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Paranoia constructiva

Por Javier Otazu Ojer - Lunes, 30 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 10:56h

Todos los días, a primera hora de la mañana, realizo el acto más peligroso del día para mantener mi integridad física: entro en la ducha. Cuando salgo de la misma, ya estoy más tranquilo. Un día por delante, una importante dotación de tiempo que intentaré, como siempre, no desaprovechar. Como seres humanos, a lo largo del día realizamos diferentes actividades. Unas tienen más riesgo que otras: no es lo mismo estar conduciendo el coche que tomar un café relajante disfrutando de una buena conversación. No obstante, subestimamos los peligros de las actividades que tienen un bajo riesgo y que repetimos constantemente.

Jared Diamond, catedrático de geografía de la Universidad de California, nos alerta en sus dos últimos libros (El mundo hasta ayer y Sociedades comparadas) de este tipo de riesgos y está muy preocupado acerca de cómo los afronta nuestra sociedad. Se trata de evitar actividades que cumplen la siguiente característica: “Comportan un riesgo pequeño cada vez que las hacemos pero con el paso del tiempo, si las repetimos con la frecuencia suficiente, el riesgo acumulado puede llegar a ser mortal”. Diamond comprendió esta idea estudiando la actitud de los pueblos tradicionales en Nueva Guinea. Estas personas no se atreven a dormir debajo de grandes árboles ya que existe un pequeño riesgo: los árboles pueden caerse. La probabilidad es muy baja, aproximadamente un uno por mil, pero si dormimos debajo de uno de estos árboles durante tres años seguidos, estadísticamente es muy difícil que podamos contarlo.

La actitud para afrontar estos riesgos es lo que Diamond denomina la “paranoia constructiva”. Es decir, cuidar al máximo los detalles de todas las actividades de nuestra vida que tengan un mínimo peligro.

Muy relacionada con la paranoia constructiva se encuentran los accidentes domésticos. No son noticia ya que se dan a menudo. Sin embargo, son necesarias campañas para abordar los inmensos costes que tienen para nuestra sociedad. Por desgracia, existen casos de personas fallecidas debido a las secuelas que ha dejado una caída en su domicilio familiar. Son casos extremos, pero nos deben alertar para poder realizar todas las actividades de “paranoia constructiva” que pueden minorar estos riesgos. Hay muchas posibilidades: cambiar la bañera por la ducha o instalar materiales que eviten resbalones, no tomar estúpidos riesgos con electrodomésticos, tener cuidado con las reparaciones que supongan subir a sillas o mesas (no se trata de no hacerlas, es cuestión de ser consciente del riesgo), si nos gusta el campo tener en cuenta que subir a un árbol tiene bastante peligro o si nos gusta el deporte no forzar el cuerpo más de sus límites. La lista es interminable.

Además, toda esta historia nos enseña cómo funcionan nuestras preocupaciones. Y es aquí donde se debe interpretar una distinción fundamental: la que viene dada por el riesgo y el control.

Nos preocupan el terrorismo, los accidentes de aviones, las centrales nucleares, la manipulación genética o la posible llegada de refugiados a nuestras tierras. ¿Qué tienen en común? No tenemos ningún control sobre ellas. Sin embargo, no nos preocupa tanto como debería el elevado consumo de alcohol, conducir nuestro coche, una escalera de mano o salir de la ducha. ¿Qué tienen en común estas actividades? La sensación de control que tenemos sobre las mismas. Es más, pensemos en personas que han tenido accidentes con avionetas, espeleólogos experimentados que se han perdido en simas o aventureros que han fallecido realizando sus aficiones. De nuevo, ¿qué tienen en común? Muy sencillo: son expertos. Curiosamente, llegados a cierto nivel, eso comporta un riesgo. Al tener la sensación de control, pensamos que “por un poco más” no pasa nada. Es una sensación humana.

Para comprender la magnitud de estos efectos, pensemos en los atentados del 11-S en Estados Unidos. Ante el temor que existía a volar, muchas personas tomaron la prudente decisión de utilizar su coche. Las personas que fallecieron en los accidentes de tráfico generados por estos desplazamientos adicionales fueron superiores a las que murieron en los propios atentados.

Relacionados con los pequeños riesgos cotidianos están los hábitos que nos llevan a tener una mejor o peor salud. La gran distancia temporal existente entre la causa (exceso de consumo de sal y azúcar, por ejemplo) y el efecto (ataques cardiacos, ictus o diabetes) hacen que hoy no tomemos las medidas más adecuadas poder disfrutar de una mayor calidad de vida futura.

No usar mecanismos de paranoia constructiva genera costes enormes: la persona dañada no puede trabajar o la calidad de su vida se resiente, otras personas deben cuidarlas, están los costes sanitarios, incluso pueden quedar secuelas de por vida.

Sí. Un poco de paranoia constructiva es conveniente y saludable. Para nosotros y para nuestra sociedad.


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