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En la piel de Coppi

Kruijswijk se desliza hacia el tremendo díptico de los colosos de los Alpes, cumbres que rascan los 3.000 metros y donde aguarda el desenlace del Giro, una carrera en la que Valverde todavía quiere guerrear: “Puede pasar de todo”

César Ortuzar - Viernes, 27 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Kruijswijk ató en corto a Valverde en el repecho adoquinado de Pinerolo, donde Trentin obtuvo el triunfo de etapa.

Kruijswijk ató en corto a Valverde en el repecho adoquinado de Pinerolo, donde Trentin obtuvo el triunfo de etapa. (Foto: Efe)

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Kruijswijk ató en corto a Valverde en el repecho adoquinado de Pinerolo, donde Trentin obtuvo el triunfo de etapa.

Tan grande es la figura de Fausto Coppi, il Campeonissimo, que incluso el Giro se postró de rodillas ante su mito. A la montaña más alta de cada añada, el Giro le pone su nombre: Cima Coppi. El peso de la historia. Frente a Fausto se arrodillaba la Italia de posguerra a su paso. Famélico, perfil de hilo, apenas un tira de piel y hueso, Coppi fue un dios. Al italiano le anunció un mesías ciego, Biagio Cavanna, un masajista, curandero y chamán capaz de radiografiar el potencial de un ciclista de solo palparle en su camilla. Cavanna anunció que Fausto sería un grande. Se equivocó. Coppi fue un gigante. Un ciclista que enraizó en la memoria colectiva de un país que cuelga el ciclismo en un altar.

En cada conversación, en cada recuerdo, aparece Coppi, un ser superior a pesar de su figura torcida, un amasijo, cuando se bajaba de la bicleta y sus ojos saltones miraban al pueblo. Entonces era un hombre, no una deidad. Italia, religiosa, venera a los dioses y Coppi lo fue más que ningún otro. La leyenda del Campeonissimo perdura, cada vez más grande. Su nombre, siempre su nombre. La Cima Coppi, el Coll dell Agnello, abre en canal el aliento final del Giro, al que le quedan dos fotogramas trepidantes por los Alpes, la última frontera.

Kruijswijk, un trapecio, anchos los hombros, mínima la cintura, se engarza al manillar y sube sentado, con el diapasón macerándole el ritmo. El holandés es elegante, aunque nunca será Coppi. La memoria del Campeonissimo, su huella profundísima, le medirá en el Agnello, un mastodonte, una montaña que encierra una cordillera. Una vertical de 2.744 metros. Un castillo sin oxígeno, el aire comprimido, un infierno para el organismo. La ascensión al Agnello encajona 21,3 kilómetros con un desnivel de 1.452 metros y una pendiente del 6,8% y rampas que hierven al 15%.

“Mañana (por hoy) puede pasar de todo y al día siguiente también, son dos días muy duros. Es una etapa clave, vamos a intentar estar lo más delante posible, intentar no perder nada y si podemos arañar algo, mucho mejor”, vaticina Alejandro Valverde, dispuesto a la batalla, a comprobar el material del que está compuesto el líder. Kruijswijk, que en Pinerolo se manejó con calma, sobriedad y seguridad, cree que el Agnello y el posterior enlace con Risoul, la cumbre de primera que cierra la etapa, es un paisaje ideal para su ciclismo sostenido. “La etapa se adapta a mis características. Me gustan las subidas largas”.

La subida al Agnello es una travesía hacia el cielo. La larga marcha. Una veintena de kilómetros. A la Cima Coppi se llega desde el campo base de Casteldelfino, que pone el puerto tieso, por encima del 7% de desnivel. El Agnello dejará que sus inquilinos tomen aire antes de que asomen los tramos pétreos de Chianale. A 10 kilómetros, la tortura aprieta la manivela. Una media del 10% y puntos del 15% morderán a los corredores. En ese territorio, un calvario, se mecerá el Giro antes de hacer cumbre, donde un mojón señala la frontera entre Italia y Francia. El Giro y el Tour juntos. Coppi también los tuvo. Cinco Giros y dos Tours fueron suyos.

Si Kruijswijk quiere su primer Giro, deberá vencer el Agnello y después someter al Risoul, un puerto más liviano, con poco uso en el ciclismo. La montaña acoge una estación de esquí a la que se accede a través de 12,8 kilómetros, con un desnivel de 887 metros, una pendiente media de 6,9%, con rampas que alcanzan el 10% y varías horquillas, el diseño clásico de los puertos de los Alpes.

el deseo de stevenPor esas revueltas se imagina alado Kruijswijk, el holandés que no se agita. “Quizá pueda intentar hacer algo. Después de ser segundo tres veces, me gustaría también ganar una etapa”, dice el líder de la carrera. “Kruijswijk ha vuelto a demostrar que está muy fuerte. Creo que sí tiene equipo, que no está tan solo”, radiografía Valverde, que piensa que la carrera no está candada, que todavía es posible la rebelión en los Alpes. “No creo que el Giro esté cerrado, para nada, en las próximas dos jornadas puede pasar cualquier cosa. He tenido bastantes buenas sensaciones y ojalá mañana (por hoy) tenga las mismas”, presiona el español. No se altera el holandés, que en Pinerolo le ató en corto. En Kruijswijk cohabita lo urgente y lo importante. Su prioridad, empero, es lo eterno, no la efimera gloria de una etapa.

“Lo primero es defender la maglia rosa”, enmarca con seguridad. Chaves, segundo y agazapado;Valverde, guerrillero el ilusionado, -ambos por encima de los tres minutos-, y Nibali, indomable, aunque suma cerca de los cinco minutos de retraso, intentarán desfigurar al holandés, a un puñado de montañas de coronarse en Turín. “Kruijswijk no es joven joven, pero va bien. Es el más fuerte de este Giro”, consideró Eddy Merckx. “Estoy cada vez más cerca de ganar el Giro”, destaca Kruijswijk, que piensa en rosa. El color del Giro, la piel de Coppi.


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