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Tras la suerte, al extranjero

Siete guipuzcoanos de distintas generaciones salen de su entorno al extranjero en busca de una oportunidad y una vida diferente, conviviendo con culturas y sociedades chocantes, pero interesantes

Un reportaje de Alicia Zulueta - Domingo, 19 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:15h

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en todos los rincones del mundo puede uno encontrarse con un guipuzcoano. Los estudios y la formación son el principal motivo que ha movido a siete guipuzcoanos entrevistados por NOTICIAS DE GIPUZKOA a salir de Euskadi, aunque el amor también ha sido el causante en algún caso. Y, al contrario de lo que pensaban, los destinos a los que llegaron les atraparon.

La hondarribitarra de 27 años Irene Pedruelo reside en Nueva York desde hace casi cuatro años. Esta periodista siempre había tenido ganas de “explorar el mundo” y buscó la manera de conseguirlo, a través de la beca Full Bright que le permitió estudiar un máster de dos años en Relaciones Internacionales en Estados Unidos, en 2012. Afortunadamente consiguió permanecer en la Gran Manzana, contratada como editora en una publicación que investiga asuntos internacionales de guerras y derechos humanos.

“No me esperaba la oportunidad. El mercado americano es muy competitivo y en Nueva York es muy difícil diferenciarse”, explica Pedruelo, que está “feliz” aunque planteándose si volver. Vive en Park Slope, a diez minutos en bici del puente de Brooklyn, y asegura que, aunque ya se le haya “acostumbrado la mirada” le sigue pareciendo difícil el frenético ritmo de vida de la gran ciudad. “Al principio, caminaba muy despacio para el ritmo de los neoyorquinos, y notaba que la gente se quejaba detrás de mí. Y ahora me enfado yo si alguien va despacio” , admite. Tampoco podrá nunca acostumbrarse a los olores de la ciudad, ni a la cantidad de mendigos y personas con problemas psicológicos que hay.

Aunque los neoyorquinos son expertos en aceptar a los extranjeros, y por las calles pueden oírse todo tipo de acentos, las amistades distan mucho del concepto de cuadrilla del País Vasco. Son amistades “muy superficiales” y “la gente que hemos pasado el límite de tiempo de los dos años, volvemos a quedar con gente española porque quieres sentirte cómoda, y el bagage cultural es muy importante”, apunta. Aún así, Pedruelo se lleva la sensación de creer en las oportunidades y de ser ambiciosa. “Aquí son más proactivos, están más acostumbrados a lo emprendedor y a montar cosas”, recalca.

En Sudamérica, encontramos a Daniel Oiarbide, un beasaindarra de 36 años que va a hacer tres años en La Plata, Argentina. Curiosamente, imparte euskera en la Universidad Nacional de la Plata, como lector del Instituto Vasco Etxepare. “Aquí hay más de cuatro millones de personas de ascendencia vasca y están más interesadas por lo vasco, que tiene mucho mayor prestigio que en el propio País Vasco”, dice desde el otro lado del charco. Sus alumnos son jóvenes y muchos de ellos vienen del mundo de las lenguas originarias, como el Mapuche, el Quechua y el Aymara.

Oiarbide destaca las enormes distancias y dimensiones del país. “En el País Vasco lo que está a una hora está lejos. Y aquí partes mínimo de una hora”, apostilla, aunque reconoce los maravillosos paisajes y su diversidad. Los hospitales, los colegios, el tráfico y las aceras “no son como los de allá”. También es verdad que “la gente es mucho más tranquila y hay que hacer cola para todo”. Tanto es así, que él tuvo que “cambiar el chip”.

Lo que sí admira de los argentinos es cómo disfrutan de los encuentros sociales. “Dedican mucho tiempo a estar con otra gente con el mate, se juntan durante horas a beber agua caliente con infusión, que no tiene gasto”, cuenta. El asado también es una excusa de reunión y es habitual que vaya gente a casas de desconocidos. “Te abren las puertas desde el primer minuto”, dice.

Otra guipuzcoana salió de Euskadi para perseguir un futuro laboral mejor. Idoia Iruretagoiena, zarauztarra de 27 años, ha conseguido ser la ejecutiva de cuentas de Google en Dublín, después de estar de Erasmus en Berlín. Esta joven reconoce que las culturas irlandesa y vasca no son tan distintas, pues la tradición de pubs es comparable a la de los bares y ambas zonas son igual de verdes.

El amor impulsó a la hernaniarra Amaia Arranz (35 años) a dejar su hogar londinense para instalarse en Nairobi, Kenia, en 2012. Pero pronto encontró lo que le movía, trabajar en Ruby Cup por las causas sociales. Esta emprenduría social “dona copas menstruales a través del programa Compra Una, Dona Otra”, informa Arranz. La falta de acceso a compresas y tampones es un problemas para las niñas y mujeres que viven en la pobreza. “Nosotras intentamos ofrecer en comunidades y colegios una solución duradera -una copa menstrual dura 10 años-”, añade.

