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Desde Artaleku

Generaciones

Por Jurdan Arretxe - Lunes, 6 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:10h

una hora después de acabar el partido de Artaleku, la calle Mayor de Irun espera a que sus jugadores bajen hacia el Ayuntamiento. Cerca, un grupo de niños juega. A ese balonmano que está de moda no solo en Irun, sino en casi toda Gipuzkoa. Unai, Aitor y sus amigos se imaginan porterías y líneas de seis metros. No piden al árbitro distancia reglamentaria para sacar una falta. Tampoco las cometen. Juegan a balonmano, ajenos a lo que pasa una calle arriba.

Casi 40 años después, el Bidasoa vuelve a subir a Asobal y a parar Irun. A convocar ante las pantallas del ordenador y de la tele a esa parte de Gipuzkoa y de Euskadi que recuerdan con cierto cariño que en Irun hay un equipo con mucha tradición.

El respaldo de Artaleku volvió a ser el que fue. Las camisetas de Elgorriaga se cruzaban con las bufandas de Artalekuko Hintxak y de la Peña Bidasoa, más los ánimos del Muro Amarillo. La convocatoria a acudir -que se extendió cuando en la jornada 30 los jugadores actualizaban en el vestuario de Zamora sus smartphones para ver si Palma del Río cedía en Ciudad Real y la Final Four, in extremis, llegaba a Irun- surtió efecto. Llegó, vio y venció. Esos mismos tres rivales hincaron la rodilla en un polideportivo que sobre todo vio a un grupo, el amarillo, que se superó a sí mismo y disfrutó en la final, como pidió Juantxo Villarreal a los suyos en aquella ida contra Badel Zagreb. Como Unai y Aitor jugando a balonmano.

Un equipo que, preparado para el ascenso directo, hace dos meses estaba hundido tras ceder un empate en casa contra el colista. Que por momentos se veía desbordado más por sus miedos que por el rival. Varias decisiones a tiempo, de las de alarma roja, empezaron a virar la nave y nada de eso ocurrió el sábado ni el domingo, pese al amago de un muy buen Zamora al final de la primera parte.

Este Bidasoa al que le queda mucho había decidió corregir errores de las temporadas anteriores, algunos de bulto, y a la tercera venció. Con el mejor trabajo de despacho, que es el de los deberes bien planificados y ejecutados en verano. Triunfó con su gente y en la cancha. En su cancha.

Una hora más tarde, esos niños que no habían nacido para ver al Bidasoa salir de la Liga Asobal por la puerta trasera en Pamplona juegan en la plaza que lleva el nombre del club. Aitor pasa el balón a Unai mirando a la grada y este lanza a una portería que, sin palos ni red, es tan real como las de Dom Sportova. Como las de Pozoblanco. Como las de Augsburgo y las de Veszprem. El Bidasoa del troncobalonmano y el de Zagreb, el del polideportivo Artaleku y el del frontón Uranzu, el del Morondo y el de la cafetería del poli. El de la generación que impulsó en Irun el balonmano en los 60. El Bidasoa que creció con la generación del 77. La del 87. La del 91. La del 95. La del 97. Incluso la que celebró sobrevivir en aquella promoción de Vigo. Una década después, el Bidasoa tiene otra generación de balonmano. La de Unai y Aitor.


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