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Tribuna abierta

Medios de comunicación y democracia española: una lectura vasca

Por Ramón Zallo

Por Ramón Zallo - Lunes, 9 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:15h

B ucear sobre el tratamiento mediático de los “conflictos vascos” desde 1977 hasta hoy es preguntarse por el estado de salud en autonomía, funciones, valores y deontología del sistema comunicativo que, se supone, nos retrata e influye.

No cabe hacer un solo paquete uniforme con el conjunto de los medios de comunicación. Ha habido diferencias de tratamiento entre los entes públicos (RTVE y Efe versus EITB) y dentro de los agentes privados (A3, Tele5, Vocento, Diario de Navarra, Ser, Cope versus Grupo Noticias, Gara, Berria, radios populares y comunitarias...). Tampoco se ha dicho lo mismo todo el tiempo (pensemos en la línea editorial pro Elkarri de El Mundo del País Vasco entre 1991-1996).

Lo más significativo, sin embargo, es que el peso de unos y otros medios, medido por la exposición de las audiencias a los mensajes de unos y unos, nunca tuvo comparación posible. Las audiencias de los más numerosos y potentes medios de ámbito estatal en RTV (con un discurso de referencia nacional española cuando no nacionalista) hoy sobrepasan el 85% la audiencia vasco-navarra en TV y el 80% en radio. En el caso de la prensa, la hegemonía interna la han ostentado los conservadores grupos Vocento y Diario de Navarra, sin perjuicio de la influencia de medios externos como El País o El Mundo en la agenda de nuestras propias elites. En parte es debido al regulador y al tamaño, pero no solo. Algo se ha hecho mal.

Muchas veces, los medios no han hecho gala de rigor informativo, de presentación de toda la información disponible en cada momento, o de consulta habitual a fuentes diversas y contrastadas. Cabe preguntarse si se ha titulado conforme a los contenidos expuestos y con sentido informativo, reduciendo la subjetividad al máximo, predominando la información sobre la valoración y destacando la singularidad de cada caso concreto sobre el estereotipo. Hay que indagar si se hizo un esfuerzo por presentar los contextos que permiten entender los acontecimientos y sin presiones explícitas a los periodistas que, teóricamente, son los testaferros sociales que devuelven a la sociedad la compresión de su propio acontecer.

También hay que preguntarse si hubo insensibilidad general desde 1977 hasta 1988 (Pacto de Ajuria Enea) sobre las violencias, sobre todo de ETA pero también del GAL (ante la que todo el mundo oficial se llamaba andanas) y del Estado;y si después -cuando las víctimas fueron las elites- no se cayó en lo contrario, en un sensacionalismo politizado e histérico y en un silencio sobre muchos temas (torturas, régimen carcelario..).

Por un lado, la lectura que hizo el ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, de los procesos desencadenados a raíz del asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997 en claves de criminalizar a todo el nacionalismo. Su alianza con el peor PSOE (Redondo Terreros) obtuvo la bendición moral de unos pocos intelectuales tránsfugas y banderizos, representados por Savater, y la más relevante bendición judicial del justiciero unidimensional que fue Baltasar Garzón. Por otro lado, esta etapa acabó con un hecho informativo fracasado: la gigantesca manipulación de la autoría de los atentados yihadistas de Atocha (2004) dio una victoria electoral inesperada al PSOE.

Ese periodo quizás sea el más oscuro de la historia del periodismo. Mayor Oreja se reunía con los media, disciplinaba a las direcciones, propuso el lenguaje “correcto” (reiterar “banda armada” y “terrorismo”, lenguaje maniqueo y de campaña militar) y con una serie de ítems permanentemente repetidos en todos los medios: ETA como agente puramente criminal y mafia a exterminar sin relación alguna con ningún problema político;todo vale frente al terrorismo en la lógica de ETA o Estado, con desaparición obvia de la sociedad;la idea de “todo es ETA” llevó a criminalizar a franjas sociales enteras, inaugurando los procesos de ilegalización de partidos y de cierre de medios de izquierda abertzale (Egin, 1998) o simplemente euskaldunes (Egunkaria, 2003) y estigmatizando a la sociedad civil independiente;todo el nacionalismo pasaba a ser cuna y cómplice objetivo del terrorismo, lo que movió a la reacción del PNV (Propuesta Ardanza) y al pacto de Lizarra en 1998;la identificación del Estado con el Estado de Derecho conllevaba la negativa tramposa a consultas democráticas que pudieran cuestionar su integridad;se proscribió todo lo que sonara a paz, diálogo, integración, respeto a derechos humanos, crítica, consulta…

