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Calais, la conciencia de Europa

En el campamento de refugiados de Calais solo sobreviven los más fuertes. Mientras 2.500 personas malviven en chabolas, rodeados de basura y ratas, 200 elegidos pasan los días en un centro de acogida financiado por la UE. El precio: su libertad

Un reportaje de Andrea Apezteguía y Sara Huarte Fotografía Unai Beroiz - Lunes, 23 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

Situación del campamento de Calais en la primera visita de AHNA.

Situación del campamento de Calais en la primera visita de AHNA.

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Situación del campamento de Calais en la primera visita de AHNA.

Varios metros más allá, a través de los barrotes de una valla blanca, Mohammed observa la escena. Es uno de los “elegidos”. Uno de los 200 refugiados que vive en el Centro de Acogida Temporal, gestionado por la asociación La Vie Active y financiado por la UE. Las condiciones son buenas, pero casi nadie quiere entrar. El precio por dormir en una cama y tener agua corriente es demasiado alto. Nadie quiere renunciar a ser libre por vivir con dignidad. “Para entrar a dormir ahí tienen que registrarse, les cogen la huella de la mano. Nadie quiere entrar ahí. Este es el único lugar en el mundo en el que se hace este tipo de registro, así que, aunque consiguiesen pasar una frontera, no tienen oportunidades. Los devuelven”, explica la gallega, mirando hacia esa suerte de cárcel. “La colocación de los contenedores es estratégica. Por un lado, están los 150 barracones. Están apilados unos encima de otros, para que se vean desde cualquier punto de la Jungla. Y luego están los baños, situados de cara al campamento. Una forma de que los que no están dentro vean todo lo que se pierden”, apunta James. “Aquí se suele decir que a Calais se viene para cruzar a Inglaterra, no para vivir bien”, completa Javier. En ese momento, dos hombres salen de uno de los contenedores y se dirigen a la salida, custodiada por cuatro personas desde dentro y por cinco gendarmes en el exterior. Para salir hay que introducir un código y registrar la huella de la mano. Solo entonces se desbloquea el torno que comunica el centro con el exterior. “Para entrar tienen que hacer lo mismo. Están completamente controlados. Cuando llega la noche, nadie puede salir del centro de acogida. Así evitan las escapadas”, apunta María. Mientras, al otro lado de la valla, tres operarios se afanan en tapar los huecos que hay en el suelo. “A pesar de que están registrados lo intentan. Excavan en el suelo y hacen un agujero para salir. También hay algunos que la saltan”, dice James. “Por lo menos esta no tiene cuchillas”, ironiza María, mientras camina hacia el centro de información de la Jungla.

“Este es el nuevo, el otro se cerró cuando desmantelaron la parte sur del campamento hace tres meses”, explica Javier al entrar al nuevo. “As-salam aleykom”, saludan los dos españoles a un grupo de refugiados que ya están dentro. “Hay gente que vienen aquí a pasar el día y, de paso, traen el desayuno”, comenta María mientras se sienta y se sirve un café. “En teoría el punto de información está para ayudarles, aunque muchos vienen a pedir cosas”, señala el voluntario español. En la pared, clasificados por idioma, hay varias casillas con folletos. Con información sobre cómo pedir asilo en Francia, Inglaterra, España y Alemania, instrucciones para los recién llegados al campo de refugiados o un decálogo con pautas y los derechos que tienen en caso de una detención y/o registro policial. “Ahora el Gobierno francés quiere desmantelar la zona norte. Dicen que los van a reubicar, pero realmente es una forma de echarlos de aquí. Una forma de ocultarlos”, comenta Javier. Los voluntarios tienen la sensación de que la Jungla es una realidad molesta, una que los poderosos quieren esconder de la mirada pública. Sobre todo de la de los turistas y transportistas que cruzan el Eurotunel a diario. Como se suele decir, la verdad duele. “Para llevar a cabo el desmantelamiento de la parte sur, se desplegó un enorme dispositivo policial. Cerca de treinta vehículos, dos camiones de antidisturbios y varias excavadoras. Entraron a primera hora de la mañana y derrumbaron las casas de miles de personas. Nosotros les decíamos que se subiesen al techo o que se quedasen dentro. Pero no sirvió de nada. Ahora solo quedan en pie el antiguo centro de información, la escuela y una iglesia. Lo demás es un desierto de arena y basura”, explica con amargura Luis, un voluntario español que ayudó a levantar con sus propias manos el nuevo centro de información. Según Francia, este desalojo afectó de 800 a 1000 personas. Pero las asociaciones humanitarias manejan otras cifras mucho más elevadas, que rondan los 3.450 afectados. “Fue muy triste. Algunos intentaban frenar las máquinas, poniéndose delante o encima de las casas. Incluso hubo un grupo de afganos que se cosió la boca y estuvieron en huelga de hambre durante un mes. Solo podían beber agua con una pajita. Pero no sirvió de nada. Otros trataban de protegerse de los gases lacrimógenos”, recuerda Luis. “Ni siquiera respetaron a los niños, a ellos también los gasearon”, apunta uno de los refugiados con rabia. “Algunos de los que están ahora en el centro de acogida, fueron sin saber muy bien cómo funcionaba. No tenían información, ni un lugar al que ir. Muchas familias renunciaron a su libertad por un lugar para dormir”, apostilla María. “Y por seguridad”, apunta Javier. “Durante el desalojo desaparecieron 129 niños”, explica Luis. Según fuentes oficiales, esos menores están en paradero desconocido. Pero en el campamento se rumorea que han sido víctimas de las mafias. Se dice que han sido vendidos a una red de trata de blancas con fines de prostitución, tráfico de órganos o esclavitud.

