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Quousque tandem!

La apuesta estratégica

Por Carlos Etxeberri - Domingo, 12 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:13h

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El desprecio que los partidos españoles tienen por la industria es de tal magnitud que dos meses después de la dimisión del ministro de Industria en funciones, José Manuel Soria, por su relación con los famosos papeles de Panamá y su participación en empresas familiares radicadas en paraísos fiscales como la isla de Jersey, nadie se ha preocupado de recordar al Gobierno de Rajoy,- aunque esté en situación de interinidad-, la necesidad de encontrar algún sustituto full time y no apaños como el pluriempleo del responsable de Economía, Luis de Guindos, para seguir de cerca una actividad económica que no se para por mucho que la política esté enrocada en su laberinto.

Y si no que se lo pregunten a los trabajadores de Arcelor que han visto cómo el prepotente empresario angloindio Lakshmi Mittal sigue jugando a la baja en los planes que presenta para sus principales factorías en Euskadi, sin que desde Madrid se haya movido un dedo para garantizar la permanencia de la actividad de esas plantas y ofrecer la seguridad de sus puestos de trabajo a los cientos de trabajadores que tienen por delante un futuro incierto. Nada que ver con la reacción que ha tenido el Gobierno de David Cameron con el anuncio de la india Tata de cerrar sus acerías en el Reino Unido.

Arcelor Mittal ha cerrado ya definitivamente la planta de Zumarraga, sigue sin decidir si abrir o no Sestao, siempre y cuando se cumplan sus condiciones que nunca se sabe hasta cuándo durarán, y está provocando mucha preocupación entre los trabajadores de Olaberria, donde se niega a negociar el pacto de empresa. Todo ello, mientras el presidente de ArcelorMittal en el Estado, Gonzalo Urquijo, asistía hace unos días en Madrid a una conferencia del presidente de Ciudadanos, el joseantoniano Albert Rivera, organizado por el diario ABC, sin que en su disertación se destilara cualquier referencia a política industrial, a juzgar por el contenido de las reseñas periodísticas.

La mejor política industrial es la que no existe es lo que predicó y puso de moda el ministro de Industria del primer Gobierno de Felipe González, Carlos Solchaga, en un alarde de neoliberalismo que luego fue continuado por el también ministro de Industria socialista, Claudio Aranzadi, y que ha llegado hasta aquí de la mano del conservador PP que ha hecho suya esta contribución. No sé por qué el PSOE de Pedro Sánchez se empeña en reivindicar el perfil de socialdemócrata que le quiere arrebatar Podemos, cuando la historia da ejemplo de todo lo contrario, sobre todo en lo que se refiere a política industrial.

Qué se puede esperar del candidato del PP a seguir en La Moncloa, Mariano Rajoy, sobre la apuesta de su futuro gobierno, -en el supuesto de que sea capaz de formarlo-, en lo que se refiere a políticas de desarrollo industrial, si al candidato popular le gusta visitar empresas que se dedican a producir jamones y embutidos. En solo un mes, ha visitado la planta de Campofrío en Burgos y la fábrica de jamones Montesierra de Jerez de la Frontera. Como se puede apreciar todo un ejemplo de la apuesta del PP por la industria avanzada y la I+D.

Mientras Rajoy se vestía con la bata blanca para comprobar el proceso de curación de los jamones, el Fondo Monetario Internacional (FMI) le reprochaba el escaso apoyo que su gobierno está dando a la I+D hasta el punto de producirse la paradoja de que mientras se está produciendo un crecimiento de la economía se está reduciendo el gasto en I+D en relación al PIB, con lo que la recuperación económica no está teniendo reflejo en la innovación.

Según el FMI el Estado español destina la mitad de ayudas que, por ejemplo, Estados Unidos e Irlanda y solo desembolsa una tercera parte de lo que dedican Corea del Sur o Francia, que son los líderes en esta materia. Países como China, Hungría, Eslovenia, República Checa o Portugal superan al Estado español.

Este es otro de los costes de dependencia que tiene Euskadi por formar parte de un Estado en el que el peso de la industria sobre el PIB es de solo el 15,5%, casi cuatro puntos por debajo de la media europea, mientras que en la CAV ese porcentaje se eleva al 23,5%, a pesar de haber perdido cinco puntos porcentuales por efecto de la crisis.

