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Neure kabuz

Europa: la tristeza de un aniversario…

Por Jon Azua - Lunes, 16 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:16h

Sesenta y seis años después de la publicación del Plan Schuman (9 de mayo de 1950), recordado como el “nacimiento de la Unión Europea”, tras un objetivo inicial centrado en el control conjunto y coordinado de la producción del carbón y el acero con la intención de contener el deseo unilateral del uso de los principales materiales para el armamento bélico, esperando y evitando nuevos episodios de las sufridas guerras mundiales y la base de una integración europea, hemos asistido esta semana a un deslucido cumpleaños ajeno a celebraciones y distante de la ilusión y pasión ciudadana tras el desafiante proyecto generador de un espacio democrático de paz, solidaridad, bienestar y derechos humanos.

El sueño europeo que arrancaba en los encuentros de los Nuevos Equipos Europeos en 1947 concitaba el entusiasmo de los dirigentes demócrata-cristianos que inmortalizó a los Monnet, Adenauer, de Gasperi, Churchill, Schuman… y otros muchos (como nuestro lehendakari Aguirre, por ejemplo), quienes pretendían ir mucho más allá del imprescindible Renacimiento Industrial. En torno a una Europa de los Pueblos de y para los ciudadanos, fueron promotores de un nuevo modelo de economía social de mercado que ha aportado a nuestro viejo continente el mayor periodo de construcción social y progreso, en paz y libertad, desde una lenta y continua integración ajena a la fuerza de las armas. Pero ese sueño padece hoy un claro agotamiento tanto en ideas, como en objetivos, propósito final, proyectos y gobernanza. Un viejo y querido anhelo, hundido en la desafección, en la incertidumbre y en la lejanía.

La fecha, además, se veía empañada por el último Acuerdo de la Comisión Europea en torno a su renovado proyecto, “para el medio plazo”, de un “nuevo sistema europeo común de asilo, equitativo y sostenible” al objeto, en palabras del vicepresidente primero, Frans Timmermans, “de gestionar mejor las migraciones, controlar nuestras fronteras, cooperar con países terceros y poner fin al tráfico de personas, reasentando refugiados a la vez que facilitemos la coordinación entre países dando la opción de contribuir con 250.000 euros por cada solicitante de asilo que no quiera o pueda ser atendido por un Estado Miembro” (por ejemplo, en el caso del Estado Español, los 18 inmigrantes acogidos respecto a la “cuota asignada”, supondrían la alternativa de añadir a su incumplido déficit presupuestario otros 3.000 millones de euros y “cumplir con su solidaridad”).

Adicionalmente, las noticias europeístas en torno a la celebración han puesto el acento en otros tres asuntos de vital importancia: el Brexit, el incumplimiento del déficit exigido y las políticas asociables con la llamada austeridad inevitable y la revisión (por fin) de la deuda exigible a Grecia. Basta simplificar en extremo su análisis con la frase “coloquial y desenfadada” del ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Rajoy en funciones (se supone que el señor Margallo es tenido como el máximo experto del PP y su gobierno en Asuntos Europeos): “Nos hemos pasado cuatro pueblos con las políticas de Austeridad. Las políticas monetarias dan lo que dan y es momento de hacer otras cosas que funcionen”.

El propio FMI, integrante de la temida troika negra que ha dirigido la política europea de la crisis, pide a Europa un cambio en sus ideas y políticas y reclama para Grecia, flexibilidad en su déficit público, condonación parcial de su impagable deuda, suavizar los tiempos en la ralentización o desarme de sus políticas sociales y de pensiones, retomar planes realistas (ejecutables) de inversión y reconsiderar la sacralización de los porcentajes exigibles para el déficit público. Por si fuera poco, los últimos encuentros sitúan a los partidarios del Brexit (la salida del Reino Unido de la Unión Europea) a la cabeza ante el referéndum del próximo 23 de junio, ante el que el primer ministro Cameron apela a la permanencia en la Unión para “impedir nuevas guerras europeas”. Una vez más, el discurso del miedo y no la propuesta positiva de un proyecto de futuro, de ilusión y compromiso al que los ciudadanos (británicos-europeos) deseen unir su destino y futuro.

