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Tribuna abierta:

A vueltas con el cambio

Por Juan José. Goñi Zabala

Por Juan José. Goñi Zabala - Martes, 21 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:10h

Los cuatro candidatos

Los cuatro candidatos

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Los cuatro candidatos

No es casualidad que todos los dirigentes hagan del cambio su enseña en estos días en que los ciudadanos se han de posicionar para elegir a uno y desechar a otros. Los cambios propuestos van desde la continuidad máxima -en la tendencia reformista que lidera la economía de mercado- hasta la ruptura inconformista que algunos califican de antisistema. Y entre estos dos extremos caben todas las combinaciones posibles en lo económico, en lo territorial, pero no tanto en lo social. Aquí todos defienden que lo social es lo primero y que han de velar por ello en su modelo de cambio;eso sí, con diferentes grados de compromiso, de fechas y de cifras que se han de emplear en el gasto publico correspondiente.

Unos y otros se ocupan de demostrar la inviabilidad e incoherencia cuantitativa o cualitativa de las promesas de los demás. Así, semana tras semana, con encuestas y tertulias, llevamos más de medio año. Se repiten constantemente los mantras de unos y otros, sea cual sea la pregunta formulada. La respuesta es la misma;es que el otro lo hace peor, lo ha hecho peor, con lo que ha hecho cómo lo va hacer mejor, y nosotros somos más coherentes, y tenemos mejores ideas y ejemplos que poner.

El cambio no significa progreso, aunque ya nos lo decía Unamuno que para casi todos el progreso consiste en el cambio. Siempre depositamos la esperanza en que el cambio nos beneficie. Siendo así que la modernidad se confunde muchas veces con el progreso. El cambio puede ser regreso o retroceso en algunas cosas y progreso en otras. La gran cuestión es en qué ponemos el foco de lo importante para avanzar, aun a costa de otras facetas que dejaremos atrás. No basta decir que vamos a solucionar los problemas de hoy, ya que en el cómo lo hagamos estamos perpetuando los problemas, o estamos sentando las bases para que se corrijan de raíz para el futuro, ese que tal vez no veremos.

Pongamos un ejemplo práctico para entenderlo. Hace unas pocas semanas dos equipos de una misma ciudad española jugaron la final de la Champions, con el resultado obvio de que ganó uno de ellos. No podía ser de otra manera. La victoria se decantó después de un disputado partido, después de 120 minutos, por la suerte de un penalti. Hasta aquí nada nuevo. Pero el cambio hacia un progreso social hubiera sido, elegir el cómo ejercer el reconocimiento a los dos equipos, en esta circunstancia irrepetible. La alcaldesa de esa ciudad recibió al equipo ganador, pero podía -y quizás debía- haber recibido también al otro y celebrar, como alcaldesa con los ciudadanos, que los dos equipos principales de su ciudad estuvieran presentes en la final, acontecimiento que pone en la prensa deportiva e internacional a toda la ciudad.

El cambio es la palabra mágica que brota en los mensajes de los partidos que estos días pugnan por encontrar el favor de olos votantes. Pero el cambio no significa progreso, aunque ya nos lo decía Unamuno que para casi todos el progreso consiste en el

Este es solo un ejemplo en que la necesaria ruptura de actitud no se ha aplicado y consolidamos lo que existe. Así no se avanza en cambiar el sistema. El cambio sólo se soporta en la ejemplaridad de los líderes y en cómo trasladan nuevas ideas de progreso, equidad y valores a la realidad cotidiana de sus decisiones y manifestaciones. En este caso no existía la dificultad de respetar una legislación vigente. Esta iniciativa hubiera generado un arduo debate en los medios de comunicación, realmente acalorado, aclaratorio y educativo para los jóvenes y mayores. Ese tipo de debate en los principios, que no se da habitualmente en los medios, hubiera venido bien para entender los fines de unos y otros. Los debates de todos los días no son sino confrontaciones y descalificaciones entre representantes de las instituciones políticas. Los llamados antisistema, podrían haber hecho algo más por reformar de verdad el sistema de valoración del éxito, en aras de una mayor igualdad en las recompensas, pieza angular del sistema educativo y social.

La educación, el mundo de la empresa, el sistema de I+D están deformados por una competitividad individualizada, aunque todos sabemos que para progresar de verdad es preciso contar con los demás y cooperar mucho más. Nos encanta ver historias personales de éxito como ejemplos a dar a los que vienen, y apenas damos ejemplos de esfuerzo sostenido y cooperación, aunque no se logre el resultado por muy poco o por factores inmanejables. El esfuerzo y la cooperación no se reconocen. “Lo que se aplaude crece”, y competir por el premio individual conduce a la pérdida de todos los demás. Ya lo dicen los expertos, los jóvenes son una generación con valores individualistas y presentistas. Esto es lo que activamos con nuestros comportamientos, reconocimientos y premios.

Ya decía Voltaire: “no se cambian las costumbres de un pueblo mediante leyes”. Podemos hacer que las cumplan pero no estarán convencidos, y sí vencidos por la fuerza o el castigo. Si abusamos de este método tendremos súbditos y no ciudadanos. El cambio que necesitamos, todos lo dicen, está en la educación, pero nadie dice en la educación en qué y para qué. Podemos educar en el individualismo o en la cooperación, y los resultados serán muy distintos. Podemos educar en prevención o en curación a posteriori, y los recursos en el primer enfoque se aprovecharán mucho más. Podemos educar en apertura e identidad dentro de un diálogo creativo y constructivo, o en homogeneidad y eficiencia a través de normas igualitarias desoyendo la complementariedad inteligente.

El cambio del que nos hablan es sólo maquillaje de temporada de un sistema que no tiene futuro. Todos hacen lo mismo en lo fundamental, aunque dicen cosas muy distintas para seducir e intentar buscar las diferencias. No se trata de ver lo que les une en lo obvio de la mejora de la salud, las pensiones, o el empleo, sino lo que les une en las nuevas propuestas de cambio de mentalidad en los comportamientos sociales, de los que ellos como referentes son el ejemplo más evidente. Por esta vía el desengaño frente al cambio está servido.

Las oportunidades para el cambio están todos los días en nuestras manos, en nuestras decisiones y no volquemos las esperanzas en que cada cuatro años llega la oportunidad para el cambio. El cambio está en la educación de nuestro cotidiano, en lo formal están las leyes.



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