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Tiempo de consultas

Por Iñaki Galdos Irazabal - Miércoles, 18 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

en plena efervescencia de Lizarra-Garazi a uno le correspondió participar en algunas mesas redondas a lo largo de la geografía vasca, vendiendo la bondad de aquel acuerdo que, a pesar de mis recelos, apoyaba. Recuerdo que fue en la charla de Durango cuando osé plantear de manera abierta los aspectos de aquella estrategia de los que yo dudaba. Creía estar aportando al debate un leal, constructivo y necesario ejercicio crítico, pero llovieron piedras: al finalizar el acto, tanto la moderadora como algunos representantes políticos allí presentes me reprocharon mi actitud. No tenía razón y además no tocaba. Sin embargo, a día de hoy podemos leer en libros, documentos y entrevistas análisis autocríticos de lo que supuso aquel intento de pacificación y normalización.

Años más tarde, desde que, dando el salto desde el Goierri guipuzcoano, se constituyó Gure Esku Dago en 2013, se está tratando de poner en marcha entre nosotros una potente dinámica que, aunque evidentemente no es de la misma naturaleza política que la de Lizarra-Garazi, mantiene con aquella algunas similitudes, que puede llevarle a repetir errores que es mejor enmendar ahora y no esperar a futuras autocríticas. En lo personal, justo el mismo día en el que este diario publicaba una interesante entrevista con Angel Oiarbide, he tenido la suerte de compartir con él una larga conversación que me ha servido para manifestarle mi opinión.

El repaso que Oiarbide realizaba de los hitos del movimiento que él representa indica que pueden -podemos- estar satisfechos. Ciertamente, crear tan amplia (más de 240 municipios) y activa red, conseguir grandes movilizaciones sociales -aunque con algún innegable pinchazo- e implicar a tantas personas y colectivos en la reivindicación del derecho a decidir son datos que suponen en mi opinión un éxito que merece nuestro reconocimiento.

En un nuevo paso al frente, se nos anuncian ahora consultas en 34 pueblos, que se celebrarán el próximo 5 de junio, aunque el voto anticipado ya está en marcha. Nada tiene de malo tratar de movilizar a la ciudadanía a favor de un derecho básico como el derecho a decidir, aunque supone también asumir riesgos, porque tal y como recientemente escribía Samara Velte en Berria, no parece que exista entre nosotros un clima demasiado apropiado para tal empeño.

Tengo para mí, sin embargo, que, aquí y ahora, el principal problema no estriba tanto en movilizar a la ciudadanía a favor del derecho a decidir, sino en la incapacidad generalizada para pactar y presentar a esta una propuesta sobre la que decidir. La constatación explícita del anhelo mayoritario de cambio del estatus actual y un proyecto ilusionante -amén de viable- sobre el que decidir son condiciones casi indispensables para activar a una parte de la ciudadanía que, mientras ello no ocurra, no considera prioritario ni movilizarse ni votar en la defensa de un derecho que por lo demás sí comparte, claro que lo comparte.

Veamos: no es la única opción en la búsqueda de un nuevo estatus político, para algunos ni la más deseable, pero suponiendo que al igual que en Escocia y Catalunya son los diversos sectores soberanistas los que se embarcan en un proceso, se antoja casi imposible lograr aquí lo que sí se ha logrado en las citadas naciones. Por ejemplo, a muchos fervientes seguidores vascos del proceso escocés parece olvidárseles -ni en las charlas que dan se acuerdan de citarlo- que lo que se votó allá fue una completa y concreta propuesta que entre otras cosas incluía el mantenimiento de la jefatura del estado por parte de Isabel II, la permanencia en la OTAN, mantenimiento de la libra esterlina y del poder del Banco de Inglaterra. Sinceramente, no veo posibilidad alguna de que se pudiera acordar aquí una propuesta en estos términos. Ni en otros.

Aquí parecemos anclados en la metáfora monzoniana de Maltzaga. Vayamos juntos allá y luego ya veremos. Y en ella parecen inspiradas muchas de las iniciativas de las últimas décadas. Yo nunca la he compartido. Considero que urge empezar a pensar -a diseñar, a pactar- qué es lo que queremos después de Maltzaga. La ciudadanía necesita saberlo.

Las consultas están muy bien. Votaremos con ilusión cuando nos convoquen. La reivindicación del derecho a decidir es algo que nunca debemos dejar de lado. Pero sin un proyecto de futuro que sea ilusionante, viable, factible, corre el riesgo de convertirse en un brindis al sol.


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