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‘Brexit’: la complicada relación del Reino Unido y la Unión Europea

Por Igor Filibi - Miércoles, 22 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Igor Filibi

(Foto: Efe)

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Igor Filibi

Mañana jueves, 23 de junio, los británicos votarán si siguen dentro de la Unión Europea. Pero la cuestión viene de lejos, pues la relación del Reino Unido con la Comunidad Europea ha sido siempre complicada, desde el inicio. Sin duda, el discurso de Churchill en La Haya en 1948 animó a los europeos a avanzar en la integración, pero justo cuando Francia lanzó la propuesta de la primera Comunidad Europea en 1950, los británicos se resistieron a ser uno de los países fundadores. Tampoco se sumaron a la Comunidad Económica Europea (CEE) en 1957. Es más, poco después, en 1960, crearon una organización rival, la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA, en inglés).

Al contrario que las Comunidades Europeas, que se sustentaban en un proyecto político, la EFTA solo quería un simple mercado. Los nombres de ambas organizaciones expresan claramente sus respectivas ambiciones: la primera, una comunidad de países unidos por valores e intereses compartidos;la segunda, una asociación de países basada en abrir sus mercados al comercio mutuo. Es significativo que los británicos quisieran únicamente ampliar sus mercados porque esta ha sido, en esencia, su postura desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Esta turbulenta relación, una mezcla de amor y odio, o de necesidad y frustración, entre el Reino Unido y la Comunidad Europea resultó evidente cuando en agosto de 1961, sólo un año después de crear la EFTA, el gobierno británico abandonó dicho proyecto y solicitó su ingreso en la CEE para pasmo de todo el mundo. Si bien los otros países comunitarios les recibieron bien, Francia vetó su ingreso mientras De Gaulle permaneció en el poder, por lo que el Reino Unido sólo pudo acceder en 1973.

Y ya dos años después, dadas las diferencias políticas internas sobre el asunto, se produjo un referéndum sobre la pertenencia a la CEE que ganó el Sí holgadamente, con dos tercios de los votos (un 67%). Pero pronto quedó claro que esa mayoría británica favorable a estar dentro no significaba que compartiesen todo el proyecto: en 1978, no quisieron participar en el Sistema Monetario Europeo;en 1984, Margaret Thatcher luchó y obtuvo el denominado cheque británico, que implicó que el Reino Unido pagase menos a la Comunidad Europea;luego, no quisieron ser parte del acuerdo de Schengen que suprimía las fronteras interiores;y en el Tratado de Maastricht se negaron a formar parte del euro;en 2011, fueron el único país en no suscribir el pacto europeo de medidas para atajar la crisis económica... Y el remate final ha sido la reciente negociación para que el primer ministro David Cameron apoyase la permanencia de su país en la Unión Europea, que les libera de uno de los puntales del proyecto político comunitario: el compromiso de apoyar una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa.

Aunque es cierto que en la actualidad la inmigración y las cuotas de refugiados son uno de los temas principales en el debate sobre el brexit, la cuestión no se reduce en absoluto a estos asuntos. Las dudas sobre el proyecto europeo y la muy particular posición británica se remontan a 1950. En definitiva, nunca han querido renunciar a su soberanía ni construir una comunidad política mayor que el Reino Unido. Se trata de una postura tan legítima como la contraria. El único problema es que el club comunitario se basa precisamente en esto, en la idea de poner en común las soberanías de los Estados miembros para construir una Unión Europea fuerte, capaz de evitar la guerra, mantener su modelo social y ser un actor importante a nivel mundial.

No cabe duda de que la resistencia británica a aceptar el proyecto europeo tiene mucho que ver con que el imperio británico haya sido el último gran imperio europeo, antes de la época de los gigantes: Estados Unidos, Unión Soviética-Rusia, China, India. En realidad, la integración puede entenderse también como una gestión colectiva del declive de los respectivos imperios europeos. Pero los británicos consideraban que aún estaban en otro estatus, en parte por sus lazos con las antiguas colonias y en parte gracias a la relación especial con los Estados Unidos. A diferencia de Francia, que fue invadida, el imperio británico fue capaz de resistir en la Segunda Guerra Mundial. Si bien terminó la guerra exhausto económicamente, su orgullo nacional salió intacto. Gracias a su tradicional pragmatismo, fue capaz de darse cuenta rápidamente de que en el mundo de la posguerra su papel se vería muy reducido, pero con todo se resistió a ceder formalmente su soberanía al club comunitario. Por eso, de la integración europea sólo veían con buenos ojos el mercado común, una tabla de salvación para su maltrecha economía.

Por otro lado, el británico fue también el primer imperio realmente global. Esta perspectiva global ha marcado la visión británica sobre sus intereses y sobre el orden mundial. Para una parte de la élite británica, limitar su radio de acción a Europa resulta frustrante después de haber dominado los siete mares y tener colonias como India, Canadá o Sudáfrica. También el papel de la City es importante en este contexto. Londres es el principal centro financiero del mundo. De modo que su perspectiva es realmente global. Siempre han defendido la soberanía británica, por su capacidad de influirla en su beneficio y han criticado constantemente a Bruselas como fuente de todos los males. Pero ahora, llegada la hora de la verdad, la mayor parte de corporaciones con presencia en la City están apoyando seguir dentro de la Unión Europea. Ha sido sorprendente ver en los últimos meses la extraordinaria actividad diplomática que ha desplegado la City, en paralelo a la del primer ministro, para buscar apoyos a favor de mantenerse dentro de la UE.

En cuanto al resto de sectores empresariales, hay de todo. Algunos sectores se sienten más seguros dentro, mientras que otros ven oportunidades para escapar de las regulaciones comunitarias. Aunque, en general, todos reconocen que perder los mercados abiertos por la Unión Europea será un duro golpe para la economía británica.

Ha sido éste de eludir la regulación europea, junto con el de los inmigrantes, uno de los principales argumentos a favor del brexit, de salir de la Unión. En general, el nivel del debate está siendo muy pobre. Unos y otros se acusan de mentir con las cifras, lo que es cierto en ambos casos, y de recurrir al miedo. Nadie ha explicado las ventajas de la UE en materia medioambiental, la red europea de ciencia, la movilidad de las personas y el flujo de talento, la regulación de las corporaciones en muchos ámbitos, la protección de los consumidores, etc. Probablemente, tal y como indican las casas de apuestas, muchos indecisos se decanten por seguir dentro de la Unión, básicamente impulsados por el miedo a lo desconocido, como sucedió antes en los referéndums de Quebec o Escocia.

En cualquier caso, pase lo que pase el jueves, parece claro que habrá una importante minoría que habrá perdido y el país estará dividido. No será fácil reconstruir la unidad después de la sucia campaña política que están realizando unos y otros. También está la cuestión escocesa. Si Escocia vota sí y la mayoría inglesa les arrastra al no, es muy probable que soliciten organizar un referéndum para aclarar el futuro de Escocia.

Y en la Unión Europea las cosas no serán más fáciles. Incluso aunque gane el sí, siempre quedará la posibilidad de que la importante minoría intente organizar otro referéndum en unos años. Además, otros países en los que el euroescepticismo ha subido mucho durante la crisis podrían organizar consultas similares, lo que desestabilizaría a la Unión y al euro. Por todo ello, no hay que descartar que el núcleo de países más favorables a una unión política dé un golpe de efecto para proteger el proyecto europeo. No sería la primera vez que la integración europea convierte un peligro en una oportunidad.


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