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Ante el espejo de Agirre

Sábado, 11 de Junio de 2016 - Actualizado a las 07:50h

En el pasado reciente, bajo la dictadura o construyendo la democracia, hemos vivido experiencias aleccionadoras, tanto positivas como negativas. Sin embargo, no podemos dejar que nuestra memoria democrática se construya en referencia a la violencia injusta. Una revisión histórica que busque ceñirse con fidelidad a los hechos ha de saber valorar el gran aporte de energía democrática y de civilidad que hicieron posibles el resurgimiento social de los 60 y la reconstrucción política de finales de los 70 del siglo pasado. Son procesos que regeneraron nuestras constantes vitales. Sin ocultar que, desde hace 50 años, es una minoría de vascos la que ha justificado la estrategia basada en las armas de ETA.
Vivimos un momento en el que nos preguntamos qué referentes de conducta democrática podemos compartir que nos sean útiles para rehacer nuestra convivencia. Por eso, es necesario considerar hechos y personajes que, en el periodo del que nos queda recuerdo vivo, han ayudado a crear lo que hoy más apreciamos. Hechos y personajes a los que debiéramos atribuir un lugar emblemático en nuestro sistema de valores comunes.
A los 80 años de la creación del primer gobierno de los vascos, EITB presenta al lehendakari Agirre como espejo de inspiración, “gure izaeraren ispilu”. Un título sugerente para un tiempo en el que a los representantes públicos se les considera componentes de una clase privilegiada. El primer lehendakari no es sólo acreedor de un bagaje político extraordinario por su condición de iniciador del institucionalismo vasco moderno. Es además representante de un gobierno de unión vasca en el que gentes “de distintas ideologías sociales jamás discrepábamos en los problemas prácticos sociales”. Finamente, posee la autoridad moral por haber logrado, en el ámbito en el que tuvo jurisdicción, humanizar una guerra incivil que fuera del territorio bajo mando vasco se desarrolló en un clima de terror institucionalizado. Y lo hizo asumiendo un gran coste en su personal peripecia, que le llevó desde la fábrica al gobierno, y de las trincheras al exilio.
El Agirre del exilio ha dejado una huella impresionante. Frente a los que todavía hoy demandan grandes acontecimientos desencadenantes, el primer lehendakari trabajó pensando en que “las grandes victorias siempre se logran por la coordinación de muchos pequeños esfuerzos”. En este contexto, “solo las actuaciones positivas valen”. La masiva divulgación, a través de sus mensajes o manifiestos, de sus orientaciones humanitarias y políticas buscaba despertar el espíritu organizador de los vascos, tanto en el exilio como en el interior. El objetivo era actuar en todas partes, de manera transversal, e involucrar a gentes e instituciones sociales de todo tipo en una espiral virtuosa, de carácter cooperativo para restaurar lo que se nos había arrebatado, valores espirituales y recursos materiales.
A través de sus textos, se puede conocer el esfuerzo que Agirre dedicó a reconstruir el sentido de comunidad de los vascos en el momento de gran confrontación, miseria y zozobra espiritual que sigue a las guerras. Tras el periodo de guerras (1936-1945), el lehendakari (en nombre del gobierno) llamó a la reconstrucción del país, dejando al margen todo sentimiento de odio o venganza. De un país, no lo olvidemos, que estaba sometido a la fase más dura de la dictadura de Franco. En el mensaje de Gabon de 1945 trazó un programa de trabajo en el que se fundamentó el resurgimiento social, económico y cultural que conocimos años más tarde: “Ahora es tiempo para la cooperación social y económica… quedarán excluidos quienes hicieron daño o cometieron crimen hasta que la justicia haya saldado sus cuentas… llamamos a todos para los días que vienen, porque nuestro propósito es movilizar desde el primer día el potencial espiritual, moral y económico de nuestro pueblo, llamando a todos a la tarea de reconstrucción porque a todos necesitamos”.
Hay mucho que aprender de Agirre y su generación si atendemos a las imágenes que nos refleja el espejo que recoge aquella experiencia histórica. La reconstrucción vasca de la posguerra provino de una miríada de pequeños esfuerzos realizados por personas y grupos que operaron desde abajo, optando por una actitud resiliente que afianzó nuestros vínculos sociales, fortaleciendo el sentido de lo común que nos identifica como pueblo.
Estos nuevos tiempos que ahora vivimos son también intensamente sociales. Sin embargo, el espíritu de cooperación no pasa por sus mejores momentos. Ahora es difícil reunir a gentes distintas, con intereses distintos, en torno a un trabajo común. ¿Nos vale aquel ejemplo histórico? Al menos, nos vale la historia para recoger las preguntas que nos legaron y la tenacidad con la que respondieron aquellos ante situaciones sociales también exigentes. Si queremos entrar en una nueva época de convivencia cívica, hay que practicar mucho la cooperación y evitar la reproducción de antagonismos.
Pero la cooperación hay que cultivarla a partir de los hechos. Es posible que, para esto, debamos prestar menos atención a las grandes escenificaciones y buscar confluir más en los pequeños esfuerzos del día a día. Seguro que el espejo de Agirre nos ayudaría a reencontrar esa sensibilidad cooperativa que está tan arraigada en nuestra experiencia histórica. Si es cierto que somos porque fueron, esa sensibilidad no puede estar perdida. Podríamos hacerla renacer a través de multitud de prácticas de reciprocidad o auzolan que contribuirían a fortalecer nuestro modus con-vivendi. Así podríamos hacer efectivo el gran sueño de Agirre, a través de una incorporación social masiva a una comunidad nacional abierta, “que no es ni puede ser patrimonio de un grupo sino de todos” (Carta a Santiago Aznar, 1943).


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