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¿Qué es gobernar?

Por Javier Otazu Ojer - Miércoles, 11 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:12h

No se vayan todavía. Aún hay más. Es decir, vuelven las elecciones. Nos espera otra época de debates, comentarios, discusiones, propaganda electoral y todas esas cosas tan conocidas por todos. En fin, así es la política. La cuestión aquí es otra: ¿qué es gobernar? ¿Influyen tanto los políticos? Es muy conocido el caso de Bélgica, ya que durante el tiempo que estuvo sin gobierno disfrutó de un amplio crecimiento económico.

Propongo definir gobernar como “establecer el marco regulatorio en el que las personas puedan desarrollar todo su potencial creando cauces que permitan una buena convivencia entre los miembros de la sociedad”.

Esta frase tiene muchas connotaciones. Si deseamos un buen marco regulatorio es prioritario que las políticas se adapten a los nuevos tiempos y costumbres. Temas como el cambio climático, la sostenibilidad de las pensiones (debida al aumento de la esperanza de vida), las nuevas empresas tecnológicas o la aparición de entidades de economía colaborativa (con una gran influencia en temas como adquirir un hotel para pasar las vacaciones o contratar un taxi) deben ser fundamentales en el debate. Por ejemplo, muchas ciudades europeas están pensando en maneras de aprovechar el análisis de datos o el uso de plataformas digitales para generar un mejor servicio a sus ciudadanos.

Respecto a desarrollar el potencial de las personas, ¿qué se puede hacer? Hay también muchas posibilidades. La primera y obvia comienza por el sistema educativo, pero cuidado, un sistema que tenga un objetivo primordial: conocernos a nosotros mismos. Un niño que conforme va creciendo conoce sus puntos fuertes, sus puntos débiles, su personalidad y sus habilidades innatas es más consciente de los caminos que le pueden llevar a generar valor para toda la sociedad. Y eso pasa por adquirir las competencias adecuadas: estudiar una ingeniería, medicina o una formación profesional concreta que le permita desarrollarse. Se comenta que debe haber una mayor integración entre la empresa y la universidad. Sí. Se comenta que la educación debe venir de un pacto de Estado. También. Pero se olvida que la clave más profunda es, precisamente, el autoconocimiento de cada ser humano.

Convivencia. Parece obvio, pero no lo es. Existen aspectos personales como la religión o el sentido de pertenencia a una comunidad que son muy delicados. Ahí se debe extremar la precaución en la regulación jurídica, ya que estos aspectos pertenecen a los valores más profundos de cada persona. La historia está llena de enfrentamientos entre diferentes comunidades por estas razones. Pues eso, mucho cuidado.

Pero la convivencia genera más cuestiones. Por ejemplo, las desigualdades. Se dice que las comparaciones son odiosas. Falso. Lo que ocurre es que las comparaciones son inevitables. No sé si es bueno o es malo, simplemente es así. Está demostrado que una persona prefiere ganar 1.500 euros al mes si su entorno más cercano gana 1.300 euros a ganar 2.000 euros al mes si su entorno gana 2.200 euros. Se supone, claro está, que con ese salario se tienen las necesidades básicas cubiertas. Esto nos lleva a una conclusión muy poderosa: no puede existir un conjunto de personas que se sienta discriminada. En otras palabras, no puede haber un grupo de privilegiados con derechos particulares. Aquí entra el asunto de los papeles de Panamá. No entro en la legalidad de los mismos, el escándalo está por otro lado. Simplemente, los que tienen un salario mínimo (mejor expresado, a partir de un salario “máximo”) pueden llevarse el dinero fuera. Es inadmisible. Cuando oímos que en un país se ha dado una fuga de capitales, no tenemos en cuenta de quién era ese dinero. Sí, de los más ricos.

Por otro lado, vivimos un único planeta: la Tierra. Si lo pensamos fríamente, las decisiones que más nos afectan vienen de dos sitios. Uno, las grandes organizaciones mundiales como el Banco Central Europeo con su “expansión cuantitativa” o la Unión Europea estableciendo límites para el déficit público. Basta recordar el margen de actuación que tenía el gobierno griego que ganó las elecciones: muy limitado. En este caso no hemos ejercido el derecho al voto. Dos, las políticas locales. Basta recordar la controversia que generan aspectos como la convocatoria de oposiciones o el pago de la paga extra pendiente a los funcionarios. Aquí, al menos, podemos votar.

Así ya podemos contextualizar la campaña que nos espera hasta las elecciones de junio. El interés mediático será muy alto y nos volverán a inundar con debates y ocurrencias. Por desgracia, el interés práctico es muy bajo.

Y es que al volver a leer, las pocas personas que lo hacen, los programas electorales, leeremos que prometen: más empleo, sanidad y educación. Difícil, con las limitaciones presupuestarias actuales.

Sin embargo, es más que eso.

Es gobernar.


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