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Tras las huellas de papeles perdidos

Por Arantzazu Ametzaga Iribarren - Lunes, 23 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:10h

Recientemente se informó de que una mujer devolvió un libro a la biblioteca de Epsom, prestado en 1948, cuyo título es Mitos y leyendas de Maoriland, región de Nueva Zelanda que significa tierra de la gran nube blanca. Ese país del extremo del mundo posee alto nivel de vida -está libre de corrupción-, gran desarrollo democrático y de los Derechos Humanos, pese a padecer una historia de guerras y conquistas. Desde 1909 es miembro del Reino Unido. Habitantes de las islas estuvieron en las guerras mundiales europeas defendiendo la libertad contra el nazismo.

La biblioteca ha recibido el libro con esa severidad que se impone ante la extracción de un bien público, condonando sin embargo la multa pertinente a la usuaria que excusó los 24.000 días de retraso en la devolución aclarando que era una niña cuando se lo llevó camino del mundo, y lo regresa siendo una anciana al lar familiar y a la biblioteca local. Los bibliotecarios/as valoraron, a más, la buena conservación del volumen, del que hay otras copias que no circulan en el servicio de préstamo. Asumo que es un libro raro.

Tras la benevolencia de los bibliotecarios/as se esconde la oculta advertencia de que, a veces, más vale un libro no devuelto, o mejor devuelto tardíamente, que un libro sin lector pero bien instalado en su sitio, porque saben que el mensaje que trasmite cada volumen debe ser ventilado mas allá de los anaqueles, rompiendo el celoso mantenimiento de las colecciones íntegras. Saben los profesionales del libro que ninguno es tan malo que no pueda dar en alguna de sus páginas un buen mensaje. O un mensaje oportuno.

Y tanto en las redes sociales como en este periódico se hace público el hallazgo de una caja que contiene 50 cartas escritas en euskara labortano, de hace 300 años, depositadas en el Archivo del High Court Admiralty de Londres, donde investigaban Xabier Lamikiz y Manuel Padilla. Esos impactantes encontronazos bibliográficos ocurren, pese al orden en general más o menos impecable de archivos y bibliotecas, y atisbo el primer momento de semejante descubrimiento por parte de los investigadores. Ese asombro exultante por gozar de tan exclusivo regalo del pasado…, el conteo febril de las cartas embutidas en la caja y cerradas con cintas, el abrir respetuoso de los papales 300 años sellados…, ese poder encontrar en clave vasca documentación de nuestros antepasados en aquella Europa en guerra, y ellos en su afán de pesca de la ballena y del bacalao dorado en Terranova que sentían suya.

Las leyendas hablaban de que habían descubierto Terranova dos centurias antes de que Colón lo hiciera con América. Pero tras el Tratado de Utrecht entre España e Inglaterra, 1713, y aunque en tal documento se respeta su derecho a pescar en aguas que reconocen ambos reyes fueron suyas de antaño, los vascos vieron reducidas sus expectativas. De aquella tremenda recesión económica, sufrida especialmente por Gipuzkoa con sus hombres y barcos amarrados en puerto, nació la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas que dirigió hombres y barcos al trópico, a la comercialización del dulce cacao y la perfumada caña de azúcar, con un espectacular resultado económico que alcanza a Nabarra.

Las cartas enviadas por familiares de Baiona a los pescadores de Terranova iban a bordo de La Dauphine capturada por barcos ingleses -se sufría la Guerra de los Siete Años-, a los tres días de salir de puerto. La caja de correspondencia sobrevivió al abordaje y al expolio y sería enviada al archivo de la institución. Como nadie entendió su contenido ni le interesó su destino, quedó perdida en el anaquel.

Aventuro que hablan de amores. De mujeres jóvenes sometidas a la separación forzosa, de esposas contando detalles domésticos y evolución de los hijos… y, también, como en todo lo humano, de esperanza de que el arduo trabajo pesquero en Terranova fuera bien recompensado para aliviar la penuria que padecían.

Safo, la poetisa de Delfos, dijo que si la muerte fuera un bien, los dioses no serían inmortales. Buscando esa perpetuidad, la humanidad inventó la escritura y el libro que conformaron bibliotecas y archivos. La de Alejandría, faro cultural de la antigüedad, debió ser, y lo fue, cadena de transmisión de la aurea edad griega, hebrea y latina para Europa a la caída del imperio romano, pese a que su destrucción fanática causó daño irreparable a una parte de la memoria humana por los mensajes quemados, incineración de las voces de hombres y mujeres de otro tiempo que hablaban de sus problemas, vivencias, invenciones, esperanzas y duelos. No fueron dioses pues la quema de la biblioteca los volvió mortales.

Me alegra que un libro que habla de tradiciones del pueblo maorí vuelva a su puesto en el andén de la biblioteca de Epsom para disfrute de otros lectores, y sirva a todos para alertarnos de una cultura poco conocida. Que cartas labortanas escritas de modo coloquial en el antiquísimo lenguaje de un pueblo sometido a la urgencia de renegarlo, trasmitan la vida de otra vieja humanidad, la nuestra, reanimando su mensaje vital desde el fondo de un archivo, porque somos privilegiados presenciando el triunfo de la vida sobre la muerte que afligen la condena y censura y violencia sobre el pensamiento humano. Es como recibir, desde el pasado, el aliento purificante de una resurrección.


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