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Arte kritika

Gonzalo Chillida, un paisajista trascendente

Por Edorta Kortadi - Domingo, 22 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Una de las obras de Gonzalo Chillida.

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Una de las obras de Gonzalo Chillida.

visitando las ciudades imperiales chinas, encontré hace años, sobre algunos muebles lacados, paisajes pintados sobre láminas de alabastro traslúcidas que me hicieron recordar el mismo efecto que me produce la contemplación de los paisajes -tierras, bosques, arenas, marinas- que Gonzalo Chillida (Donostia, 1926-2008) pintó reiteradamente a lo largo de cinco décadas. Soledad, silencio, quietud, trascendencia, búsqueda de lo sublime y lo infinito, a través de múltiples constelaciones y galaxias. Pintura trascendente de un pintor autodidacta bien informado. Hay en toda su obra una búsqueda de lo sustancial, de lo estructural, del esqueleto y del alma del paisaje, que solo lo puede hacer un ojo contemplativo y amante de la naturaleza. Solo puede plasmarlo así quien haya estado en comunión perfecta con el cosmos. Probablemente su ojo de cazador y pescador le haya llevado a captar y a plasmar las excelentes piezas de arte que el plasmó a lo largo de su vida.

Ojo que comienza a trazar paisajes castellanos en la década de los 50, dentro de un cubismo sintético, y en la tradición española de rigores y colores grises y ocres: Segovia (1953), Sepúlveda (56), Huesca(57), Getaria(55-60), La fábrica (1960) y Tierras de Castilla (60). En ellos, la sombra de Zuloaga y de la Escuela de Madrid es alargada.

Pero pronto, en las décadas de los 70 y 80, comienza a abrirse a sintaxis impresionistas y expresionistas abstractas para producir un cúmulo de espacios para la contemplación y el ensueño: S. T.(1960), Arenas (1970, 73, 78, 83), entre las que destacan las del Museo de Bellas Artes de Bilbao, la Diputación de Gipuzkoa, Artium, la familia Chillida-Ameztoy y La Caixa. Se trata de arenas y aguas contempladas desde la terraza de su casa de Miraconcha. Arenas iridiscentes cubiertas de aguas y meandros plateados sobre arenas amarillas, azules, grises, y rosas, reflejos y espejos de cielos nacarados. El cielo y la tierra entrelazados, ilimitados, sin fronteras, dos en uno, como en un espejo.

Y vienen a continuación sus bosques excelentes (1995 y 98), pero pocos en esta exposición antológica de la , en la que también echamos de menos algunos buenos retratos y algunos cielos que conocemos en colecciones particulares del País Vasco. Tonos apastelados, golosina para el ojo, cubren las malezas de los bosques aterciopelados. Y, por último, las marinas, líneas del horizonte, aguas quietas y en reposo que rompen el eje de la composición basándose en los efectos ópticos de Rothko.

La exposición viene introducida por una buena colección de dibujos, relieves, grabados y fotografías que sirven de soporte y transporte al pintor, y por un catálogo con textos desiguales de Alicia Chillida, Mikel Lertxundi, Benito Macías y José Ángel Irigaray.


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