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Desde la Avenida de Tolosa

Los juncos también se quiebran

Por Adolfo Roldán - Miércoles, 25 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:10h

Mi amiga es como un junco, delgado, flexible, irrompible. No puede con ella ni el viento, ni la lluvia, ni la nieve. Lleva una vida de asceta, se acuesta pronto y se despierta antes de que el gallo cacaree por primera vez. Está curtida en cien carreras y nadie la había visto abandonar jamás. Ayer la encontré en la Universidad de Deusto, donde imparte clases de comunicación publicitaria. Su sonrisa iba por delante, abierta y contagiosa. Algunos aseguran, y posiblemente exageran, que sonríe incluso en plena maratón, cuando el alma y las piernas de cualquier mortal se niegan a continuar. El domingo participó en una de las ediciones más duras e ingratas de la Zegama-Aizkorri. La lluvia pertinaz, a veces intensa, el barro, el viento y sobre todo el intenso frío transformaron la maratón alpina en una pesadilla, obligando a varios favoritos a retirarse, como la ganadora de la pasada edición, Azahara García, o Rémi Bonnet. Mi amiga notó que la sangre se convertía en hielo, que la cabeza perdía lucidez, que manos y piernas adquirían un peligroso tono morado. Entonces apareció como un milagro de la Andra Mari la borda de las campas de Urbia, en medio de un extenso pastizal. Allí había dos ángeles, la madre y posiblemente su hijo, dos arcángeles acostumbrados a repartir piedad entre los osados maratonianos. Le hicieron entrar, le despojaron de la ropa empapada, poniéndola a secar, le dieron una taza de caldo y le frotaron las manos para hacerle entrar en calor. A mi amiga le costó reaccionar, el frío se había instalado en sus huesos y se negaba a salir. “No llevo dinero para pagaros”, les decía a sus dos ángeles guardianes. Urbia es una borda de pastores, de personas que dan todo sin pedir nada a cambio. Mi amiga volvió a la carrera, pero varios kilómetros después ya no pudo seguir. Por primera vez en su vida de deportista, la cabeza y las piernas se negaban a obedecer. “Pensé en mis dos hijos que me esperaban en casa”, me dijo, y abandoné. Mi amiga, ese junco irrompible, esta vez se quebró, pero no dejó de sonreír.


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