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Colaboración

Resiliencia

Por Joxan Rekondo - Jueves, 19 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:14h

E s conocido que la lucha armada de ETA se origina en un ambiente de repudio político a la actitud de los que perdieron la guerra del 36. Fascinados por el brote de procesos revolucionarios en diversas partes del mundo, algunos vascos quisieron extrapolar aquellas experiencias a Euskadi, esperando un desenlace relativamente rápido. Que no ha sido tal.

Se dice que ETA tardó diez años (1958-1968) en decidirse por la lucha armada, y ha de conocerse que fue el maoísmo vasco el que fijó los términos en los que se resolvió aquel debate. Conforme a lo que cabría esperar, aquello conllevó la ruptura con todo lo que pudiera ser representativo de las instituciones y las narrativas tradicionales. A partir de ahí, ETA fue el acontecimiento fundador de una nueva ética y una nueva política, que “nada-tenía-que-ver-con-el-de-los-viejos y los rechazaba por pusilánimes, agotados, por burgueses” (Idoia Estornés). Romper con lo tradicional fue la peor opción. En un pueblo, precisamente, en el que “la tradición es la libertad y no la opresión”, que diría el lehendakari Agirre. La ruptura con esa buena tradición es el origen de la pesadilla que hemos vivido.

Por eso, la autocrítica del terrorismo ha de llegar a su origen. Es posible que haya muchos que no se sientan obligados a hacerlo. Pero, nadie puede impedir que los planes estratégicos y las acciones violentas de ETA sean objeto de crítica, en el marco de una revisión histórica y política. Para que el terrorismo responda, por supuesto, por el sufrimiento que ha producido directamente. Y para que se pueda conocer y valorar la resistencia que, ante el franquismo, protagonizó una buena parte de la sociedad civil vasca. Una resistencia que siempre ha quedado oscurecida porque el interés político o la violencia la han dejado fuera del foco de interés, tanto de los medios como de los estudios académicos. Contra lo que se dijo, nunca hubo parálisis en el activismo vasco que recurrió a las vías pacíficas contra el régimen franquista. Tras la guerra, la consigna principal era la reconstrucción de un país devastado en la que todos debían de cooperar. “A todos nos llaman las tareas de la paz”, animó el primer lehendakari en el mensaje de Gabon de 1945. Había que rehabilitar el hogar propio y el hogar nacional con espíritu constructivo y sin ningún afán de odio o de venganza. Se tuvo mucho cuidado en no alimentar un relato victimista que pudiera producir efectos paralizantes o reactivos, claramente perjudiciales para la vida de la gente y la supervivencia del país. Así, la mayoría quiso resistir sin quebrarse, sin que el nervio social se desvitalizara. Muy inteligentemente, aquellos que fueron estigmatizados como perdedores optaron por lo que hoy se denomina resiliencia, resistir.

Es evidente que toda sociedad viva se constituye de agentes regenerativos y degenerativos en una interrelación compleja, en una dinámica de comunicación y conflicto. Llegará un tiempo en el que la crítica histórica pueda abordar aquella situación en profundidad. Aunque el ejercicio de la memoria nos lleva ya a distinguir los factores resilientes que llevaron al país a un resurgimiento educativo-cultural y socio-económico de los otros factores que degeneraron en la tragedia del terrorismo. Todo esto es memoria democrática, y debe ser memoria social. Que influye, desde luego, en la cultura política que hemos acuñado, en la manera que entendemos la actividad política. Y que debería socializarse para formar parte también del sentido común con el que orientamos nuestra vida social cotidiana.

Es muy interesante que, en el reciente acto de homenaje a las víctimas del franquismo realizado en Donostia, el lehendakari Urkullu haya conjugado la construcción de la memoria histórica con el reconocimiento de la experiencia resiliente de las generaciones que vivieron y combatieron la dictadura. Ha dicho que “las generaciones de nuestros padres, madres, abuelas y abuelos, nos dieron una auténtica lección histórica de “resiliencia, demostraron la capacidad de sobreponerse y avanzar”. Fueron víctimas del franquismo, acusadas de cobardía política. “Eresirik gabe hil ziren aurrekoak”, cantó Xabier Lete. Muchos murieron sin glosa alguna. Sin embargo, fueron constructores de paz social, de convivencia plural, de infraestructuras esenciales para el sostenimiento del país. Nada de lo que somos y tenemos hubiera sido posible sin su lucha.

El que podamos mirar a las víctimas, no solo en lo que han sufrido y lo que les han arrebatado, sino en lo que nos han transmitido o en lo que han ayudado a construir para las generaciones posteriores, es una buena expresión del clima de catarsis que está viviendo el país. Cuando se les atribuye un rol constituyente en nuestro sistema de vida, queremos decir que sus sufrimientos y sus logros forman parte de todos nosotros, de nuestro sentido democrático y social. Sin duda, hay que distinguir el pasado del presente. Pero también hay que saber la pérdida que se deriva de una ruptura total entre ambos. No tiene sentido desdeñar la experiencia histórica. Tengamos en cuenta la lección histórica que realza Urkullu. Porque los homenajeados el pasado sábado nos enseñan una cosa muy importante: que la ética a la que se debe recurrir ante las situaciones críticas es siempre la ética de la responsabilidad.


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