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Helena Taberna Cineasta

“El cineasta debe insistir en que todos podemos ser más felices”

Gabriel recibe la noticia del suicidio colectivo de una secta en Canarias. Su hermana, a la que no ha visto en años, era una de las adeptas

Julio Flor Iban Aguinaga - Martes, 31 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Helena Taberna, cineasta.

Helena Taberna, cineasta.

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Helena Taberna, cineasta.

donostia- Gabriel viaja a la isla, donde las certezas que tiene sobre su vida empiezan a resquebrajarse. Es la sinopsis de Acantilado, la última película de Helena Taberna, que se estrena el próximo viernes y en la que participan, entre otros, los actores vascos Josean Bengoetxea, Jon Kortajarena, Itsaso Arana y Xabier Elorriaga.

¿Se enfada conmigo si le digo que ésta es su mejor película?

-Me gustaría que así fuese. Voy entendiendo la vida como un aprendizaje. En mi caso, tanto mi vida personal como profesional van en paralelo, siempre con la sensación de que el cine me ha construido como ser humano. Ahora ayudo a construir a la vez que me construyo. Por eso hay mucho de mí en Acantilado.

Los silencios tienen un papel en ‘Acantilado’.

-“Debes escuchar el silencio”, es una de las frases de la película, y el título original de la novela de Lucía Etxebarría, en el que está inspirada, se llama El contenido del silencio. Las interpretaciones, la elección de los paisajes Y el tratamiento de la banda sonora está revestido de silencio.

¿Cómo aprender a escuchar el silencio?

-Tienes que querer escucharlo, para empezar. No deja de ser un experimento de participación. Al escuchar el silencio te escuchas a ti. Esta es una película de lenta digestión, porque el día que la ves te viene una reflexión. Y al día siguiente te asaltan otras reflexiones.

¿Dónde estuvo el chispazo para hacer esta película?

-Cuando leí la novela de Lucía Etxebarría me dije: “Demonios, el mundo de las sectas: qué interesante transfondo”. Creo que nos tranquiliza mucho socialmente señalar a algo como la bicha, tirar todo dentro y quedarnos tan anchos. Cuando hurgé más en ese tema, me invitaron al Festival de Cine de Las Palmas, en Canarias, y en su Comisaría de Policía me enteré que tienen un Departamento de Sectas, lo que me ha permitido crear a una inspectora de Policía que en la película encarna Goya Toledo.

“La poesía en genérico es lo único que nos salva

con su capacidad de unirnos, de concitarnos para ir mejorando las cosas”

¿Qué parte del espíritu de las sectas hay en nosotros?

-Allí donde el miedo habita, ése es el territorio de la secta, ahí entra la secta a jugar. Eso lo saben muy bien los poderes instituidos.

¿Está el espíritu de la secta en una pareja donde uno golpea o maltrata al otro?

-Por supuesto.

¿En una Europa que cierra puertas a los refugiados que huyen de la guerra?

-Así es, porque se elige quién forma parte de la sociedad y quién se queda fuera.

¿En un Estado que salva a la Banca y no ampara a los ciudadanos más vulnerables?

-Lo hay, porque existe un grupo de personas protegidas que están robando y se están mutuamente protegiendo. La secta son ellos y actúan como tales. Me encanta que la película te lleve a esas preguntas, porque lo otro es muy tranquilizador. A mí no me dan tanto miedo las sectas rituales como “las sectas” que tenemos aquí al lado, las que desprecian con sectarismo a los demás.

En el trasfondo de sus películas está la dificultad de compaginar la libertad individual con la pertenencia al grupo.

-Es la falta de libertad la que genera el desasosiego. Cuando ves a seres humanos que aparentemente lo tienen todo, con su vida ordenada, como el fiscal de la película, con su aparente felicidad. Todos tienen esa falta de denominador común, el miedo a vivirse de verdad. El “acantilado” es el torbellino emocional ante el que uno se atreve o no se atreve a entrar.

“Mi vida personal y profesional van en paralelo, siempre con la sensación de que el cine me ha construido como ser humano”

Ha hecho esta película con “total y absoluta libertad”. ¡Qué privilegio!

-Ha sido siempre así en mi caso. Con Yoyes, con La Buena Nueva, con Nagore. Yo no pertenezco a grandes productoras que pueden financiar una película. Así que hago la película que quiero y como quiero. Por eso tardo tanto en presentar nuevas películas. Ya me gustaría hacer como Woody Allen, una película por año. La libertad tiene un precio, el personal y el profesional. Yo hago el cine que quiero y como quiero, y llego al público, concitando el hecho cinematográfico y el social.

Se basa en una novela sabiendo que literatura y cine son lenguajes distintos.

-Tenía muy claro que la adaptación de la novela sería sólo cosa mía. Cuando estuve con Lucía Etxebarría le dije que yo haría mi película. Que me interesaba mucho la novela, pero sin servidumbres, lo que sería malo para mi película y malo para su libro. Llegamos a un pacto, ella cedía los derechos de la novela y yo tenía la libertad de creación, cambiando incluso el título, como así he hecho. Fue una buena decisión.

¿En qué se tocan la novela de Lucía Etxebarria y la película de Helena Taberna?

-Los tres personajes principales los he mantenido. Pero la trama policial es mía, y la creación del personaje de la inspectora de policía también. Es la dosis de espectáculo que debe ofrecer el cine.

¿Es su película un canto a la vida a pesar de que comienza con un suicidio colectivo?

-Hay una puerta a la esperanza. El ser humano, el cineasta tiene que ser tozudo con sus ideas, con la vida, persistiendo con sus sueños, pensando que podemos ser más felices y que la sociedad puede ser mejor si nos quitamos sacos de estorbo de encima.

¿Qué buscan sus personajes de una manera desesperada, a veces inconscientemente?

Lo que buscamos todos. Buscan amor. La necesidad de afecto es lo que determina la vida.

¿Qué nos salva del precipicio? Se lo pregunto por ese número tan alto…

... de suicidios. Lo sé. Apenas se habla de ello porque es un tabú. Y lo que nos salva de los precipicios es el atrevernos a acercanos a ellos. A mirar lo que se ve desde allá. Y el cine, la literatura, el arte nos ayuda. La poesía en genérico es lo único que nos salva con su capacidad de unirnos, de concitarnos para ir mejorando las cosas.

¿Ha padecido usted algunos “acantilados”?

-Sí. Recientemente. Claro. Uno quiere escaparse, pero hay que afrontarlos. Es bueno quedarse ahí y ahondar la perspectiva.

¿Le habrá ayudado a salir de ahí la aventura de amor al cine?

-Es lo que nos salva. El campo de la creatividad es más amplio de lo que dejamos que se abra. Es cuestión de abrir puertas y de empecinarnos en cambiar el discurso de lo que nos dicen que tenemos que hacer. Yo misma, por ejemplo, si hubiese seguido el camino que estaba previsto en mi vida, no estaría aquí haciendo cine, cuando resulta que es el cine lo que me salva.


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