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Tribuna abierta

¿Qué soy yo? ¿Soy acaso europeo?

Por Josu Montalbán - Miércoles, 15 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Imagen facilitada por Médicos sin Fronteras del rescate en el Mediterráneo de una embarcación llena de inmigrantes en mayo de 2015.

Imagen de archivo de una embarcación llena de inmigrantes en mayo de 2015.

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Imagen facilitada por Médicos sin Fronteras del rescate en el Mediterráneo de una embarcación llena de inmigrantes en mayo de 2015.

Cada minuto que pasa encuentro más dificultades para responder a esta pregunta. No debería preocuparme, porque cada uno ha de ser aquello que se desprende de sus acciones y mis acciones me delatan como lo que soy, pero en estos tiempos de incertidumbre continuamente nos interrogan los curiosos: primero, investigan en secreto para saber quién eres;y después, se empeñan en saber qué somos. En la medida en que lo que somos convenga a los otros, nuestro nombre -quién soy- empieza a ser pronunciado con mayor énfasis.

Me he hecho esta pregunta tras escuchar una entrevista en la que el responsable de una ONG que aboga por la integración cultural, religiosa, social y económica de todos los humanos se ha preguntado por la identidad y cualidades de la Europa actual y de los europeos. El pronunciamiento del responsable ha sonado en mis oídos como si fuera un SOS, una voz de alarma, una sirena plañidera y quejumbrosa.

A la vista de cuanto acontece, no tengo interés en proclamarme europeo porque las autoridades comunes que rigen Europa la han convertido en un espacio miedoso e insolidario. Miedoso porque esgrimen constantemente las fatales consecuencias que puede tener la llegada de los inmigrantes y refugiados que huyen de las miserias en que vivían en las áreas degradadas y pobres, del Norte de África principalmente. Insolidario porque el cierre de las fronteras europeas a cal y canto nunca va acompañado de promesas creíbles y proyectos que mejoren el hábitat y las condiciones de sus vidas en sus tierras de origen. Europa ha convertido los espacios que la circundan en auténticos cementerios. Los libros tendrán que incorporar a sus páginas las imágenes de los fondos marinos atiborrados de huesos y calaveras. En dichos fondos también deambulan las ilusiones y esperanzas de quienes emprendieron sus travesías asqueados por tanto abandono, por tan flagrante inhumanidad.

Es por todo esto por lo que me duele tener que responder a la pregunta del título. Sin embargo, la pregunta se me muestra como inevitable porque los silencios se convierten en cómplices de las situaciones conforme se alargan y la pregunta retumba en mis tímpanos como si fuera el atormentado redoble de un tambor de guerra. Las miradas inquietas de los refugiados que llegan hasta nuestras costas son una advertencia, pero son sobre todo una denuncia: la constatación evidente de que Europa ha perdido sus principios morales, que ha dejado su alma sumergida en el abismo de los océanos que la rodean. Los humanos convirtieron los mares en zonas transitables cuando inventaron las embarcaciones. En realidad, un barco no es otra cosa que un trozo de camino que flota sobre la inmensidad de las aguas: un camino que se mueve por el mar y soporta la furia de las aguas. ¿A qué responde que neguemos esa evidencia que representan quienes emprenden la travesía tomando esos caminos flotantes para llegar a encontrarse con nosotros? El diagnóstico es tan sencillo como certero: tenemos miedo a compartir lo que la Providencia nos dejó de forma absolutamente arbitraria y desequilibrada. En resumen, nos hemos convertido en humanoides, que es un modo muy defectuoso de ser humanos.

Y no solo eso, porque las prevenciones que han ido apareciendo en los países europeos han dado pie a la instalación de formaciones políticas de corte ultraderechista que están amenazando con practicar un revisionismo de la historia que dé al traste con el espíritu que estuvo al frente de la construcción de la Europa social.

