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Y tiro porque me toca

No entenderlo

Domingo, 15 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:13h

lo que más llamaba la atención de los políticos atrapados BENEFICIÁNDOSE enriqueciéndose indecorosamente de sus cargos o puestos era que no entendían por qué se les denunciaba y recriminaba. La máscara de la dignidad herida y del padecimiento una injustica era la que acompañaba y su procesamiento y consecuencias de este. Estaban seguros de haber actuado de manera correcta -no le s faltaba razón según sus criterios porque el problema era y son sus criterios: el ejercicio de la cosa publica no significa beneficiarse a su costa.

El pitorreo más que la admiración acompañaba el eco de las noticias que venían siempre de fuera, de otras culturas en las que se daba cuenta de que este o aquel político había dimitido porque lo que aquí se consideran nimiedades, aquí no ha dimitido nadie de los que deberían haber dimitido. Nadie... de verdadero motu propio. No se estila. Se toma como un signo de debilidad y el poder debe ser fuerte y honrado, el poder debe ser cómplice de la infamia llegado el caso, debe tapar más que destapar, debe apoyar al corrupto en la medida en la que todos pueden serlo en un momento o en otro: hoy por ti, mañana por mí. De lo contrario no se entiende. Antes que destapar y clarear, echar a rodar la chicana jurídica, las disquisiciones, el retorcer argumentos.

Cumplir con lo estipulado, porque estipulación es o así debe ser tomada, lo dicho en los programas electorales, no usar el cargo o el puesto para alimentar una red de beneficiarios, no actuar con descaro al margen de la ley en la confianza de que teniendo las riendas del poder no va a pasar nada, deberían ser normas de ética política, pero esto se ve que no se entiende o se entiende mal.

Se entiende mejor, por contra, que el poder es trago de mucha graduación porque se nota que embriaga, ensoberbece y que debe ser muy fuerte la tentación de no aceptar el aprovecharse de la manera que sea del cargo o puesto que se ocupa, para sí, sus amigos, deudos y allegados. Es como si una vez conseguido el cargo o el puesto entraran en otra dimensión, en otra casta social en la que las reglas del común son desdeñables porque se rigen por otra, la ventaja inmediata la primera de ellas... y para siempre, en un continuo hereditario, familiar, y al final mafioso con descaro.

No tengo la menor esperanza de que esto cambie ni ahora mismo ni en un futuro inmediato. La cosa pública como negocio particular es una tara que viene tan de lejos, tienen tantas implicaciones educacionales, culturales y religiosas, que harán falta un programa que resulta risible de renovación general, de reconstrucción que en este nuevo mundo que vivimos da más risa que otra cosa. Dejar de creer en la selva y que se puede reconducir esta es gollería. Me temo que incluso esta reflexión tiene tintes de sermón anacrónico porque el juego es otro y yo al menos no me explico bien sus reglas. Me temo una vez más, es más lo que me gustaría que fuera que lo que es, pero me conformaría no ya con que lo intentaran, sino que por lo menos entendieran cuando les atrapan algo elemental: que no es de recibo la falta de decoro y que si estamos obligados a vivir en un permanente trágala al menos que tengan el coraje de decirlo.

Aquí no ha dimitido nadie. No se estila. Se toma como un signo de debilidad y el poder debe ser fuerte y honrado, el poder debe ser cómplice de la infamia llegado el caso, debe tapar más que destapar, debe apoyar al corrupto en la medida en la que todos pueden serlo


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