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Giro de Italia

Nibali desangra a Kruijswijk

El siciliano, imponente, vence en Risoul después de que el líder se cayera en el Agnello y su retraso coloca a Chaves la maglia rosa a falta de un etapón alpino y el trío apretado en apenas un minuto

César Ortuzar - Sábado, 28 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Kruijswijk, desencajado tras la caída que padeció en el Agnello y que lanzó a Nibali. Fotos: N.G.

Kruijswijk, desencajado tras la caída que padeció en el Agnello y que lanzó a Nibali. Fotos: N.G.

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Kruijswijk, desencajado tras la caída que padeció en el Agnello y que lanzó a Nibali. Fotos: N.G.

donostia- Nibali, insular, de Sicilia, un isla tumbada al sol que contrató durante años a un barrendero para que limpiara con un escobón la nieve de la carretera -cosas de Italia y los manejos de la mafia- encontró el fuego del Giro en una nevera, en el costillar del Agnello. Volcánico Nibali, en erupción como el Etna, la montaña que escupe lava en Sicilia, prendió la carrera, una pira, cuando Kruijswijk se estrelló contra la nieve primavera de la Cima Coppi. El holandés, que había gestionado la colosal subida con el crédito intacto, -el más fuerte por una terraza de 2.744 metros que pisó junto a Nibali y Chaves-, estampó su Giro en la bajada, el inicio de la rebelión de Nibali, resucitado en Risoul, donde un fantástico Mikel Nieve fue segundo. Emocionado, las lágrimas caían en cascada por el rostro de Nibali, que no sabía si había dejado de ser el campeón de siempre en un día en el que el Giro dio varias vueltas de campana entre el Agnello y Risoul. Chaves es el nuevo líder. Nibali le mira a 44 segundos y Kruijswijk aguarda a 1:12 a falta de un día de cordillera alpina. Thriller a pedales. En un chasquido fue invierno para Kruijswijk, de lleno en el día negro del que habló Nibali, jornadas atrás. Allí arriba, donde Coppi y su memoria conviven con la majestuosidad del Giro, al holandés le tiró la ceguera.

“En la cima, estaba al límite”. El sobreesfuerzo le mandó a la cuneta, la bicicleta volando como su Giro. Kruijswijk, sin gafas, los ojos abiertos por el miedo, directo a la pesadumbre, al cuarto oscuro, al agujero de las desgracias y los arcanos. Se levantó en un acto reflejo, pero la bici, alterada por el impacto, le impidió el rearme. En esos segundos, eternos, -doliente el holandés, tocado el codo, las costillas y la rodilla, congelado el ánimo, contrariado-, Nibali y Chaves no giraron el cuello. Se subieron al corcel del Giro y cabalgaron libres, lejos de los galones de Kruijswijk, un ciclista sensacional hasta que la Bianchi, -la marca italiana patrocinó a Coppi- le descabalgó. Lo que no habían logrado la piernas del italiano y el colombiano, trémulas frente al pelirrojo holandés en el temible Agnello, se lo otorgó un derrape. Un guiño de Coppi, tal vez. Así se escriben los renglones del ciclismo. Giró el Giro tanto en ese descenso que hasta a Zakarin, el tártaro, se le quebró la clavícula en una espeluznante caída -“voló 20 o 30 metros”, dijo su director- que le dejó en posición fetal. Desvalido. El drama en un trozo de campa junto a un desagüe de la montaña. Ilnur, tirado en una cuneta como en una página de sucesos. Zakarin, que tuvo que abandonar, bajaba en el mismo teleférico que Valverde, que no pudo con la tracción de Chaves, Nibali y Kruijswijk. Altísimo, frío y con la niebla agitando la sábana, el Agnello le recordó el mal de altura a Valverde, que caminaba a cámara lenta.

caída y despegueEl acelerante fue la zozobra de Kruijswijk en el mar del esfuerzo del Agnello, su ángel exterminador. Su caída produjo una locura maravillosa, el ciclismo que se memoriza, que alcanza cada recoveco del alma y habla durante décadas de campeones y vencidos. Gloria y miseria compartiendo colchón. No entiende de justicia poética el ciclismo. Castigó sin misericordia a Kruijswijk, que tiene cara de buen chico. Nibali posee rostro de pillo y ambición pirata. Se arrancó con el orgullo cada grapa del misterio que le perseguía en el Giro. Se desprendió de su cuerpo amortajado, del diván de las dudas y capitaneó el grupo salvaje. Nibali podría ser un personaje de Sam Peckinpah. Un tipo dispuesto a cumplir una misión. La suya es el Giro, la carrera que le refleja.

Con Chaves en el bolsillo, construyó un relato solemne en Risoul, la montaña que festejaba a los colombianos Chaves quería mostrar su bandera. La de Kruijswijk, rosa, palidecía. Aislado, sin equipo, engullido en el Agnello, sobrevivió como pudo hasta Risoul persiguiendo al loco Nibali, a su descenso de negrológicas. La derrota de Kruijswijk tuvo la poesía de los descamisados, de los desheredados, esa dignidad conmovedora de quienes luchan contra un destino escrito. Héroe trágico en Risoul, se desprendía de la maglia, desnudo por el sufrimiento, sin ningún parapeto más que la melodía de los músicos del Titanic. Se hundía su sueño y emergía el de Nibali, un ciclista del tamaño de la Cima Coppi. En Risoul, una montaña más pequeña, el siciliano amplió su catálogo.

Observó el caminar jadeante de Chaves y le hincó el diente. Tiburón. Depredador, al fin escuchando el tic-tac de sus piernas, Nibali subió los peldaños de la cumbre con la mirada depredadora. Esteban Chaves, que se soldó al siciliano en el descenso del Agnello, le faltó estañó en la subida. La sonrisa de Chaves era una mueca, el gesto adusto. Como el de Valverde, que caminaba entre quienes rastreaban la gloria, y quien era un penitente. Kruijswijk, un costalero. La cruz a cuestas en Risoul, el holandés luchaba contra su cuerpo y se peleaba con su ánimo, incrustado en el hielo de la Cima Coppi, il Campeonissimo. Con el tejido de Fausto está cubierto Nibali, con esa grandeza que aplaude a los campeones, esa soledad eterna, que jamás cicatriza, pero que desangra a los caídos.

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