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La Tate Modern duplica su espacio para tener más presencia femenina

Con la ampliación, ya es el museo contemporáneo más importante de Londres

Viernes, 17 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:15h

Vista exterior de las nuevas instalaciones del museo Tate Modern en Londres, diseñadas por el estudio de Jacques Herzog y Pierre de Meuron.

Vista exterior de las nuevas instalaciones del museo Tate Modern en Londres, diseñadas por el estudio de Jacques Herzog y Pierre de Meuron.

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Vista exterior de las nuevas instalaciones del museo Tate Modern en Londres, diseñadas por el estudio de Jacques Herzog y Pierre de Meuron.

londres- Muchas veces, cuando las cosas funcionan, se tira de ellas hasta que se terminan rompiendo. En la Tate Modern londinense recibían hasta la fecha una media de cinco millones de visitas al año, pero lejos de quedarse dormidos o de vivir de las rentas, decidieron apostar por una ampliación. Un ambicioso proyecto que para muchos parecía imposible en medio de la crisis económica.

Esa obra se ha completado y este fin de semana abre al público. Esta extensión del edificio incrementa en un 60% el espacio de una de las galerías de arte moderno y contemporáneo más importante e influyente del mundo. En su mayoría, será utilizado para exponer obras de su colección, que han ido adquiriendo en los últimos 16 años, pero que no podían ser expuestas al público por falta de espacio.

A cargo de la obra estuvo el estudio de arquitectura Herzog &de Meuron, que no olvidó en ningún momento el origen industrial del edificio para hacer el nuevo diseño. Una antigua fábrica de producción de energía al sur del río Támesis, una zona conocida como Bankside y que hace 16 años no era precisamente la mejor de la capital británica.

Ahora, la Tate Modern se convierte en el edificio cultural más importante del Reino Unido y expondrá a más de 250 artistas, de cerca de 50 países. “Tenemos que estar abiertos a las ideas y a las culturas”, asegura Lord John Browne, presidente de la institución, en lo que parecía un guiño para evitar un Brexit. “Es un instrumento que nos permite ofrecer una rica variedad de experiencias a nuestros visitantes, y que, además, ofrece a los artistas la oportunidad de mostrar su obra de diferente manera”, explica Nicholas Serota, director del grupo Tate Modern.

Así, apuestan por nuevas formas de arte y por potenciar la fotografía, las películas, las instalaciones y también las actuaciones en vivo. A eso se suma la tarea de contar con una perspectiva más diversa e internacional que nunca, con la mujer como protagonista. “Había un déficit de mujeres en la colección desde los orígenes”, reconoce Frances Morris, nombrada responsable de la galería a principios de año.

Artistas de mercados tradicionales como Berlín, París, Londres y Nueva York se funden con otros llegados de Sao Paulo, Tailandia y Tokio. De hecho, para Chris Dercon, director de la Tate Modern, el arte es “una de las manifestaciones más dinámicas y comprometidas del comportamiento humano”.

Apunta con criterio cómo ahora los visitantes no quieren ver obras alejadas de sus propias vidas, sino que “desean contemplar arte que les acerque a su experiencia vital. La nueva Tate Modern será mucho más que un mero contenedor de arte, constituirá una plataforma para favorecer encuentros humanos”, recalcó.

La sala de Turbinas seguirá funcionando como espacio central del edificio y como una gran plaza pública, en la que además se seguirán las instalaciones temporales de artistas reconocidos, como fue el caso en el pasado de las pipas de girasol del disidente chino Ai Weiwei o el gran sol que introdujo el danés Olafur Eliasson, además de otros proyectos de Louis Bourgoise, Juan Muñoz y Anish Kapoor.

La nueva sala de Conmutadores, que cuenta con la friolera de diez pisos, se eleva sobre los tanques de combustible. Desde lo alto del edificio, una panorámica de 360 grados de Londres complementa la que ya había hasta la fecha desde la cafetería en el otro lado del edificio. En esas diez plantas habrá espacio para grandes artistas del siglo XX como Pablo Picasso, Joseph Beuys y Mark Rothko, pero también para otros menos célebres como el brasileño Cildo Meireles.

Y cómo no, también para las nuevas adquisiciones que se expondrán por primera vez en 2016, como una instalación de pelo humano y guardabarros de coches realizada por la india Sheela Gowda, una habitación completamente llena de sacos de arpillera, obra de la polaca Magdalena Abakanowicz, y una película en pantalla múltiple del director tailandés Apichatpong Weerasethakul, premiado recientemente en Cannes.

Un proyecto valorado en 260 millones de libras, que ha sido posible gracias a una de las campañas más importantes de recaudación de fondos de la historia británica, a una donación del Ayuntamiento de Londres y a muchas otras aportaciones de fundaciones privadas y de particulares anónimos que apuestan porque el arte de la Tate Modern siga más vivo que nunca.


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