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Tribuna abierta

Sorpresas en las elecciones de EEUU

Por Igor Filibi - Lunes, 13 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:11h

Bernie Sanders

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Bernie Sanders

Sanders grita a los cuatro vientos que Clinton, aunque consiga unos pocos votos más entre los demócratas, no puede ganar en las elecciones decisivas a Trump

No puede ser casualidad que en los dos grandes partidos hayan irrumpido perfiles nuevos de candidatos y que vayan a obtener la nominación final... justo después de Obama

El proceso de elecciones primarias en Estados Unidos toca a su fin. Los dos principales partidos, demócrata y republicano, cuentan los últimos votos de sus simpatizantes antes de sus convenciones respectivas, en las que elegirán a su candidato a la presidencia. En todos y cada uno de los estados de la Unión, los simpatizantes de cada partido votan por los candidatos y éstos reciben un número de delegados para la convención final.

En este proceso electoral interno, el partido republicano ha visto cómo Donald Trump se erigía en la gran sorpresa y ha ido consiguiendo que el resto de aspirantes se retiren de la carrera. Nunca antes un aspirante del perfil de Trump había conseguido llegar tan lejos. Con sus gestos teatrales y su lengua acerada, que incluye desde descalificaciones de compañeros y rivales a soflamas racistas y machistas, Trump se ha impuesto con tal contundencia que hasta las más sensatas figuras de su partido han terminado por aceptar que debe ser el candidato final a la presidencia. Saben que sus formas le granjean infinidad de enemigos, pero también le han permitido llegar con sus mensajes a una América preocupada que busca recobrar el pasado esplendor.

En las filas demócratas la cosa está mucho más reñida. Si bien hace meses se daba por segura la victoria, incluso fácil, de Hillary Clinton, se recobró el interés porque todos los aspirantes fueron abandonando ante Clinton excepto uno: Bernie Sanders. Este veterano político juró que seguiría hasta el final y está cumpliendo su promesa. Mucha gente no termina de comprender por qué no ha abandonado ya, dado que todos los pronósticos le dan una abrumadora ventaja a su rival. Pero Sanders, que se define a sí mismo como socialista, lo cual es otra rareza de esta campaña, dice que esas cifras son engañosas.

Los pronósticos suman los votos de los delegados que se ganan estado por estado y los votos de los llamados superdelegados, varios cientos de cargos del partido que son delegados natos y que pueden votar a quien quieran en la convención final. De estos 714 superdelegados, 571 han declarado que apoyarán a Clinton y sólo 48 han comprometido su voto con Sanders. Esto le ha dado un impulso tremendo a Clinton, que el pasado martes, 7 de junio, conseguía la mayoría suficiente para ser nombrada candidata a la presidencia en la convención demócrata. Todos los medios sacaban esta noticia en sus portadas ya un día antes: Clinton será nominada. Y ello implicaba otro titular histórico: Clinton será la primera mujer en ser candidata a la presidencia por parte de uno de los dos grandes partidos. De modo que, incluso antes de que se votase en la decisiva California, el estado más poblado y que más delegados aporta, la cosa habría estado ya finiquitada. Sin embargo, Sanders no sólo no cedió sino que se volcó en la votación de los últimos seis estados, que incluían California, con nada menos que 475 delegados en juego y en donde finalmente se impuso Hillary con el 56,1% de los votos por el 42,9% de Sanders.

Su argumento es resbaladizo pero sugerente. Apela a datos ciertos, al voto popular. Reconoce que Clinton va por delante con sus 1.812 delegados obtenidos gracias a trece millones de votos, mientras que él posee unos estimables 1.569 delegados gracias a sus diez millones de votos. En la convención de Filadelfia serán necesarios 2.382 votos o delegados. Los analistas le recuerdan que Clinton ya posee los votos que le faltan gracias a los superdelegados, pero el viejo socialista niega la mayor y dice algo obvio. Los superdelegados pueden votar libremente al candidato que consideren idóneo en la convención y aunque hayan mostrado sus preferencias pueden perfectamente cambiar de opinión el día de la convención. Lo único que valdrá será el voto de ese día, el 25 de julio, y no lo que respondan ahora.