Todo un cúmulo de hechos objetivos que reflejan la desorientación europea y la ya dilatada distancia entre el ámbito de las aspiraciones de los ciudadanos y pueblos europeos y la “dirección y ejecución práctica” de los actuales responsables del proyecto. Una gobernanza escasamente reconocible en los llamados Padres de la Unión Europea a quienes hoy recordamos.

Más allá del impacto caricaturesco, preocupa que la opinión publicada y la percibida por una inmensa mayoría de la población (en especial la situada fuera de Europa, burócratas, funcionarios globales en el exterior de sus respectivos países…) tiendan a asociar, de manera simplista, la relación causa-efecto que propone la simplificada imagen. De esta forma, parecería que si la Unión Europea carece de un rumbo estratégico suficientemente claro y estimulante para sus ciudadanos, si es incapaz de establecer un buen modelo de gobernanza (eficiente y eficaz, a la vez que participativo, equitativo, motivador y democrático), si no es capaz de proponer, acordar e implementar soluciones a los graves problemas que afectan tanto a sus ciudadanos como a los Estados Miembro, si no es capaz de integrar el amplio y complejo mundo de pueblos, naciones y regiones que la integran, si no puede ir más allá de sus políticas e indicadores monetarios y macroeconómicos, si no es capaz de garantizar la aplicación de sus planes y programas de crecimiento y desarrollo, si no avanza más allá de sus “repartos consensuados dirigidos a un aparente positivo café para todos”… no es sino por la existencia de “fuerzas negativas” que, desde la legitimidad democrática de los ciudadanos que les han elegido para representarles, pretenden defender posiciones políticas e instrumentos diferentes a los que el “club de la élite autonombrada” impone desde Bruselas (o en Bruselas bajo mandato exterior).

Así se trasladaría la sensación de que quienes no posibilitan el éxito europeo son quienes se mueven por pretensión localista y negativa. Eso sí, surgirían dos tipos de nacionalismos: los buenos, objetivos y pro-Europa que defienden sus Estados Nación Unitarios de los siglos pasados, y los otros, secesionistas, localistas y cuestionadores de las actuaciones de la élite globalizada funcionarial y política de Bruselas o de las capitales y establishment de los Estados Miembro. Esta barata demagogia que, gracias a repetirse en los salones internacionales, parecería aportar un plus de “globalización, intelectualidad y conocimiento del viajado”, cala en la opinión pública y en los medios, generando un cierto complejo de inferioridad en quien cree legítimo construir su forma de vida desde su sentido de pertenencia e identidad y que es muy libre de no compartir ni las recetas, ni las ideas, ni mucho menos las imposiciones de los demás. Máxime cuando sus resultados no parecen avalar el éxito prometido. La realidad es muy diferente. Los errores cometidos y la necesidad de repensar las cosas, urgente.

Más bien, parecería lógico y deseable repensar Europa empezando por entender quiénes habrán de conformarla, sus legítimas aspiraciones, sus necesidades y planes propios de futuro.

Quizás así, se podría intentar recuperar la confianza y compromiso en un futuro compartible al que dirigir la pasión y el esfuerzo permanente para lograrlo. Posiblemente, de esta forma, el próximo 9 de mayo, Europa viva su fiesta plurinacional con el reconocimiento no solo de los europeos, sino de otros muchos que se reconozcan en el extraordinario espacio de libertad, democracia y humanidad que represente.

Deseamos que un próximo 9 de mayo, celebremos, con alegría y emoción, nuestra esperada realidad Europea y que las luces brillen por encima de tanto nubarrón.

Los sueños originales chocan con una cruda realidad que ni entendemos ni compartimos, no reconocemos liderazgo alguno y no identificamos ni el punto de llegada propuesto ni la hoja de ruta por recorrer


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