Europa fue un territorio con alma en cuyos habitantes siempre anidaron valores inconfundibles. Estaba llamada a servir como modelo para el mundo. Se era “europeo” por pertenecer a un territorio determinado, pero se era tal sobre todo porque se participaba de una conciencia colectiva que convertía a la condición humana en un principio insoslayable que protegía los derechos humanos de todos y abordaba las políticas socioeconómicas como condición básica para forjar un marco de convivencia saludable e igualitario. Los padres de la Europa comunitaria partieron de un principio amplio. “No habrá paz en Europa si los Estados se reconstruyen sobre una base de soberanía nacional”, dijo en Argel el padre de la Europa comunitaria Jean Monnet. Y dijo también que “los países de Europa son demasiado pequeños para asegurar a sus pueblos la prosperidad y los avances sociales indispensables”. Como se ve, Jean Monnet preveía entonces, hace más de medio siglo, los avances de la tecnología, los descubrimientos cibernéticos, en suma, de qué modo evolucionarían la economía y la política en el mundo, convirtiendo a los países asiáticos en ogros sobrehabitados que se convertirían en amenazas para los países europeos y las economías con base social. África sería una gran reserva natural y animal, colonizable por los países y empresas multinacionales del mundo más desarrollado. América sería un continente dividido en dos: un Norte de raíz europea más parecido a una tierra conquistada a través del poder económico y otra América (Centro y Sur) también conquistada y al servicio de quienes llegaron hasta allí con la intención exclusiva de explotar sus riquezas.

En aquel contexto, Jean Monnet creyó en Europa y apostó por potenciar su unidad no solo para contrarrestar a los poderes pujantes de otros continentes y poblaciones, sino para potenciar el necesario desarrollo social. No era un hombre de gran bagaje intelectual, si por tal se tienen los estudios universitarios realizados y culminados, pero le asistían el sentido común y una formación humanista basada en la observación y en los sabios consejos de su padre: “No lleves libros… Nadie puede pensar por ti… Mira por la ventana, habla a las personas… Presta atención a quien está a tu lado”, le dijo cuando, con solo 18 años, partió hacia la ciudad canadiense de Winnipeg iniciando un proceso formativo basado en la observación de los fenómenos que se sucedían en diferentes partes del mundo.

Me pregunto hoy qué proposiciones plantearía Monnet para regenerar a esta Europa pacata, miedosa e insolidaria. ¿Sería capaz de recuperar para ella el espíritu solidario? ¿Lograría reconducir las conciencias errantes de los europeos hacia espacios de solidaridad? ¿Conseguiría contrarrestar la pujanza de las formaciones ultranacionalista que han surgido en todos los países europeos y ya amenazan con ser fuerzas fundamentales y decisivas en sus países? Porque lo necesario es que Europa se reinvente de nuevo y vuelva a ser un ejemplo de desarrollo económico, pero soportado en el desarrollo humano. Esta Europa, que cuenta con más de 400 millones de europeos adscritos a la Europa comunitaria, no es capaz de acoger a los refugiados sirios a pesar de que en la guerra de la que huyen se jueguen intereses estratégicos de algunos países europeos. Todas las vías de acceso a Europa para los atribulados humanos que vienen huyendo de la miseria y las barbaries han sido valladas en contra de las leyes y tratados más modernos (léase Schengen). Los migrantes que llegan son deportados y expulsados, las barcazas se hunden en el mar empujadas por la intransigencia y las medidas de control de aforos de personas tan incontroladas como brutales.

Por eso me pregunto qué soy yo. En este caso sé muy bien qué quiero ser, pero sé mejor qué no quiero ser. No quiero ser europeo de los actuales, de los que asisten desde fuera a las elecciones austriacas y solo porque sean consecuencia de un proceso democrático en su ejecución apenas se sorprenden por el empate técnico entre liberales y ultraderechistas. De modo que soy “europeo” porque nací y vivo en territorio europeo. Lo es mi espíritu solidario y mi concepción de Europa como la que Monnet pergeñó junto a quienes iniciaron su construcción… Pero no soy europeo si para serlo tengo que considerarme uno más de los que ponen fronteras entre los países europeos, si tengo que aceptar el Mediterráneo como una barrera que separa y defiende a Europa en lugar de como vía de comunicación y confluencia de caminos, si tengo que asumir que las fronteras entre los países escandinavos y Rusia sean impermeables a ultranza, si tengo que aceptar que el Atlántico se convierta, junto al estrecho de Gibraltar, en un sepulcro silencioso. Si tengo que asumir todo esto, pido a las autoridades competentes que me borren del listado de los ciudadanos europeos.



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