Y el viejo Sanders, en sus incontables mítines, les dice a sus seguidores por qué les hará cambiar de opinión ese día. Porque de lo que se trata al elegir un candidato es que sea capaz de ganar al rival del partido republicano. Y las encuestas señalan que Sanders es preferido por una mayoría de los ciudadanos norteamericanos.

Sanders sabe que Clinton cuenta con más apoyos dentro del partido, sobre todo dentro del aparato, pero eso mismo es una desventaja de cara al electorado general, que la ve como parte del establishment. Y América, como se dice allí, no quiere que el establishment siga gobernando como hasta ahora. Por eso, los simpatizantes republicanos han votado por un político no profesional como Trump, a pesar de sus charadas y mal gusto. Como Beppo arrasó en Italia, los partidos emergentes surgen en España y movimientos similares se dan en otros países europeos.

Por ello, Sanders grita a los cuatro vientos que Clinton, aunque consiga unos pocos votos más entre los demócratas, no puede ganar en las elecciones decisivas a Trump. Trump podrá decir, y con razón, que el pueblo debe votarle para expulsar al establishment del poder. Y Clinton, que lleva toda su vida en las altas esferas de Washington, no podrá negar esa acusación. Sanders, que lo sabe, pide aún los votos necesarios para vencer a Clinton. Al parecer, no necesita ganar a Clinton en votos ahora. Cuando llegue el día de la convención, esgrimirá todos los sondeos que indican que él puede vencer a Trump con muchas más garantías que Clinton. Y entonces podrá decirles a todos esos cientos de superdelegados, que se sienten cómodos con Clinton, si quieren quedar bien con su amiga o si quieren seguir gobernando. El viejo zorro confía en que el establishment le dé una palmada en la espalda a Hillary, le pida disculpas por cambiar de idea y se apreste a ganar unas elecciones que prolongarían el mandato demócrata por otros cuatro años, logrando gobernar doce años seguidos.

Trump se ha impuesto con tal contundencia que hasta las más sensatas figuras de su partido han terminado por aceptar que debe ser el candidato final a la presidencia.

Precisamente porque esto no es una locura, y porque Sanders, pese a perder en California, ganó en tres de los seis últimos estados, el aparato demócrata comienza a ponerse nervioso ante el riesgo de que el partido se desangre en esta batalla intestina hasta la convención y que el candidato final llegue exhausto y el partido desangrado a las elecciones presidenciales de noviembre.

El peligro es tan real que el propio Obama se ha involucrado personalmente en el proceso dando públicamente su apoyo a Clinton, pero siendo al tiempo muy respetuoso con Sanders, a quien le ha agradecido su excelente trabajo durante la campaña. En efecto, Sanders ha logrado ilusionar a millones de jóvenes que se han inscrito para votar, muchos por primera vez. Y todos saben que estos millones de votos pueden ser decisivos para vencer a Trump. Por eso, ahora la prioridad del partido demócrata es que Sanders reconozca la victoria de Clinton y apoye su candidatura, evitando fisuras internas y fortaleciendo al partido de cara a las presidenciales de noviembre. Ayuda para ello que Clinton haya obtenido más votos que Sanders en esos seis últimos estados, consolidando su candidatura.

En cualquier caso, esta campaña electoral será distinta a las anteriores ya que competirán por la presidencia dos perfiles novedosos en la alta política norteamericana: por un lado, un millonario que ha actuado como un candidato independiente más que como representante del Partido Conservador;por otro, la primera mujer candidata a la presidencia por parte de uno de los dos grandes partidos. Y no hay que olvidar que el tercero en discordia, que en el momento de escribir este texto aún no ha abandonado, se define “socialista”. Parece indudable que algo está cambiando en la política norteamericana. No puede ser casualidad que en los dos grandes partidos hayan irrumpido perfiles nuevos de candidatos y que vayan a obtener la nominación final... justo después de Obama, cuya nominación y victoria ya supuso una conmoción hace ocho años.

Es cierto que Barack Obama, pese a ser negro, no ha supuesto el fin del establishment;también que una eventual victoria de Clinton, a pesar de ser mujer, tampoco implicará un cambio revolucionario;o que la de Trump, un millonario, no significaría el fin del sistema. Con todo, sí parece claro que esta profunda crisis ha resquebrajado un modelo de política al que los ciudadanos buscan alternativas.


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