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Fenómeno para-nada-normal

ha llegado el momento de dar una vuelta a la economía colaborativa y ver qué podemos compartir

Por Xabier Iraola - Domingo, 5 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:13h

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en los tiempos que corren ya nada es lo que era ni lo que parecía y, corriendo el peligro de hablar como el abuelo cebolleta, creo reflejar el sentir de mucha gente de edad media que siente, sentimos, que el suelo se mueve bajo sus pies y que aquellas cosas que hasta ahora daban por asentadas y perpetuas se diluyen fruto de los continuos cambios que vivimos, acelerados aún más si cabe con la aplicación de las nuevas tecnologías.

Me explico, con tres ejemplos ilustrativos como son el de mi amigo Jesús, que está haciendo el Camino de Santiago por etapas, a trompicones, y cómo para volver al lugar de inicio de la etapa a recoger su vehículo particular no recurre ni al autobús ni al taxi sino a Blablacar, donde comparte coche con otros individuos a los que no conoce de nada;mi compañera de trabajo Ixiar recurre al servicio de intercambio de casas HomeforHome, donde planifica sus vacaciones intercambiando su casa con la de otros individuos que tampoco conoce de antemano;y, finalmente, mi amigo soriano Fernando, viejo compañero del colegio de los Padres Reparadores, que recurre a AirBnb para maximizar la ocupación de las habitaciones que le quedan libres en su piso de Madrid, donde reside habitualmente.

En los tres casos de lo que ahora se conoce como economía colaborativa, teniendo en cuenta lo que Wikipedia define como “un sistema económico en el que se comparten e intercambian bienes y servicios a través de plataformas digitales”, unos y otros recurren a la vía digital para optimizar el uso de sus bienes (casa, coche, vacaciones, etc.) y, de paso, logran, bien a través de un intercambio puro o a través de un pequeño pago, un servicio de una forma manifiestamente más económica que a través de las vías convencionales.

La verdad sea dicha, mi rigidez mental me impide adaptarme a los nuevos tiempos, a los nuevos hábitos y, como imagino que les ocurrirá a muchos de mis lectores, esta incapacidad mía me lleva a un rechazo inicial que, sí o sí, sé que debo ir superando o relajando si es que quiero ir aclimatándome a la nueva realidad que me rodea.

Personalmente, se me hace muy cuesta arriba aceptar que un individuo pueda alquilar una habitación de su casa así, tan alegremente, mientras los establecimientos convencionales tienen que cumplir farragosas reglamentaciones administrativas. Y les adelanto que los pelos se me ponen como escarpias solo con pensar que mientras los dueños de los agroturismos han invertido fuertemente en acondicionar sus caseríos ajustándolos a las estrictas normativas, lleguemos a ver cómo cualquier propietario de caserío pueda alquilar las habitaciones libres de su caserío a través de estas dichosas plataformas digitales. ¡Maldita la gracia!

Mientras escribo esto, mi perplejidad aumenta cuando mi amigo Davit me informa de que aterrizan en Euskadi unos jóvenes que promueven, a través de la colaboración y el intercambio de nodos, una red de telecomunicaciones en la que particulares, organizaciones, empresas y todo tipo de entidades participan promoviendo e invirtiendo en una infraestructura de comunes que les proporciona un acceso a las telecomunicaciones y a Internet de calidad y a un precio justo de una red, cuestión altamente, en mi opinión, interesante para el mundo rural, especialmente diseminado como es el vasco.

Y yo me pregunto, dado que vamos a intercambiar y compartir casa, coche, wifi, etc., ¿no será aplicable este mismo principio a toda esa maquinaria y herramienta que abunda en las explotaciones agropecuarias del mundo mundial para ser usadas solo unos pocos días al año?

Todavía me acuerdo cómo en uno de los recomendables viajes profesionales que organiza la Federación de Cooperativas Agrarias de Euskadi, más concretamente en el viaje a Finlandia, pudimos conocer un servicio de intermediación telefónico-digital, donde cientos de agricultores intercambiaban y optimizaban el rendimiento de su maquinaria ofreciendo en sus momentos ociosos o con menos carga de trabajo en la propia explotación, su maquinaria a otras explotaciones vecinas y ahora, visto lo visto, caigo en la cuenta de que los finlandeses, además de en educación, van por delante nuestro en otros muchos aspectos de la vida.

Las neuronas las tenemos duras y, por ello, quizás nos es harto difícil acomodarnos a los nuevos tiempos y a este fenómeno de la economía colaborativa, pero creo que ha llegado el momento de que le demos una vuelta al asunto, cansemos la cabeza y reflexionemos sobre aquellos bienes y servicios que podemos intercambiar-compartir, bien entre los propios productores, bien sea con los propios consumidores que adquieren nuestros productos.

La Comisión Europea acaba de pedir esta misma semana a los gobiernos nacionales que dejen de restringir la llamada economía colaborativa y acaba de publicar, a modo de recomendación, las primeras normas comunes para relanzarla, e incluso la comisaria de Mercado Interior, Elzbieta Bienkowska, ha llegado a afirmar que estas plataformas colaborativas “ofrecen posibilidades y no constituyen una amenaza”. Por lo tanto, finalizo subrayando la necesidad de que el sector agrario y la población rural en su conjunto estén atentas a este fenómeno “para-nada-normal”.


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