El precio por vivir en el centro de acogida temporal de la UE es muy alto. Tener una cama, un techo y agua corriente se paga con la libertad

“Ahora la gente tiene miedo y los niños están escondidos”, comenta María. “En el campamento solo hay hombres, las mujeres y los niños están custodiados en un centro estatal. Los hombres pueden entrar durante el día, pero tienen que ir a la Jungla para dormir. Solo las mujeres, los niños y los enfermos pueden quedarse”, explica Luis, mientras señala al centro en cuestión. Un inexpugnable lugar bautizado con el nombre de Jules Ferry, un conocido colonialista francés. Ni siquiera los voluntarios y voluntarias pueden acceder a la zona restringida.

“Aquí pasamos muchas horas sin hacer nada. Hay que mantener la mente entretenida o te vuelves loco”, confiesa Tâher, un pakistaní de 32 años, mientras se dirige a a la escuela junto a su compatriota y amigo Alí. “A mí ya me da igual lo que me pase, la Jungla te vuelve loco. Tâher me anima a venir a la escuela, dice que así tendremos más oportunidades”, asegura Alí, con la mirada hundida y apagada. Ha perdido la esperanza de salir del infierno. “En mi país, yo era director de una escuela infantil. Pero, un día, los talhibanes me amenzaron con atarme las manos y tirarme de un edificio de 9 plantas. Son un gran problema”, asegura Tâher. “Yo he conseguido pasar tres veces hasta Inglaterra. Tengo amigos allá que me escriben y me dicen que tienen un buena vida. Así que lo volveré a intentar. Insha´Allah (Alá proveera)”, asegura convencido el maestro pakistaní. “Antes yo tenía un negocio aquí... Alí tiene un restaurante, el Spicy (picante). A las noches, va mucha gente a beber té, ver películas de Bollywood o a hablar”, explica Tâher. A su lado, Alí camina cabizbajo, derrotado.

asilo“Hemos pensado en pedir asilo. Pero es muy difícil y lento. No funcionaría. No podemos esperar tanto tiempo. Puede tardar más de un año”, comenta Tâher. “¿Qué más da? A mí me gusta la Jungla. Yo amo la Jungla”, ironiza Alí con una sonrisa sarcástica. La realidad es que, para muchos refugiados, pedir asilo es una utopía. “Para pedir asilo tienen que rellenar un documento de más de 20 páginas, en la lengua del país al que estén solicitándolo. Entre otras cosas tienen que explicar por qué quieren asilo. Sin embargo, no todos pueden pedir asilo. Solo aquellos en cuyo país se esté librando un conflicto armado”, explica Clement, uno de los profesores de la escuela, mientras saluda a Alí y Tâher. “Ellos nunca fallan. La escuela está abierta de 11.00 horas a 19.00 horas y la gente viene cuando quiere y está el tiempo que quiere”, señala Clement, mientras se dirige a la pizarra.

Fuera, la Jungla comienza a despertar. Los comercios comienzan a abrir las ventanillas. Todos están protegidos por una reja que los cubre de arriba a abajo. Los restaurantes empiezan a recibir a los primeros clientes y empiezan a formarse colas delante de algunos establecimientos, el taller de reparación de bicicletas, el hotel con duchas de agua caliente o la peluquería.


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