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Crónica

Elvis Costello, en familia

Por Juan G. Andrés - Miércoles, 8 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Elvis Costello, al inicio de su actuación del lunes en el original escenario que montó en el Auditorio Kursaal

Elvis Costello, al inicio de su actuación del lunes en el original escenario que montó en el Auditorio Kursaal (Iker Azurmendi)

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Elvis Costello, al inicio de su actuación del lunes en el original escenario que montó en el Auditorio Kursaal

Afirmar que en su quinto concierto donostiarra Elvis Costello actuó en solitario no sería del todo exacto. Primero porque procedió acompañado de media docena de guitarras, piano y ukelele;y segundo porque para el final guardaba una sorpresa que no revelaremos hasta el penúltimo párrafo. Su ya finiquitada gira Detour recaló el lunes en el Kursaal dando por inaugurada la semana laboral: entre los 26 temas que sonaron no estuvieron Welcome to the Working Week ni Red Shoes o Peace, Love and Understanding, que sí cantó su autor y amigo Nick Lowe en el Stop War Festibala de marzo. Pero claro, a un tipo que porta 40 discos en el morral no se le puede exigir que toque todas tus canciones preferidas;máxime porque a sus 61 años, y a diferencia de otros artistas de su generación, él huye de los repertorios obvios y arriesga con interpretaciones poco conocidas o incluso inéditas.

El completo repaso a 40 años de trayectoria comenzó con el videoclip de Monkey To Mansonando a todo trapo en la gigantesca pantalla de televisión retro. Costello irrumpió para descerrajar, a oscuras pero con gafas de sol, Hurry Down Doomsday (The Bugs Are Taking Over). Sin dejar la guitarra acústica, siguió con I Can’t Turn It Off y el primer clásico de la noche, Accidents Will Happen. Dedicó Ascension Day a Allen Toussaint, el legendario pianista de Nueva Orleans fallecido hace siete meses y con quien visitó el Jazzaldia en 2007, y electrificó su sonido en Church Underground, presidida por la imagen de la actriz Gloria Graham. Confesó el sentimiento cristiano de culpa que le asaltó al componer, en solo diez minutos, Everyday I Write The Book, que ofreció en una versión más cadenciosa antes de la también ochentera Clubland, con tumbao guitarrero incluido, y de la recientísima Come The Meantimes.

Anécdota tras anécdota, canción tras canción, el británico pareció entonarse y entrar definitivamente en calor después de un arranque no del todo redondo. Pero fue sentarse al piano e ir todo como la seda: una vez más, demostró ser un animal escénico pletórico de voz y forma, capaz de concentrar varias actuaciones distintas en una: pop, rock, new-wave, rhythm and blues, góspel… Y todo con el mismo virtuosismo y la misma credibilidad. Así, se sumergió en su faceta de crooner con Shipbuilding, esa perfecta y dolorosa balada que supera con creces a otras más conocidas -y almibaradas- como She. Sin abandonar el teclado prestado por su esposa, Diana Krall, interpretó casi en primicia A Face In The Crowd y Blood &Hot Sauce, que formarán parte de Un rostro entre la multitud, un musical que prepara a partir de la película dirigida en 1957 por Elia Kazan.

Después volvió a sus guitarras, se caló el sombrero por primera vez, y sentado en una vieja silla de madera azul, desgranó Walkin’ My Baby Back Home, versión de los años 30 con la que homenajeó a su padre, músico como él, de quien contó varias anécdotas desternillantes. Hizo un guiño a Burt Bacharach con Toledo y rasgó el ukelele en la novísima Vijatex antes de que Ghost Train, incluida en la reedición de su célebre disco Get Happy (1980), diera paso a la insoslayable She. Y si Costello, versátil hasta la náusea, es capaz de susurrarte en plan íntimo las más bellas tonadas de (des)amor al oído, también puede destrozártelo a base de chirriante y maravillosa distorsión. Eso es precisamente lo que hizo con Watching The Detectives, que conservó el deje reggae pero se oscureció gracias al hábil uso del pedal loop mientras la pantalla insistía en la cinefilia de Costello con infinidad de imágenes de carteles de cine negro. Como en el resto de la gira, el himno Alison (My Aim Is True) lo cantó a pelo, paseando por el patio de butacas y sin amplificación, y para la jazzy Almost Blue se ubicó justo en el centro del escenario y empleó un micrófono vintage tras recordar cómo la que hoy es su mujer le conquistó versionando ese tema en un concierto.

Los bises los introdujo marcándose un bailecito junto a su padre, que aparecía en una grabación de época muy loca cantando If I Had a Hammer, interpretada en su día ante la Reina en una velada en la que coincidió con The Beatles sobre las tablas. En clave más tranquila, y de nuevo a las teclas, sorprendió con el sentimiento de Side By Side, otro añejo estándar. El televisor, que no dejó de proyectar imágenes del álbum familiar y profesional de Costello, se detuvo en la fotografía de su abuela cuando sonaba la fabulosa Verónica, una de las canciones que compuso junto a Paul McCartney en Spike(1989);el momento lo aprovechó para pedir más recursos en la lucha contra el alzheimer y recordar su encuentro con el finado Muhammad Ali, aquejado de esa enfermedad como su abuela. El músico, que siguió contando batallitas a los espectadores como si fueran invitados al salón de su casa, dedicó Jimmy Standing in The Rain a su abuelo. Después constató que no es rehén de la nostalgia y volvió a ofrecer al piano la última de sus nuevas composiciones, la emocionante American Mirror, que pese a estar recién salida del horno, podría haber pasado perfectamente por uno de sus clásicos de siempre.

Aunque se había anunciado que el dúo Larkin Poe le acompañaría en el último tramo de sus actuaciones del Estado, finalmente no fue así. Pero el hombre de las mil caras artísticas guardaba una bala en la recámara que no había disparado los días previos ni en Zaragoza ni en Madrid. En exclusiva para Donostia, Steve Nieve, el teclista de cabecera que en los años 70 ya le acompañaba en The Atractions y que hoy continúa en The Imposters, saltó a la arena y le escoltó en Shot With His Own Guny Talking In The Dark. Micro inalámbrico en mano, Costello cantó entre el público, aplaudió los solos de su compinche repantingado en las butacas e incluso se hizo un selfi con una admiradora de la primera fila. El remate, apoteósico, transformó la obligada I Want You en una interpretación desgarrada, con Elvis desgañitándose y aporreando su acústica amplificada y distorsionada mientras Nieve se salía al piano. Éxtasis total.

El Kursaal estuvo lejos de llenar su aforo y en honor a la verdad, a la salida no todo fueron halagos. Hubo a quien le resultó excesiva la duración de dos horas y media, sobre todo a quienes no siguieron en inglés la verborrea del gafapasta o echaron de menos una banda de acompañamiento. Pero en general, a los parroquianos de Costello el show les pareció embriagador y todavía hoy disfrutan de una feliz resaca. Sus últimas funciones fueron en 2007, 2010 y 2013, de modo que si se cumple la progresión, Elvis estará de vuelta en 2019. Seguro que a nadie le importa que la secuencia se rompa y tome otro detour(desvío) para adelantar su regreso.


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