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Los nuevos catetos

los urbanitas no solo viven en ciudades grandes e intermedias, sino también en pequeñas localidades

Por Xabier Iraola - Domingo, 12 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:14h

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hace dos años una señora donostiarra se me enfadó cuando, al reconocerme que no había estado nunca en Urnieta, localidad de aproximadamente 5.000 habitantes que se encuentra a escasos 10 km de la capital, le espeté, con esa ironía sangrante que me brota, la verdad sea dicha contadas ocasiones al año, con no poco retintín, la frasecita “señora, que el mundo no acaba en el Túnel de Amara”.

Ese mismo año, para ahondar más mi úlcera, pude conocer guipuzcoanos que nunca habían estado en Arantzazu o vizcaínos que no sabían dónde está Azpeitia y caí en la cuenta de que todavía convivimos con muchísima gente que no conoce ni dónde está Bedaio ni Armintza pero, eso sí, ha ido de compras a Londres o paseado su esbelta figura por las calles de Praga. Somos así de catetos, valoramos lo foráneo mientras despreciamos, o cuando menos minusvaloramos, lo propio pensando que eso está aquí y ya lo conoceré otro día.

Todo esto viene a cuento de una iniciativa que la organización agraria ENBA ha presentado a la sociedad vasca para que visite y conozca 25 caseríos que abren sus puertas, simultáneamente, con el objetivo de que la sociedad vasca en su doble vertiente, rural y urbana, esté más cohesionada a partir de un mejor y mutuo conocimiento. Las familias y amigos que se animen pueden conocer los caseríos, los productores, sus familias, su modo de producción y comercialización, además de una pequeña degustación, y algo no menos importante como es que conozcan los pueblitos y barrios en los que vive esta gente que, al mismo tiempo que trabajan la tierra y gobiernan el ganado, modelan el paisaje, sí, ese paisaje del que tanto fardamos y que tanto valoran los cada vez más numerosos turistas.

Este proyecto de puertas abiertas (www.ongietorribaserrira.eus) es un auténtico programa de sensibilización de la sociedad vasca de marcado carácter urbano donde los habitantes de las ciudades y pueblos pueden conocer “a tiempo real” la marcha de un caserío. Alguno de ustedes se extrañará de que haga mención a los habitantes de los pueblos pero quisiera aclararles que no es ningún error porque los urbanitas, desgraciadamente, no solo viven en las ciudades grandes e intermedias, sino que muchos de ellos viven en pequeñas localidades que, a pesar de su escasa población, tienen una sociología, un modo de vida y un pensamiento netamente urbano, son lo que yo denomino los ‘rurbanos’ en clara contraposición a la acepción que utiliza el Observatorio de la Urbanización del Departamento de Geografía de la Universidad Autónoma de Barcelona que lo utiliza para referirse a ese territorio de transitoriedad entre lo urbano y lo rural.

Los rurbanos mentales, refiriéndome a la mentalidad urbana de muchos que habitan-habitamos los núcleos rurales, al abrir sus ventanas y observar verdor, caseríos en las laderas y desde la ventanilla del coche, algún animal pastando, estos rurbanos mentales estiman que ellos ya conocen suficientemente, cuando no en exceso, la realidad del campo y de sus gentes cuando la realidad, mucho me temo, es que no tienen ni repajolera idea de cómo viven y trabajan los productores de hoy en día.

Pues bien, entre los urbanos que ni conocen el mundo rural y menos a los baserritarras o la actividad agropecuaria y los rurbanos que viven en el medio rural pero desconocen totalmente la realidad de los productores, como se dice vulgarmente, lo tenemos claro y es por ello que en este contexto las iniciativas de aproximación y acercamiento entre la gente del campo y la ciudad son más necesarias que nunca.

En este sentido tengo que reconocer públicamente -al igual que en ocasión anterior tiré de la oreja a la Diputación Foral de Gipuzkoa por olvidarse de la gente del sector agrario para diseñar el futuro del territorio- el esfuerzo humano y presupuestario que ha efectuado al acercarse a su realidad rural a través del programa LandaGipuzkoa plus dirigido a los 48 municipios menores de 2.500 habitantes (algo más de la mitad de los municipios del territorio) que cuentan con escaso peso poblacional pero de vital importancia para el equilibrio territorial del país.

El plan, ambicioso en su diseño y esperemos que respaldado presupuestariamente a lo largo de toda la legislatura, cuenta con cuatro ejes como son la expansión de la fibra óptica a los 48 municipios empezando por los cascos y alcanzando finalmente al conjunto de la población, la promoción económica apoyando los proyectos estratégicos que se presenten desde esas localidades al ser conscientes de que además de ser base de su alternativa residencial tienen que ser una alternativa laboral para sus gentes, la renovación de los 3.360 kilómetros de caminos rurales, muchos de ellos en estado de extrema necesidad de renovación y, finalmente, la solución a los problemas que la red eléctrica tiene en muchas de estas zonas rurales al límite de sus posibilidades, que salta con medio rayo y que debe ser solventado desde la colaboración público-privada. Y cuando digo privada no me refiero a que lo tengan que abonar los baserritarras o rurales directamente afectados, sino a la empresa privada, a buen entendedor..., responsable de crear y mantener la red eléctrica en condiciones.

Soy consciente de la imagen que tienen los baserritarras y la población rural para muchos urbanitas pero, sin querer herir a nadie, creo que no me confundo al calificar como “nuevos catetos” a aquellos japiguais que, emulando a los nuevos ricos, conocen el Caribe mientras desconocen los pueblitos que les rodean o el origen de los alimentos que diariamente se llevan al plato.


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