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A través del espejo

Mercados financieros. Necesarios, pero replanteados

Por Jon Aldazabal - Sábado, 11 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:14h

Jon Aldazabal

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Jon Aldazabal

En general existe una percepción bastante lejana de lo que son los mercados financieros y su papel real en la actividad de las personas, empresas e instituciones. Puede que no participemos en ellos, pero ello no implica que no debamos entenderlos.

En general los mercados financieros y todos los instrumentos con nombres extraños que pululan en ellos atienden básicamente a cuatro necesidades específicas.

La primera necesidad que cumplen está orientada a proporcionar financiación a personas, empresas, gobiernos y entidades de diverso tipo que necesitan dinero para la realización de proyectos diversos. Los mercados financieros proporcionan financiación a cambio de un precio, de ahí que atender las necesidades de capital sea una de sus funciones principales.

La segunda es que permiten que distintos agentes y/o particulares puedan obtener un partido/rendimiento/interés a un dinero con el que cuentan facilitando su préstamo a terceros. Dicho de otra manera, funcionan como vehículo para el uso del capital excedente.

La tercera función es que permiten a empresas y agentes asegurarse contra riesgos o fluctuaciones de precios de todo tipo de bienes y servicios. Aunque el común de los mortales relacionamos la palabra seguro con los tan habituales seguros de enfermedad, vida, coche, casa, etc., en los mercados financieros a día de hoy existen productos para asegurar casi cualquier cosa. Materias primas de todo tipo desde combustibles, materiales, maíz, carne de ternera y todo lo que uno se pueda imaginar.

Hasta aquí es difícil no ver la utilidad de los mercados financieros y su necesaria función para un adecuado devenir de la economía. El problema o percepción negativa general que existe alrededor de estos mercados está relacionada con la cuarta función, que no es otra que la especulación.

La cuestión es que los mercados se utilizan para apostar por la cotización de la soja del año que viene o para apostar si van a bajar los tipos de interés el próximo semestre, es decir, se hacen apuestas sobre todo tipo de bienes y elementos creando todo un movimiento económico alrededor de perspectivas o previsiones. Es como un mundo de ficción, pero que mueve ingentes cantidades de dinero real.

En este sentido, podríamos decir que los productos financieros son a la especulación lo mismo que un partido de pelota a las apuestas. Las facilitan, pero no es su propósito principal, o por lo menos no debería serlo.

En los mercados financieros el dinero se dirige donde pueda obtener el mayor rendimiento. Esto no es malo en sí mismo, siempre y cuando el tablero de juego cuente con unos organismos y mecanismos de regulación que hagan cumplir unas mínimas reglas. Esto implica velar para que el fraude no campe a sus anchas, entre otras cosas haciendo que el sistema sea lo más transparente posible, y es aquí donde se ha fallado de manera estrepitosa.

No es que los mercados en sí mismos sean malos, el problema viene cuando combinamos una coyuntura de crédito desbocado y nos saltamos los elementos de regulación del sistema a la torera. A ello le sumamos la ocultación de información o el uso de la misma de forma privilegiada, la libertad para crear productos financieros difícilmente valorables/evaluables y tenemos el fregado bien montado.

Lo que comenzó como hipotecas subprime se convirtió en una batería de productos que la práctica ha enseñado que no entendían ni los propios reguladores. Entre los más sonados están aquellos que tenían como objetivo asegurar el riesgo de otros productos financieros como los CDS (Credit default swaps) o los CDO (Obligaciones de deuda garantizadas), que venían a ser paquetes de deudas diferentes donde los bancos de inversión metieron deuda de riesgo razonable mezclándola con otra de impagos seguros.

La máxima neoliberal de que el interés de las distintas partes en los mercados hace que estos se corrijan por sí mismos parte de la falacia de pensar que los agentes tienen una posición, acceso a la información y poder equitativos, lo cual dista mucho de ser así.

Ya es hora de desterrar la idea de que los mercados se autorregulan y que teorías económicas como las de la competencia perfecta o de expectativas racionales tiene algo que ver con la realidad. Primero porque la práctica demuestra una y otra vez que son falsas, y lo segundo porque si atendemos con un poco de seriedad a estudiar la naturaleza humana irracional, no es difícil darse cuenta de que las personas no funcionamos según esos parámetros.

El problema es que plantear una regulación efectiva es tarea de gran complejidad. Los mercados financieros son globales y el capital que se mueve libremente resulta prácticamente imposible regularlo o gravarlo por los estados nación. Más allá de los descafeinados acuerdos de Basilea de turno, no existen mecanismos de control globales que funcionen con la adecuada efectividad para regularlos.

Las grandes crisis han generado reformas regulatorias de la banca y los mercados financieros. No coger el toro por los cuernos deja libre la veda para que se pueda generar otra debacle cuyas consecuencias aún estamos padeciendo. Desgraciadamente, el panorama no es como para ser optimista.


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