Independencia económica


El día a día en Nairobi “no es muy diferente” a la vida en Europa y la calidad de vida es muy alta para los expatriados, afirma. Además de la increíble naturaleza que nutre el país africano. “Cualquier fin de semana te puedes ir de camping, a la costa, o de safari”, enumera. En cuanto a la ciudad, lo que “a primera vista parece una situación caótica de tráfico, burocracia, etc. al tiempo caes en que todo sigue su propio ritmo”. Por el momento, la asignatura pendiente de Arranz es aprender algo de swahili para poder desenvolverse mejor y conseguir proyectos que “permitan que las niñas en edad escolar puedan seguir estudiando, acceder a un trabajo digno y una situación de independencia económica”.

Eric San Juan (35 años) partió hacia tierras asiáticas siete años atrás. Entonces, trabajaba en este periódico y gracias a una beca del Instituto de Comercio Exterior (ICEX) pudo trabajar durante tres años en Ho Chi Minh (antigua Saigón), Vietnam. Tras varios trotes, ahora trabaja para algunos medios de comunicación, se ha casado y tiene un hijo. “Del sudeste asiático, es una de las ciudades más fáciles para vivir. Tiene unos 10 millones de habitantes, pero todavía es como un pueblo grande. Con una moto, puedes estar en cualquier sitio en 20 minutos”, apostilla.

El uso de estos vehículos fue lo que más le sorprendió a su llegada. “Están por todas partes y parece un caos. Pero cuando le pierdes el miedo y te montas en la moto ves que dentro de ese caos está todo organizado. Ves a gente llevando un frigorífico, cerdos, gallinas, o una familia de cinco”, apunta. Pero el mayor choque cultural que percibe es que “son poco claros”. “No les gusta decirte que no, un vietnamita siempre te va a decir que sí, pero luego va a hacer lo que le parezca”, aclara.

En el plano profesional, ha podido cubrir historias que nunca hubiera imaginado, como tifones. Y en el plano social no ha tenido problemas, pues el país estuvo muy cerrado hasta los 90, e “incluso te tratan mejor por ser extranjero. Les fascina”, añade. “Cada vez los ricos son más ricos, aunque en Vietnam todavía no se ve esa miseria insultante de Manila, donde hay gente que vive en basureros”, recalca este periodista. Aún así, este irundarra ha aprendido que la gente que vive con muy poco, no le da importancia, “no se quejan y tiran para adelante”, destaca.

En Corea del Sur se encuentra Unai Urretxo, trombonista, director y profesor de orquesta en la Universidad de Suwon. Urretxo, que tiene 39 años, se aferró a la oportunidad de instalarse en el otro lado del mundo para poder tocar en una buena orquesta y por la buena calidad de vida del lugar. “Esta es una sociedad muy konfucionista, la familia es muy importante, el respeto por los mayores y los profesores está muy metido. Eso también les hace ser rígidos y es difícil cambiar las cosas”, comenta Urretxo, que procede de Arrasate. En esta línea, es “difícil que te acepten” y “nunca llegarás a ser uno de ellos” aunque sepas su idioma, recalca. Sin embargo, la oportunidad laboral le compensa, aunque no está “atado” a nada.

En las antípodas vive Lorena Viera, una joven irundarra de 24 años, que decidió viajar con su novio ante la oscura perspectiva laboral que se les presentó cuando terminaron la carrera. Partieron a Australia, para conocer el país y mejorar el inglés, y tras unos meses decidieron buscar trabajo para poder instalarse por más tiempo. Viera hizo de niñera para una familia y tuvo que apuntarse a un curso para poder conseguir el visado. “Después de tres meses viviendo en un backpacker, por fin pudimos mudarnos a una casa en condiciones”, recuerda, junto a su novio y el hermano de este. Ya llevan 14 meses, en los que le ha tocado “hacer de todo”, desde “ limpiar casas, hasta jardinería e incluso pintar paredes” porque la vida “es cara”.

“Aquí la gente es muy confiada, nadie roba, y si pierdes algo la gente intenta devolvértelo”, explica. “Puedes dejar el coche o la casa abierta y no ocurre nada”. Además, los australianos son “muy amables” y “les encanta hablar con gente de otros países”. Pero la cultura es bien distinta. A las 6.00 horas todos se despiertan y para las 19.00 horas ya están de vuelta en casa. “Los establecimientos cierran a las cinco y a partir de esa hora no hay gran cosa que puedas hacer”, añade. “La calidad de vida es muy buena para la gente de aquí, pero para nosotros es muy difícil que una empresa te sponsorice y conseguir la residencia australiana”.

Todos estos viajeros, aunque estén felices en sus lugares de residencia, no pueden evitar echar de menos a sus familias y amigos, la comida, el no sentirse como un extranjero, poder tomarse un pintxo en un bar y comprender la televisión, y la cercanía del mar y la montaña que ofrece Gipuzkoa.

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