Mientras en España se contentan con que el paro haya bajado, olvidándose de que los motores de la contratación han sido la hostelería y el comercio, debido a que son los sectores que más han bajado sus costes laborales y salariales por hora trabajada, en Euskadi nos preocupa el I+D y por eso, es importante el anuncio del lehendakari Iñigo Urkullu, de aumentar la asignación de los Presupuestos del Gobierno Vasco en inversión en I+D en un 5% hasta llegar a los 460 millones de euros en cuatro años y focalizados en la industria avanzada, energía, biociencias y salud.

En este contexto hay que constatar la tendencia determinista que está teniendo últimamente el sector público de poner puertas al campo, al circunscribir el trabajo de los investigadores a las necesidades del mercado y a la consecución de unos resultados, que puede llegar a frustrar de manera rotunda la creatividad en este campo que se desarrolla, precisamente, cuando no existen rigideces y prácticas de control.

Sirvan unos ejemplos que revelan que los grandes avances científicos y que han generado una gigantesca actividad fabril no vinieron desde un planteamiento de transferir de manera rápida los avances a la industria, sino del propio desarrollo y de la creatividad de los investigadores. Por ejemplo, el láser no se creó para escuchar música en un CD, sino porque unos físicos estaban interesados en comprender el comportamiento de los átomos en un estado cuántico. Hoy no sabríamos vivir sin ese “descubrimiento inútil” que ha generado una nueva e importante actividad industrial.

De la misma forma el desarrollo de los rayos X o el GPS que tienen instalados nuestros coches no hubieran sido posibles sin la teoría de la relatividad de Einstein.

Y creatividad y voluntad es lo que hace falta a nuestras administraciones tanto la común como las forales en una iniciativa público-privada para poner en marcha, de una vez por todas, un fondo de inversión para apoyar a las empresas vascas en su crecimiento y consolidar su arraigo en el entorno para evitar situaciones de toma de participaciones en capital y venta de compañías por falta de sucesión en la propiedad indeseadas por el futuro incierto que presentan. Da sana envidia ver cómo los grandes fondos de capital catalanes han captado este año un total de 1.300 millones de euros para su inversión en pymes, mientras que en Euskadi este tipo de instrumentos financieros de apoyo al tejido empresarial parece inexistente y solo se traduce al terreno público con alguna excepción privada y, en general, con desigual resultado.

Desde que la Diputación de Bizkaia anunciara a mediados del pasado mes de marzo la puesta en marcha de un plan para tratar de captar capital privado mediante el establecimiento de ventajas fiscales para fomentar, por un lado, la toma de participaciones accionariales de empresas, y, por el otro, servir de respaldo a la concesión de créditos por parte de las entidades financieras, no hemos conocido ningún avance.

El hecho de que la iniciativa, que contemplaba la exención del Impuesto de Patrimonio que se planteaba para aquellos inversores corporativos que tomaran participaciones en el capital de empresas medianas en procesos de expansión o internacionalización o la deducción del 15% en el IRPF en contribuyentes individuales con un tope entre 6.000 y 12.000 euros, esté todavía en mantillas podría tener relación con la caída de los ingresos fiscales en Bizkaia y Araba que se ha producido en el primer cuatrimestre del año, a pesar del repunte económico.

Sin embargo frente a una lectura cortoplacista hay que pensar que a la larga la balanza fiscal será favorable a las arcas públicas, ya que las deducciones a los inversores de hoy se compensarán a corto y medio plazo en aumentos del IRPF, IVA e Impuesto de Sociedades en función del desarrollo de las empresas participadas.

No es algo nuevo. En Inglaterra y en Francia los inversores en pymes tienen deducciones fiscales que alcanzan el 20% en una fórmula que se considera exitosa por el resultado que ha tenido. La puesta en marcha de nuevos instrumentos financieros de apoyo a las empresas es una apuesta estratégica para este país que deben superar las reticencias cortoplacistas de unos y la falta de audacia e impulso político de otros.


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