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Tribuna abierta

Eskerrik asko Emmanuel Mounier

Por José Manuel Bujanda Arizmendi - Martes, 31 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

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Cristiano comprometido con lo social y abierto sin miedos a espacios de entendimiento con un socialismo con el que discrepaba pero que respetaba, no temía al diferente.

murió hace 66 años, en la primavera-verano de 1950, joven, con apenas 45 años. “Mi vocación trasciende a mi existencia, como lo eterno a lo temporal, sin embargo ligada por el misterio de la libertad ha sido formada por mí en colaboración con la intención divina;sufre retrocesos, desviaciones, avances rápidos según mi respuesta a los acontecimientos y a las manifestaciones de Dios. El último rasgo se lo daré con mi muerte”. Palabras de Emmanuel Mounier. Desde que Mounier cubrió con su muerte la última etapa de peregrinación terrena, su mensaje no se ha apagado, sino que se ha ido extendiendo progresivamente. Fue inspirador, guía, profeta y maestro. Su persona, vida, actos, ideas y escritos rezuman mensaje. Fue cristiano con auténtico carisma profético, vivió intensa y profundamente su momento histórico, lo auscultó atentamente en sus grandezas y miserias. La clave de su pensamiento es “la realidad personal”: la persona se comprende, por una parte, como misterio de interioridad y exterioridad y, por otra, como una paradoja donde lo individual y lo comunitario conforman su verdadero ser. Leyó los signos de su tiempo e intentó descubrir vital y lúcidamente el futuro.

Denunció la injusticia y el desorden, el mundo burgués y el desorden establecido. Puso en valor y rindió homenaje a la “verdad”, estuviera ella donde estuviera: “Ante toda verdad, el primer deber del cristiano es el homenaje”. Fue un pedagogo de la persona. Lo comprometió todo en su vida, renunció a un porvenir seguro, a una carrera brillante y aceptó una vida austera y pobre. Intentó acercar la Iglesia al mundo y el mundo a la Iglesia. Apostó por comprometerse con el mundo, a negar lo cotidiano y a su vez a salvarlo, apostó por la nueva persona y por no valorizar sino la interioridad abriéndose a la naturaleza y a conquistar así la vida universal en la interioridad. Pero, sobre todo, apostó a no considerar jamás algunas de estas situaciones apuntadas aparentemente como substancialmente contradictorias ni como definitivamente resolubles en una experiencia humana. Contradictorio como todos los seres humanos, no se amilanó ante la apuesta. Para él la educación de la persona es una tarea siempre inacabada. No siendo posible instalarse en el personalismo, lo encarnó en él, lo introdujo en la coyuntura y la perfeccionó. Su personalismo fue una pedagogía de la persona al completo, es la revolución personalista y comunitaria en un esfuerzo continuado para dar a cada persona la posibilidad de una vida personal que abarque vida material y personal, vida interior y de esparcimiento, vida artística y conversación poética con el mundo, diálogo con las otras personas y comunión con Dios. Basó su filosofía en la toma de conciencia de una civilización en crisis, crisis económica, social y moral: “El materialismo olvida la dimensión de interioridad y la trascendencia, pero el espiritualismo ignora la realidad de la condición humana y la necesidad de un nuevo paradigma económico necesario”. Habló sin tapujo alguno de cambios de paradigma en lo económico, en lo social y en lo moral. No le gustaba la placidez de la doctrina, aborrecía la comodidad hipócrita.

Mounier rechazó por igual fascismo y comunismo, pero no los situó exactamente en el mismo plano: “El universalismo marxista, sean cuales sean sus ardides y mentiras, tiene al menos en origen un valor distinto al particularismo y racismo fascistas”. Mounier fue una idea hecha perpetuamente acción. Pensamiento y acción fueron en él una constante causalidad recíproca. Perteneció a una manera de entender el cristianismo que prefiere la “exigencia” al “deber”. Su cristianismo era activo, consecuente, radical y comprometido, complicado, implicado, cómplice y enrevesado ante las dificultades. Quiso enfrentarse con la persona en función de las situaciones personalistas. No dejó de comprender que su verdadera vocación era la de educador de la persona, meollo de nuestra civilización: Montaigne, Descartes, Fenelon, Rousseau, Schopenhauer, Nietzsche, etc. Su experiencia central se unió a la de los más profundos educadores de la humanidad, su compromiso fue creador, encarnó entre las personas los valores que sin él no existirían. Su fuerza y creatividad provenían de la fuente de la vida y la creación: “No existe verdadero compromiso sin referencia a lo absoluto, la persona es persona sólo por su compromiso, pero es más que sus compromisos”.

