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Crepúsculo del ‘superyó’ y corrupción

Por Fabricio de Potestad - Martes, 10 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Según Freud, la personalidad humana surge a partir de un conflicto entre los impulsos biológicos agresivos y desiderativos y los límites sociales que la persona ha internalizado. Los esfuerzos por resolver este conflicto básico tienen como resultado la configuración de la personalidad. Este conflicto se centra en tres instancias que interactúan entre sí: ello, yo y superyó. El ello se refiere a la parte más profunda, primitiva, desorganizada e innata de la personalidad. El yo tiene como fin cumplir de manera realista los deseos y demandas del ello, conciliándose con las exigencias de la instancia moral de la personalidad. El superyó es la parte que contrarresta al ello y representa los pensamientos morales y éticos adquiridos y aprendidos en una determinada cultura.

Si bien es cierto que Freud criticó al superyó de su tiempo por sus excesivas restricciones sexuales y por sus ideales impracticables, el superyó del siglo XXI revela el derrumbe de las directrices morales necesarias para la constitución del sujeto y de su solidaria adaptación social. Hemos pasado del sumiso masoquismo moral decimonónico al lamentable vacío ético propio de la cultura capitalista. La cultura propone ideales, principios, valores y objetivos relativos a un determinado momento histórico y a un ámbito específico político y económico, que son la matriz necesaria para que se constituya el superyó individual como componente imprescindible del aparato psíquico. Este conjunto de principios y valores arraigan de manera profunda en los seres humanos, no como influencia exterior, sino como sustancia constitutiva del propio sujeto. Las directrices morales que forman el superyó, soporte de la ética, son impensables sin una propuesta cultural específica, pues constituyen las normas que regulan los vínculos y relaciones entre los sujetos y facilitan la adaptación a un modelo social concreto. Precisamente en el arraigo personal de la moral y en su acomodo contextual radica la eficacia de la moral.

La ética debe ser un reflejo emocional que debe arraigar sólidamente en la personalidad, pues de lo contrario hay fallas en la constitución de las repulsiones morales básicas, como vergüenza, pudor, indignación o repugnancia hacia actos inmorales, como es la corrupción política. Otrora las personas actuaban de acuerdo a códigos basados en principios, generalmente religiosos, fuertemente arraigados en el aparato psíquico, como la prohibición de matar, robar, mentir o fornicar. En la actualidad el capitalismo, esencialmente competitivo, desplaza a las religiones sin aportar códigos morales alternativos, instaurándose una moral impostada y superficial, práctica y utilitarista, sin apenas arraigo en la estructura personal, siendo considerados como valores de recambio la asertividad, la competitividad, el egotismo, el individualismo, la ambición, el éxito y la riqueza cortoplacista.

En la actual sociedad individualista, hedónica, narcisista y utilitarista se están produciendo individuos con tan llevadera levedad del ser que pueden cínicamente dar clases de ética mientras incurren en conductas inmorales e incluso ilegales sin sentir la más mínima desazón ni ninguna necesidad de arrepentimiento. En efecto, como dice Lipovetsky, asistimos al crepúsculo del deber, a una ética indolora que conlleva que la moral propiamente dicha sea tan solo una noticia superficial que no llega a integrarse en la estructura de la personalidad, por lo que transgredirla no causa malestar ni sentimientos de culpa. Al contrario, determinadas cualidades de carácter pragmático, inherentes a la cultura capitalista, son incorporadas al superyó con carácter de directrices morales, legitimando de alguna manera ciertos comportamientos egoístas e indeseables. Gran parte del vacío moral del ser humano contemporáneo se vincula con lo que se puede denominar la claudicación del superyó en esta etapa del capitalismo global y cibernético. Asistimos, por tanto, a la irrupción de un ser humano educado para competir y triunfar, pero sin apenas contención moral alguna. No es de extrañar, pues, que con este bagaje ético disfuncional muchas personas que acceden al poder político mientan, incumplan sus promesas y se corrompan con facilidad, pues la política es un lugar idóneo para operar con esa moral utilitarista y egotista que redunda en beneficio propio y en detrimento de la colectividad. Desgraciadamente, los políticos están hoy bajo sospecha de corrupción, no porque todos lo sean, sino porque las cifras de corruptos más los encubridores, cómplices e indiferentes son tan abrumadoras que resultan inconcebibles e indecentes. En definitiva, el nuevo paradigma consumista y materialista está haciendo estragos en la conciencia social de determinados políticos, hasta el punto de que los intereses de los adinerados corruptores encuentran una particular receptividad en estos gobernantes, facilitando el entendimiento entre ambos. Es más, si no fuese por la presión de la prensa y de la calle, los políticos ni siquiera darían explicaciones. Y cuando lo hacen, alegan ignorancia e incluso sustituyen las aclaraciones por la amenaza y la frase fustigante. Nadie asume responsabilidades, lógico por otra parte, pues carecen de un superyó solvente que les haga sentir vergüenza. En fin, como dijo Unamuno: ¡Qué país, qué paisaje y qué paisanaje!


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