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Más de 30 años dando vida a los últimos años de los mayores

el centro asistencial nuestra señora de las mercedes, en gros, fue el primero en gipuzkoa en ayudar a mayores con deficiencias cognitivas

Un reportaje de Alicia Zulueta. Fotografía Gorka Estrada - Martes, 31 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

Este centro, gestionado por la Fundación Hurkoa, tiene capacidad para 62 usuarios de Gros y alrededores entre semana, y para 48 de gran parte del territorio los fines de semana.

Este centro, gestionado por la Fundación Hurkoa, tiene capacidad para 62 usuarios de Gros y alrededores entre semana, y para 48 de gran parte del territorio los fines de semana.

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Este centro, gestionado por la Fundación Hurkoa, tiene capacidad para 62 usuarios de Gros y alrededores entre semana, y para 48 de gran parte del territorio los fines de semana.

el centro de día donostiarra Nuestra Señora de las Mercedes cumplió ayer 30 años de andadura, desde que en los 80 la sociedad guipuzcoana empezaba a demandar recursos especializados para las personas con deterioro cognitivo. En aquella época, en la que solo existían centros asistenciales de día, a veces había problemas porque los ancianos mentalmente sanos no comprendían algunos comportamientos de aquellos que tenían problemas congitivos y podían mostrarse violentos o asociales.

De esta manera surgió en 1986 el primer centro para dependientes y grandes dependientes. Durante este recorrido, el centro, que entonces estaba dirigido por Caritas, ha evolucionado para dar respuesta a las necesidades de este colectivo. Arrancó con 32 usuarios que acudían de lunes a viernes y ejerció como modelo para los centros que surgieron posteriormente. En la actualidad, también se ha encontrado con nuevos retos y objetivos a los que enfrentarse, como el envejecimiento de la población, el aumento de demanda o las crecientes exigencias de la población.

“En aquellos años, las familias acudían porque estaban agotadas del cuidado. Necesitaban plaza en una residencia, pero mientras tanto probaban en el centro de día”, explicó ayer en el acto de celebración María Nieves Saiz, directora del centro. En cuatro años, Caritas cumplió el reto que se había marcado: impulsar el centro y retrasar el ingreso de las personas en residencias para que vivieran en su entorno. Entonces, en 1990, decidió ceder la gestión a la Fundación Hurkoa, que en 2002 fusionó el centro de día con la comunidad de las mercedes que habitaba en el edificio y lo reformó.

Ahora es una villa luminosa e independiente que da respuesta a 62 usuarios dependientes y grandes dependientes entre semana, y a 48 los fines de semana. En grupos pequeños se llevan a cabo programas de rehabilitación y promoción de la salud. También de estimulación, relaciones sociales, laborterapia o culturales. Además de una gran cartera de servicios como el transporte adaptado, enfermería, peluquería o podología y limpieza de la ropa. “El nivel de ocupación es del 99% y el de participación y satisfacción es muy alto”, apuntó Saiz.



Quién debe ingresar


A pesar de que la calidad de este centro lo convierta en referente, queda “mucho camino por recorrer” en Gipuzkoa y en la CAV. Mónica Higuera, coordinadora del centro Aspaldiko de Portugalete, defendió que ahora hay que plantearse “cómo no limitar a las personas mayores para que sigan teniendo una vida activa”. A lo que Olga Díaz de Durana, del Instituto Foral de Bienestar Social de Araba, contestó con una dificultad compartida en los tres territorios: la imposibilidad de las personas en sillas de ruedas de salir de casa por la falta de ascensores. “Aunque tengamos transporte adaptado, no les podemos trasladar al centro”, lamentó. “Es una realidad que se da sobre todo en los cascos viejos de las ciudades, donde vive la mayoría de las personas mayores”, puntualizó. De hecho, recientemente el Ayuntamiento de Donostia dio a conocer que 30.000 personas viven en comunidades sin ascensor.

Con el aumento de la demanda llega la “complicada tarea” de decidir quién debe acudir a estos centros y quién no. Uno de los criterios establecidos en el centro alavés es tener un entorno “que responda a las necesidades”. Aunque es fácil llegar a la situación en la que el usuario no participa activamente en el centro, y solo obtiene beneficios sanitarios y descanso para la familia. En Aspaldiko “el límite llega cuando el estado físico de la persona no permite su estancia durante 9 horas en una silla”. En estos casos, lo normal es “hablar con la familia” y que esta decida si “cuidarlo en casa o llevarlo a una residencia”.

En cuanto a las expectativas que los familiares ponen en este tipo de centros, Saiz confesó que “no son tan grandes”. Por lo general, solo quieren que el anciano esté “acompañado, a gusto y bien cuidado”. De hecho, las tres coincidieron en que muchas veces se sorprenden gratamente cuando se dan cuenta de que su familiar ingresado recupera alguna capacidad, como comer solo. “En la resocialización que se hace con ellos, muchas habilidades que estaban perdidas se vuelven a manifestar. Porque en casa no puedes estar todo el rato estimulando a una persona”, aportó Díaz de Durana.

La cada vez mayor esperanza de vida es otro de los retos a los que los centros deberán enfrentarse. Así, esperan que “los recursos crezcan” y también que las personas lleguen en mejores condiciones a la vejez.


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