La persona era todo. Para él “comprender” era salirse de sí mismo, situarse en el lugar del otro, suspender momentáneamente el propio pensamiento para reemplazarlo por el ajeno y “dialogar” era exponerse no sólo a los golpes del otro sino a la conmoción del pensamiento propio e incluso a la pérdida de uno mismo. Diálogo como afrontamiento, siempre apostó por él. Para Mounier, la persona lúcida era la que no buscaba imponer a otra una verdad hecha sino ponerse al servicio de otra verdad que era. Cristiano militante y comprometido, su pensamiento reflexivo era la síntesis de ideas enfrentadas: “seremos marxistas a nuestra manera reencontrando la universalidad de la encarnación y dándole nuestra presencia”, mantuvo con ellos un lenguaje contundente pero abierto y fraternal. Apostó por un diálogo abierto entre cristianos y marxistas. La liberación de los oprimidos, la democratización y su no miedo a los retos de la historia no fueron para él especulaciones académicas. Emmanuel Mounier era creyente, honesto y coherente, filósofo profundo y riguroso intelectual, cristiano radicalmente comprometido con lo social y abierto sin miedos a espacios de entendimiento con un socialismo con el que discrepaba pero que a la vez respetaba profundamente. No temía al diferente. Nunca lo hizo.

En abril de 1937, en plena Guerra Civil española, en la que los ejércitos nazis alemanes de Hitler y las tropas fascistas italianas de Mussolini campaban por sus respetos en el campo de batalla contra la libertad, la democracia y la legalidad vigente de la República con la bastarda complicidad y beneplácito del golpista sanguinario Francisco Franco en un escenario-prueba para futuras barbaridades militares nazi-fascistas, Emmanuel Mounier, escandalizado e incrédulo espectador por el obsceno alineamiento de la jerarquía de la iglesia española con el llamado alzamiento nacional, sobrecogido y espantado por el bombardeo nazi-alemán de la Legión Cóndor a las órdenes de su jefe en España Von Richthofen sobre Gernika y posteriormente Durango (que no iba a ser sino el anuncio de otros futuros bombardeos todavía más atroces en otras latitudes como así reconoció Goering);clamó profundamente atribulado y muy enérgicamente desde París ante semejante atrocidad bélica y humana contra una población civil indefensa que celebraba concentrada ante su feria particular de ganado y de productos hortícolas: “Gernika ha sido arrasada hoy sin razones de guerra, con el más extremo salvajismo. Hombres, mujeres y niños, sacerdotes, una masa católica ha sido ametrallada por aviones católicos al servicio del catolicismo”. Y lo hizo junto con otros cristianos militantes y comprometidos como Jacques Maritain -“Puede que llegue algún día en que se reconozca que ese pobre pueblo vasco sufría y moría por nosotros. Dios quiera que entonces no encontremos sus muertos en el mismo lugar en que haya que enterrar a los nuestros”- y Francois Mauriac -“la guerra no se hace santa sino que corre el riesgo de hacer blasfemo lo que es santo”- u otros abrumados por el trágico drama que estaban viviendo y sufriendo los vascos, aunque estas y otras protestas no tuvieron ninguna influencia en el desarrollo de los acontecimientos militares.

Mounier nunca llegó a comprender cómo la Iglesia oficial, la jerarquía eclesial española, se decantó por el golpismo traicionero, máxime cuando los dirigentes políticos de los vascos, de los nacionalistas vascos, fundamentalmente del PNV bajo el liderazgo del lehendakari Aguirre, profesaban mayoritariamente sus mismas creencias. Cuestión notoria en las cancillerías europeas y en el mismo Vaticano. Eskerrik asko Emmanuel, aunque sea casi 80 años después.

No le gustaba la placidez de la doctrina, aborrecía la comodidad hipócrita, y rechazó por igual fascismo y comunismo, pero no los situó exactamente en el mismo plano


Para él “comprender” era salirse de sí mismo, situarse en el lugar del otro, suspender momentáneamente el propio pensamiento para reemplazarlo por el ajeno


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