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El cambio

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 12 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Que sea necesario un cambio social y político en el conjunto del país no creo que haya nadie que lo ponga en duda, pero tampoco hace falta ser adivinador del porvenir para siquiera percibir que ese cambio en profundidad es más fácil que termine en el jolgorio de los mismos o muy parecidos y a lo mismo, como mucho con unas medidas correctoras de apariencia para satisfacción de una parroquia que hace tiempo manifestó que no quiere líos, que ya anda estragada de estos. Porque esa es la cuestión de fondo que atañe al cambio, que hay una mayoría social que no quiere líos.

Esa mayoría o minoría social tratada de la gente..., ese abuso. Hablan de gente, cuando se ve de lejos que en realidad quieren decir plebe o populacho, como cuando los macarras dicen caballero para no decir señor. Quien emplea ese la gente está siempre por encima de ella, muy por encima o así se siente, o en su nombre habla porque la gente no sabe, eso es lo que pasa, que no sabe y hay que orientarla para que no cometa errores y no despierte de su sueño eterno populista. La gente, qué perra con la gente.

Las encuestas que dan y quitan votos, sobre todo sillones y actas en el Santuario de la Ventaja, atemorizan a unos y encorajinan a otros, suenan a timba de apuestas y a estas alturas a quiniela o a combinada hípica, que a algo real. Deberían ser objeto de negocio de corredores de apuestas, total ya qué importa en esta democracia devaluada a nivel de feria o espectáculo de variedades que es necesario regenerar con su ejercicio pleno.

Exagero, sin duda, pero ¿Son objeto de elecciones las prerrogativas de las multinacionales? ¿No? ¿Entonces?

¿Pueden los cargos electos poner coto a esas pretensiones que de la democracia y la soberanía hacen virutas y aserrines? ¿No...? ¿Porque no quieren o porque en realidad no pueden? ¿Quién paga todo esto, cómo se paga en realidad?... No preguntes, tú vota, que es lo tuyo, vota como un muerto, vota como te quieren ver.

Y sigo con las preguntas ¿Es posible olvidar que solo hace unos meses los ciudadanos, tratados como súbditos, fueron convocados a las urnas con unas nefastas consecuencias? Pues así parece porque nadie habla de ello, como si no hubiese sucedido, que es otra de las singularidades de la vida social española.

No voy a negar que en algunos lugares haya habido cambios, pero en otros el cambio posible ha acabado en un soberano palmo de narices por mucha mandanga de clerigalla que le echen al negocio. Las evidentes conquistas sociales son populismo, los atropellos sociales de la derecha mejoras y progreso, y esto que yo escribo demagogia, indudablemente, ni se me ocurre discutirlo. El desprecio es una marca de la vida española, que va en todas direcciones, una forma de vivir, un estilo, una cifra, que dirían los rancios. El desprecio y el encono. No se vota a favor de nadie ni de idea alguna sino en contra de alguien, demonizado hasta la caricatura. De otro modo sería incomprensible que se votara con tanta alegría a quien roba o con su chulesca complicidad ampara el robo y la mentira y el abuso institucional como sistema.

¿Habría alguna forma de hacerles cumplir lo que prometen y luego olvidan a estos candidatos que delante de nuestras narices deliran que es un gusto? No lo sé, pero que de momento no la hay, de eso no me queda la menor duda. Y tal vez por eso se permiten el lujo de loquear todo lo que les da la gana y prometer a sabiendas de que no van a cumplir, no porque no puedan, sino, una vez más, porque no les da la gana, porque al día siguiente de las elecciones el idealista, ay caramba, qué milagro, se hace realista y declara que los sueños, sueños son, y frivolidades por añadidura, y hay que estar a lo que se está, a las altas tareas de gobierno y la gente, yo, tú, ella, debemos regresar a donde estábamos, a nuestro rincón y como mucho a nuestro mentidero a verlas venir o a barbotar un rato bajo la atenta mirada de los vigilantes de esta playa con más hormigón armado que arena bajo nuestros pies.

El desprecio es una marca de la vida española, que va en todas direcciones, una forma de vivir, un estilo, una cifra, que dirían los rancios. El desprecio y el encono. No se vota a favor de nadie ni de idea alguna sino en contra de alguien, demonizado hasta la caricatura


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