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Tribuna abierta

Un gran tonel de cerveza

Por Txema Montero - Domingo, 22 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:12h

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¿Votará el Reino Unido, con su apariencia de superioridad, por el aislamiento? ¿Con temor al continente “sombrío y despótico” de Thatcher? ¿O luchará desde la UE por sus instituciones y leyes, salvaguarda de las libertades?

Voltaire, filósofo francés que, a consecuencia de diversos avatares, duelos y amoríos incluidos, acabó desterrado en Inglaterra, donde vivió tres años, definió al país que lo acogió de la siguiente curiosa manera en susCartas Inglesas: “Inglaterra es como un gran tonel de cerveza: espumosa encima, posos en el fondo y excelente en el medio”.

Con la espuma de la cerveza se refería a esa apariencia -ropa, entonación, maneras- que adoptan algunos ingleses tratando de parecerse a quienes consideran superiores en nivel económico o intelectual, a su vez imitados por aquellos europeos continentales a los que les gustaría ser como esos ingleses. Por cierto, el tratar de igualarse con los de arriba, aunque sea en apariencia, suele ir con frecuencia unido al menosprecio hacia los de abajo. Llevaba muchos años muerto Voltaire cuando se encontró la palabra para definir aquel trampantojo social, se le llamó esnobismo, y nada más esnob que un hombre de negocios de la Europa continental de finales del siglo XIX y mitad del XX. En Neguri, ejemplos a paladas.

El poso del barril es la idea de una libertad británica amenazada por la tiranía continental. Esta idea se remonta a hace muchos siglos y no es completamente espuria. “Gran Bretaña ha sido puerto de acogida para los refugiados de muchas purgas y tiranías: hugonotes en el siglo XVII, aristócratas después de la revolución francesa, liberales huyendo del absolutismo, revolucionarios a partir de 1848, judíos en el siglo XIX y otra vez en la década de 1930” (Anglomania, Ian Buruma. Editorial Anagrama). Siendo una adolescente, cierta joven conocedora de la historia de su país, inglesa hasta reventar las costuras, asistió a una conferencia en el Club de los Rotarios de su localidad, donde oyó el espeluznante relato de una chica judía recién huida de la Alemania nazi. Años después, ya convertida en líder política, Margaret Thatcher, no podía ser otra, afirmó: “Gran Bretaña es una isla de libertad enfrentada a un continente sombrío y despótico”. De acuerdo, se trata de otra de las afirmaciones excesivas de la Dama de Hierro, que pretendía envolver en basto papel de estraza la Alemania de Hitler y la de Helmut Kohl;la Francia de Napoleón y la de De Gaulle. Lo llamativo es que la tremenda señora Thatcher no hiciera mención de la anglofilia continental y el esnobismo que la acompaña, que históricamente ha florecido en las ciudades portuarias y en emporios como Hamburgo, Lisboa, Bilbao, Milán, Atenas… Estas y otras ciudades, gracias al comercio, gozaron de una mayor libertad y prosperidad que la Europa del interior, “ávida de sangre y suelo”, que resultó un nido de la anglofobia, de quienes repudiaban el mercantilismo, el individualismo y su tolerancia con las desigualdades;las mismas razones por las que hoy día trasladan a los Estados Unidos su anterior odio contra Inglaterra.

¿Decidirá el “país de tenderos” como si todos sus pensamientos girasen en torno al dinero, lo que allí llaman “money-minded”? Ese no es asunto pequeño, el 60% del comercio britano lo es con la Unión Europea. ¿En qué sentido se pronunciará el mundo financiero, esa City que se comporta como un portaaviones económico americano frente a las costas europeas y que tan decisivo resultó en el referéndum por la independencia de Escocia? ¿Se decidirán por el aislamiento insular que ha servido para conservar un sistema político ejemplarmente democrático y que muchos ven en peligro por la intervención de la “burocracia de Bruselas”? Las elecciones municipales celebradas en el Reino Unido el pasado 5 de mayo llevaron con amplia mayoría a la alcaldía de Londres a Sadiq Khan, primer musulmán que preside una capital europea, quien se presentó ante los electores como ferviente partidario de la permanencia en la Unión. Se trata de la mayor concentración electoral del país, ocho millones de personas. El alcalde saliente, Boris Johnson, adalid del Brexit, no consiguió la alcaldía para su candidato antieuropeista. Con todas las cautelas, opino que las pasadas elecciones locales fueron un anticipo del voto en el próximo referéndum y mi pronóstico es que el Reino Unido permanecerá en la Unión, eso sí, luchando desde dentro por lo mismo que durante siglos luchó desde fuera: preservar sus leyes e instituciones, que han funcionado razonablemente bien para salvaguardar las libertades individuales. Lo mejor del tonel de cerveza.

¿Y qué ganamos el resto de los europeos con la permanencia del Reino Unido? Muchísimo: alejarnos del fracaso del proyecto de una Unión política europea, pues si tal cosa ocurriese nos veríamos definitivamente subordinados a las políticas de una u otra gran potencia. Dicho de otra manera, conseguir situarnos en medio del tonel de cerveza cuando el resto de las potencias, China, Rusia y EEUU, pretenden que seamos espuma o posos.

Si se puede hablar de un hecho diferencial inglés es el de una ciudadanía identificada con su sistema político desde hace siglos, lo que les diferencia del continente


De producirse la disolución del Estado-nación dentro de una Europa políticamente unida, es Inglaterra quien más perdería pues sus instituciones no serían ya las mismas


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