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Y tiro porque me toca

Mensajes fuertes

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 22 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:12h

los que el gobierno francés envía, dice, a los terroristas y que consisten, sobre todo, en el control de la ciudadanía, en la presencia de militares fuertemente armados que patrullan calles medio desiertas, en la abundancia de nuevos matones de seguridad con plenos poderes, en los registros en museos, galerías y centros comerciales, aeropuertos, estaciones de tren y pasillos del metro. Se ve que los mensajes fuertes no llegan a quienes deben ser sus únicos destinatarios o llegan mal porque no impiden que se comentan nuevos atentados, como el último del avión Egyptair en su vuelo París-El Cairo;y mejor no olvidar que los autores de los últimos atentados estaban identificados por los servicios secretos, pero no lo suficientemente controlados como para que no pudieran cometer sus crímenes. Así que no veo a quién y cómo llegan de manera efectiva los mensajes fuertes que se utilizan como baza política y prueba de eficacia gubernamental. Para empezar, el Gobierno francés ha prorrogado dos meses el estado de emergencia.

No hace falta ser visionario del porvenir para aventurar que esos estados de alerta, urgencia, emergencia, excepción, o como tengan a bien llamarlos, vienen para quedarse y no solo en suelo francés, más que nada porque esa es mercancía fácilmente exportable, como lo son los sistemas norteamericanos de tortura a detenidos en su justificación legal, un producto apetecible para gobiernos autoritarios en democracias débiles.

Esas medidas vienen para quedarse porque son elementos de una nueva sociedad y un nuevo orden. El mundo feliz que se nos propone no es un idílico paisaje de tarjeta postal, sino un centro comercial gigantesco, un espectáculo de luz y sonido permanente, y unas actividades de trabajo y ocio sobre las que se ejerce un poder de control casi absoluto como vemos a diario. La realidad en modo jardín de infancia es una fantasía venenosa.

Lo peor, a mi juicio, de esos mensajes fuertes es que más que los terroristas, es la ciudadanía en su conjunto la que los va a recibir de pleno, incluidas las miles de víctimas no combatientes de los bombardeos de castigo, de los que cada vez se sabe menos gracias a la bruma informativa en la que vivimos.

¿Estamos más seguros o más acoquinados? Estimo que más bien lo segundo y que quien más quien menos imagina escenarios de terror al margen de viajes, espacios públicos y aglomeraciones. Es viejo ya el eslogan de que siembran miedo para vender seguridad. Y es exacta la referencia a la venta de la seguridad en la medida en que el volumen de negocio de las empresas de seguridad ha aumentado de manera opaca e incontrolable, no ya por parte de los poderes públicos, que alientan y participan de cerca o de lejos en esos negocios, sino por unos medios de comunicación cada vez más serviles y más débiles, y que no cumplen otra función que la transmisión de las consignas gubernamentales.

Mensajes fuertes como los que está recibiendo la ciudadanía española en un auténtico chaparrón de abusos administrativos (policiales), amparados por la ley mordaza, o por ninguna, y que solo en contados casos, como el de las esteladas catalanas, un juez ha obligado al gobierno a tragárselas. Medidas represivas, medidas vengativas de acoso y castigo, sometimiento disfrazado de ese orden social en el que no hay quien no quiera vivir, y que es mejor ignorar que es un espacio mejor o peor decorado en el que se vive en libertad vigilada, en libertad condicional y a merced de poderes políticos incontrolables que quiebran el principio de soberanía nacional, como las leyes transnacionales que va imponiendo EEUU, auténticos cajones de sastre en los que cabe todo, cualquier cosa, más incluso al arbitrio policial que judicial. Los gobiernos occidentales no consiguen detener el terrorismo, eso está claro, pero a cambio intentan convertir sus territorios en ciudadelas en las que es cada vez más difícil entrar y encontrar refugio para quien padece el pisoteo de sus derechos humanos y en la que se vive en la antipática ficción de la seguridad y la garantía del ejercicio de libertades elementales como el de poder comprar todo aquello para lo que alcancen tus ingresos o tus ayudas sociales o lo que logres mendigar.

Los gobiernos occidentales no consiguen detener el terrorismo,

pero a cambio intentan convertir sus territorios en ciudadelas en las que es cada vez más difícil entrar y encontrar refugio para quien padece el pisoteo

de sus derechos humanos


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