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Tribuna abierta

Incineradora y salud

Por Iñaki Galdos Irazabal - Jueves, 16 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:11h

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No que hay estar excesivamente empapado de lo que sucede en nuestro entorno para percatarse de que ha renacido con fuerza en Gipuzkoa la polémica sobre la incineradora. En efecto, se suceden durante las últimas semanas concentraciones, manifiestos, plataformas y demás, todas ellas contrarias a la construcción de tal infraestructura para la gestión de residuos urbanos. Paralelamente, la Diputación Foral y el Consorcio de Residuos de Gipuzkoa (GHK) comienzan a aumentar sus esfuerzos a la hora de explicar a la ciudadanía las bondades de sus planes en la materia y poner en evidencia la, en su opinión, mala gestión de los responsables políticos de la legislatura anterior. Obviamente todas estas iniciativas son legítimas, aunque tengo para mí que para gran parte de los guipuzcoanos es esta una polémica que dura demasiado y que poco pueden aportar ya unos y otros para convencer al que no han convencido ya durante los últimos lustros, tal vez décadas.

Los sectores contrarios a su construcción esgrimen una serie de argumentos de peso para oponerse a la incineradora, denominada más frecuentemente como planta de valorización energética por la otra parte, en un comprensible ejercicio eufemístico que recuerda a ciertos personajes de Quevedo que siendo barberos y boteros preferían denominarse tundidores de mejillas o sastres de vino. La dimensión de la instalación, el modelo de gestión, la falta de una perspectiva menos territorial y más global son algunas de las críticas que emergen entre los citados sectores, que son rebatidos también con razonamientos de calado por quienes ahora dirigen las instituciones competentes en la materia.

Sin embargo, es evidente que el argumento estrella de quienes se oponen a la instalación es el de la salud. El hecho de que una de sus protestas arrancara en el Oncológico, la constante mención al peligro de cáncer, la difusión de informes y noticias que dicen avalar sus tesis y el anuncio de nuevas iniciativas para denunciar los peligros de la incineradora (donde los niños y niñas están teniendo un importante protagonismo), dejan a las claras que es este el eje central de su radical oposición.

A estas alturas no creo que a nadie sorprenda que quien esto escribe apoya los esfuerzos e iniciativas del gobierno foral y el GHK para dar solución definitiva al problema de los residuos urbanos de Gipuzkoa. No es este el momento para explicar mis porqués, pero siempre me he mostrado abierto al diálogo y he escuchado y leído con atención a quienes defienden la postura contraria, en interesantes conversaciones que sigo manteniendo muy frecuentemente. Tratándose además de la salud, estimo que la atención y el respeto que debemos mostrar a la cuestión debe ser mayor. Sucede, sin embargo, que en todo este tiempo no he podido encontrarme aún con nadie que me respondiera a unas preguntas que considero tan básicas como lógicas y que en mi opinión son la prueba del algodón de la coherencia de muchos de los que, apelando a la salud de las personas, se manifiestan contra la incineradora.

Dando por hecho que se creen los datos que ellos aportan sobre los peligros de este tipo de incineradoras, uno se pregunta si el miedo a la salud es discrecional y qué sucede para que no exista movimiento alguno en nuestro territorio exigiendo el cierre inmediato de las decenas y decenas de instalaciones que objetivamente son mucho (muchísimo) más contaminantes y por lo tanto, atendiendo a su lógica, mucho más cancerígenas. El alarmismo que están creando por los supuestos males de la incineradora hace aún más incomprensible su pasividad e impasibidad hacia este hecho.

Del mismo modo, nunca he conseguido que algunas personas me expliquen cómo compatibilizan su vehemente postura antincineradora con la directísima exposición de toda su familia a las dioxinas y furanos que generan sus flamantes chimeneas de leña caseras (y sus barbacoas), en una cantidad que multiplica por mucho las emisiones de una moderna incineradora, como podrán certificar hasta los expertos que están en contra de la incineración. Por no hablar del tabaco o de nuestros afamados fuegos artificiales, emisores por excelencia de esas sustancias que, al parecer, preocupan solo de manera parcial.

Tampoco he encontrado respuesta a otro hecho que me parece cuando menos curioso. A saber, me pregunto a menudo si en Bizkaia la sensibilidad en torno a la salud de los compañeros de los partidos que en Gipuzkoa protestan con tanta fuerza es tan pequeña;por qué están tan impasibles ante una incineradora que ya está en marcha, provocando, según su verdad, cáncer a la ciudadanía. Por qué hay incluso políticos vizcaínos más preocupados por la incineradora no construida aún en Gipuzkoa que por la que tienen al lado de casa ya en marcha.

Insisto: son preguntas muy elementales, de pura lógica, pero nunca he conseguido obtener respuesta alguna. Desde el punto de vista de la defensa de la salud no creo que nadie pueda explicar este masivo ejercicio de incoherencia de personas, colectivos y partidos. Su lucha por la salud de las personas será mucho más creíble y legítima el día en que aboguen con firmeza -a pesar del coste político- por el cierre de actividades que según su propia lógica provocan más cáncer que la propia incineradora;el día en el que, por ejemplo, muchos de ellos se desprendan de sus chimeneas y barbacoas;el día en el que pidan mediante moción, manifestación o acampada -no es broma- la supresión de los fuegos artificiales de Donostia…

Pero mientras su protesta consista en esto, uno no podrá evitar el sentimiento de que lo que verdaderamente está sucediendo se enmarca en una estrategia política con otros objetivos. Que muchos de ellos, no todos, están jugando a otra cosa. Cuando se enarbola la bandera de la salud no se puede ser tan selectivo, tan parcial, tan discrecional.



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