argumentan que solo ha cambiado el anecdotario de lo cotidiano: lo que antes se hacía en Andorra hoy sabemos que también acontece en Panamá, por ejemplo.

A otros, repetir no les parece tan mal siempre y cuando la campaña sea ligera y barata, cosa que probablemente no ocurrirá.

Hay quien piensa, con malicia, que sería estupendo que cada ciudadano votase exactamente lo mismo para que el resultado fuese idéntico. ¿Qué pasaría entonces? ¿Cambiaría en algo la dinámica política posterior si los resultados fuesen los mismos?

En cualquier caso, las razones para volver a votar son varias. La primera y principal es que lo exige la Constitución, pues los padres de la Carta Magna pusieron sensatamente un plazo límite a las negociaciones para formar gobierno. De lo contrario, habríamos sido testigos de una negociación eterna, de un partido de ping-pong sin fin y sin bola, en el que nadie nunca puntúa.

La segunda es que los resultados puedan resultar sensiblemente distintos a los de la edición anterior, aunque nuestra realidad haya cambiado poco. Eso implica que no voten y se abstengan exactamente los mismos ciudadanos de la vez anterior y que, entre quienes repitan en el ejercicio del derecho al voto, el sentido del mismo no sea idéntico al de diciembre.

Esto último no me extrañaría. Conozco a más de uno que ya no se acuerda de lo que votó el 20-D y estoy seguro de que eso ocurre a los de aquella cuadrilla que llegaron puntuales al colegio electoral a primera hora, pero de gaupasa y poco sobrios. Me sorprendió que no les hicieran la prueba de la alcoholemia en la entrada.

La tercera razón para repetir es que, aún en el caso de que el resultado sea el mismo o muy parecido -es decir, semejante número de escaños para cada partido con representación parlamentaria-, es de esperar que la actitud de sus líderes políticos sea distinta de cara a nuevas negociaciones.

Repetir es, en definitiva, a veces la solución, pues haciéndolo se puede mejorar el rendimiento. Y de eso se trata.

Groucho Marx, Woody Allen y tantos otros genios en la caricaturización del comportamiento humano individual y colectivo lo han dicho de muchas formas pero retratando siempre el mismo comportamiento: “Tenemos una opinión, pero si hace falta la podemos cambiar”.

En eso estamos. A la vista del bloqueo institucional, hace falta que un buen porcentaje de ciudadanos cambien el sentido de su voto. ¿Lo harán?

Los partidos políticos implicados han demostrado con creces durante estos seis meses su escaso interés en cambiar de opinión cuando es necesario hacerlo para forjar el consenso y favorecer el interés general, si bien sabemos que lo hacen con demasiada facilidad cuando se trata de intereses partidistas.

Paradójicamente, a pesar de que los ciudadanos superamos el examen del 20-D con sobresaliente, nos toca repetir la prueba el 26-J. Lo haremos, pues ese día se decidirá parte de nuestro propio futuro.

Para entonces conoceremos ya, entre otros datos relevantes, el resultado del referéndum sobre el Brexit del Reino Unido. Y eso influirá también en nuestro voto al incidir de manera definitiva en el futuro del proyecto europeo común, del que ya somos parte aún al precio de haber tenido que dejar de repetir el primer plato del menú.



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