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Tribuna abierta

Los retos ambientales en el siglo XXI

Por Julen. Rekondo - Domingo, 5 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Proyecto para plantar árboles autóctonos.

(PIXABAY)

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Proyecto para plantar árboles autóctonos.

El crecimiento sin límites es una idea a superar. Hay que pensar en otra forma de vivir, pasando del “crecer, usar y tirar” al “reciclaje permanente”.

Hoy se celebra en todo el mundo, y por supuesto también en Euskadi, el Día Mundial del Medio Ambiente, instaurado en 1972 con ocasión de la celebración de la primera Conferencia Internacional que tuvo lugar en Estocolmo sobre el medio ambiente. En el presente artículo se abordan algunos de los retos ambientales en el siglo XXI.

Hasta hace poco, el progreso se asociaba al creciente dominio de la naturaleza y toda la carrera de la civilización se limitaba a convertir lo salvaje o lo silvestre en territorio de lo “racional”. Parecía ser nuestra salvaguarda contra las asechanzas de lo salvaje, de lo que todavía se encontraba en estado crudo, sin cocer, en estado natural. Hoy, sin embargo, somos conscientes de que nuestra misma supervivencia depende de la conservación o el buen tratamiento de lo natural y la interdependencia armónica que establezcamos con ello.

Sólo desde los años sesenta del siglo XX el ambientalismo vino a alumbrar la necesidad de incorporar las inquietudes de la humanidad aquello que, no siendo humano, formaba parte de la vida planetaria. En unos momentos en que cundió la defensa de los derechos de otras culturas, la pluralidad y las vindicaciones multipolares, apareció también la demanda de la diversidad biológica o biodiversidad. De la misma manera se ganó consciencia en el respeto de las diferencias, en la sexualidad, en las religiones, en las culturas, en las razas, surgió la sensibilidad hacia los derechos de la naturaleza. Desde entonces, la idea que animó los derechos humanos se extendió, como una vindicación humana más, a los derechos de las aguas, de los bosques o de los animales, en definitiva, al medio ambiente.

Los últimos años han supuesto en los países más industrializados del planeta una etapa en la que la conciencia ambiental se ha impuesto como una de las prioridades futuras, al menos en las tribunas ambientales. Pero es precisamente en estos países donde la riqueza ha despreciado habitualmente el respeto al marco natural, a su conservación, habiendo sido ya muchas las consecuencias que este maltrato ha generado en cuanto a la calidad de vida, y lo que es más preocupante, en cuanto a suponer un riesgo real, e inmediato ya en algunos casos, para poder seguir viviendo bajo los miopes condicionantes económicos que en tanto aspectos sustentan, sólo a corto plazo, un desarrollo digno.

Quizá sea pecar de euforia o de ingenuidad si asignamos de forma general a la sociedad esa nueva conciencia ambiental, ya que es verdad que queda lejos aún el momento en que todos y cada uno de los pilares que edifican el desarrollo urbano y rural estén presididos por el exitoso término de la sostenibilidad. Pero no sólo por querer ser optimistas sino por mera confianza en la inteligencia del ser humano, podemos afirmar que la base para aplicar los fundamentos del desarrollo sostenible está, en estos países (los que por otra parte más responsabilidad tienen en ellos ante los impactos ocasionados y en virtud de sus estatus económico) cuajando progresivamente, al menos con mucha más fuerza y rapidez que hace unos veinte años.

No obstante, no nos podemos creer hoy en día que exista una conciencia ambiental suficiente para hacer frente a los problemas actuales en esta disciplina, en los que el cambio climático es considerado como la principal amenaza a nivel planetario, y por supuesto, también en Euskadi. Un ejemplo palpable es la última Cumbre del Clima de París que se celebró el pasado mes de diciembre, en la cual los 195 países presentes en ella firmaron un compromiso para mantener el aumento de la temperatura del Planeta por debajo de los 2ºC, umbral marcado por la ciencia como el punto de no retorno. Aunque se puede calificar de un acuerdo necesario, es totalmente insuficiente.

Por otra parte, y en otra escala de problemas, un gran reto en el siglo XXI es el de ciudades en las que vivirán dentro de cuatro décadas el 70% de los habitantes del planeta. Las ciudades, paradigma del esfuerzo de civilización del ser humano, se han convertido en el principal obstáculo para la sostenibilidad del planeta y, por supuesto, también en Euskadi.

Avanzar hacia unos municipios y ciudades más sostenibles requiere acometer una profunda renovación de los criterios con que éstas se han venido orientando en los últimos tiempos. Junto al imperativo central de trabajar en el marco de una visión integrada y con escenarios de medio y largo plazo, van emergiendo toda una serie de nuevos valores y referencias en torno a cada uno de los grandes campos clave de desarrollo urbano: la calidad medioambiental, la estructura espacial, la cohesión social, la calidad de vida y la economía local.

En el campo de la calidad medioambiental habría que destacar la necesidad de minimización en el consumo de recursos y generación de residuos. Se trata de impulsar medidas encaminadas a reducir el consumo de suelo, agua, combustibles u otras materias, así como de las emisiones de gases de efecto invernadero, con bastante mayor intensidad de lo que se viene haciendo hasta ahora.

La adaptación de la estructura urbanística a las condiciones espaciales y ambientales locales es otro aspecto clave del desarrollo urbano. Es necesario superar la idea del “crecimiento sin límites”, como paradigma para plantear otras bases del desarrollo urbano. Se trata de optar por un escenario alternativo que, sin ignorar las necesidades sociales, centre sus prioridades en otra forma de vivir la ciudad, aplicando el principio dereciclaje permanente, frente a la práctica de crecer, usar y tirar, todavía dominantes en nuestras ciudades y municipios. También es necesaria racionalidad en la resolución espacial de las necesidades sociales en relación al nuevo crecimiento y rehabilitación del patrimonio edificado. Se trata de evaluar, en función de las condiciones concretas de cada ciudad o municipio, las alternativas entre crecimiento y rehabilitación desde perspectivas integradas y más amplias que las estrictamente inmobiliarias, tomando en consideración los aspectos sociales y ambientales, así como su incidencia sobre el conjunto de la ciudad o el municipio.

Recuperar la idea de ciudad como un proyecto común de la ciudadanía. Fomentar la información, formación y participación de los ciudadanos y las ciudadanas es imprescindible para afrontar el cambio de modelo urbano y para fortalecer la vertebración y la cohesión social alrededor de los distintos proyectos a acometer.

Finalmente, en el campo de la economía local, se trata de conseguir una escala y nivel razonable de interrelación con el desarrollo local, considerando la adecuación de los equilibrios básicos entre la actividad económica y la sociedad local a nivel de actividad, sinergias y empleo. Es muy importante rentabilizar al máximo los recursos locales del conocimiento, para realizar nuevas iniciativas en la creación de actividades y empleo.

Igualmente, se trata de llevar a cabo iniciativas de minimización de impactos ambientales en los sectores-instalaciones de la economía local, estimulando por todos los medios la reducción de los efectos ambientales inducidos por las actividades económicas.

El futuro ya no pasa tanto por “hacer más cosas”, sino por “hacer cosas distintas e innovadoras” y, muy especialmente, por imaginarlas y desarrollarlas con la participación activa de la ciudadanía.

No nos podemos creer hoy en día que exista una conciencia ambiental suficiente para hacer frente a los problemas actuales


Hoy, somos conscientes de que nuestra misma supervivencia depende de la conservación o el buen tratamiento de lo natural


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