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Y tiro porque me toca

La dictadura sensata

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 29 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 07:43h

"Las dictaduras no tienen libertad, pero tienen cierta paz y orden", leo que ha dicho el inefable Rivera al regreso de su viaje triunfal a Venezuela. Frase que, días después, es agua pasada porque en este país todo es enseguida agua pasada. Ese es el gran alivio de los maleantes, el olvido, la sucesión de despropósitos y canalladas que se tapan unas a otras, y la réplica de que, cites lo que cites, está fuera de contexto: no hay bellaquería que no lo esté.
Con todo, en esa frase hay algo que me llama la atención: el "cierta paz". Es muy reveladora, a mi juicio. Se traiciona a sí mismo Rivera y a lo que de verdad piensa de las dictaduras y en concreto de la española que no ha condenado con firmeza y de frente. Una vez más no hay motivo alguno para rasgarse las vestiduras porque lo dicho por Rivera está ampliamente compartido en este país entre sus votantes y entre quienes no lo son. Esa valoración de la dictadura y del franquismo hunde sus raíces en un pasado que cada día que pasa está menos remoto, nos viene royendo los zancajos y nos da alcance triscada tras triscada, como perro rabioso de pesadilla.
¿Dictadura sensata? ¿Pero de qué demonios hablan? Claro que de quien no se ha opuesto ni al estado policial ni a la ley Mordaza, no se puede esperar otra cosa. Rivera representa al país antipático, hostil, cruel, el de los vencedores y los vencidos, el de la convivencia maltrecha sin remedio.
Rivera demuestra que le importa un comino el pasado reciente de este país, ese que está todavía aquí, durmiendo en fosas comunes, en juicios militares canallescos que no han sido anulados, en páginas no escritas, en defensas expresas del fascismo, en negativas a condenarlo. Una más por tanto, un rasgo más del autorretrato que día a día traza este personaje.
Pero tal vez lo más repugnante, lo que mejor le retrata, sean sus lágrimas venezolanas, un montaje de mala traza y un engañabobos de mala comedia sin otro objetivo que la caza de votos. Si Rivera quería llorar no tenía que haber ido tan lejos porque aquí mismo le sobran motivos para aliviar sus lagrimales: las colas del hambre y los refugios de los sin techo que no hayan sido corridos a golpes antes de su llegada al escenario, el interior de los CIES, las cárceles... A Rivera le bastaba con haber ido a donde las ciudades pierden su nombre (Francisco Candel) para encontrar motivos de llanto y si quiere internacionalizarse en busca de votos fáciles, con acercarse a Idomeni le basta, pero no, necesitaba el facilón escenario de Venezuela que es donde se está desarrollando la nueva campaña electoral española, caracterizada por un juego sucio redoblado y una tartufería fuera de todo límite. Un cínico. Una impudicia la suya y una falta de respeto a unos ciudadanos ya tan abusados, tan burlados que una burla más cae en saco roto. No reaccionamos. No reaccionamos ante las noticias de las canalladas y la baja estofa de una campaña electoral que empieza con berridos de gallera. ¿A quién pretendía engañar Rivera con sus lágrimas? Pues a los muy engañados, porque a los demás, los que se arraciman de manera sorprendente a su sombra, me temo que les da igual, con tal de que consiga una parcela de poder. ¿Y de la financiación ilegal, qué? Pues nada, qué va a haber. Hasta que hablen los tribunales, nada, es decir, nunca, jamás, amén... o tarde, que es peor, cuando del barco no queden ni las ratas y la historia sea otra. A nadie puede extrañarle ya que alguien capaz de esas cucamonas fraudulentas aspire a ser presidente de gobierno de un país europeo (porque esto después de lo de Idomeni no significa nada) o líder de una renovación nacional lírico-visionaria, y sobre todo trapacera, de un país en descomposición y derrota. Y es que lo más asombroso de este personaje es que, por muchas canalladas que haga o diga, tiene votantes, nutridos, de renombre, agazapados detrás de sus zascandileos... lo mismo que Rajoy con sus mayúsculas estupideces, igual.


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