El rubicón de estos excesos fueron las elecciones de 2001, en las que PSOE-PP fracasaron en su intento de sorpasso. Pero los medios repitieron una y otra vez ese mantra, hasta el punto de que un proceso democrático normal en cualquier país (el proyecto de Estatuto Político de Ibarretxe de 2004 y la Ley vasca de Consulta d 2008) fueron leídos en clave antiterrorista para disfrazar la involución ideológica de la clase política y mediática española.

Cabe así diagnosticar la caída mediática en la propaganda bajo la razón de Estado con una lógica de trinchera y de amigo/enemigo en ese periodo.

Personalizó sus asesinatos y atentados en políticos, electos, jueces, empresarios (y más periodistas,) y gestionó el dramatismo de los secuestros. Le acompañó la fracturante lógica asumida por la izquierda abertzale de la socialización del sufrimiento y del miedo. Combatieron el clamor de la calle compitiendo con contramanifestaciones y la kale borroka (Oldartzen, 1994) en la idea de forzar a la clase política amenazada a la negociación política de la autodeterminación. El fracaso tanto de ese objetivo como de la neutralización de la sociedad civil (Elkarri, Gesto…) es conocido y ya en 1998 la tregua de ETA y el Acuerdo de Lizarra simbolizan el abandono de esas ideas descabelladas en la izquierda abertzale. Pero no así en ETA. En 2000 y 2001 aun pretendió callar las voces dialogantes (Lluch, Landaburu..). En 2008 hubo una bomba contra EITB.

Así, como en el tiempo inmediatamente anterior y posterior a 1977 los media señalaron no solo agenda sino también discurso, ya desde principios de los 80 la institucionalización de los partidos, con sus congresos, gabinetes, revistas, think tanks, gobiernos (UCD, PSOE)… marcaron la agenda temática y conceptual del debate así como la información política (si se exceptúa a AP, que solo generó discurso propio solvente tras su transformación en PP en 1989). La historia de los medios está así vinculada a la historia política.

Sin embargo, su influencia real está lejos de lo que la estructura desigual y dual del sistema mediático parece indicar. Y es que, a diferencia de lo sucedido en los países democráticos normales, la ciudadanía vasca ha tenido que aprender a tener una “opinión pública” separada de la publicada o editorializada, hasta el punto de que votamos reiteradamente casi lo contrario de lo que nos dicen los medios masivos mayoritarios que vemos, oímos o leemos… con distancia mental porque les damos poca credibilidad.

Es un fracaso de gestión mediática en una sociedad moderna, industrial y de masas. Lectorado y audiencia no anuncian electorado entre nosotros porque hemos tenido otros espacios de socialización del pensamiento político y de la opinión, desde unas comunidades de sentido y una sociedad civil potente, variada y muy politizada.

¿No hay que preocuparse entonces del sistema de medios? Craso error. Necesitamos un sistema propio potente porque, a medio plazo, las agujas hipodérmicas de la comunicación desde otras referencias tendrán una influencia crucial si desciende la capacidad movilizadora. Incluso a corto plazo, son otros los que siguen controlando buena parte de nuestra agenda de problemas sobre los que pensar, discutir y decidir. Un gran problema a tomar en serio.

¿No hay que preocuparse del sistema de medios? Craso error. Necesitamos un sistema propio potente porque, a medio plazo, las agujas hipodérmicas de la comunicación desde otras referencias tendrán una influencia crucial


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