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La pobreza tiene nombre de mujer

Por Miren Jone Azurza - Sábado, 7 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse…Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. Lo dijo hace años Julio Cortázar, refiriéndose a palabras como libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia…

Hace muy pocos días me he tropezado con el vocablo “feminismo”, tan sobado ya pero tan actual todavía porque ni de lejos se ha llegado en el mundo a poner en marcha el derecho de las mujeres a ser tratadas con respeto, ni siquiera con ese mínimo respeto que se concede a los varones en nuestras diversas sociedades y culturas. Voy a referirme especialmente a esos 59 millones de niños a niñas sin escolarizar, de los cuales más de la mitad son niñas y cuyo número ha ido aumentado en más de dos millones durante los últimos cinco o seis años. Ellas y sus madres configuran la pobreza más pobre del mundo actual.

¿Cómo olvidar la figura de esa niña india de unos diez años que cuenta su infancia en “Save the Children”: “Me ponían vestidos largos para que pareciera mayor. A los once años me vendieron a un hombre rico que explotaba una casa de prostitución. Me obligaban a entregarme a tres clientes diarios y si me negaba me maltrataban.”

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi afirma en su librito “Todos deberíamos ser feministas”, que la lucha en favor de los derechos humanos iguales para hombres y mujeres debería ser, en este siglo XXI, un deber asumido con normalidad por varones y féminas si pretendemos que el mundo se convierta en un lugar más justo para toda persona. Es necesario provocar un nuevo debate en favor de una educación ecuánime para niñas y niños desde la infancia y concienciar a jóvenes y adultos. “Me gustaría -afirma-, que empezáramos a soñar con un plan para un mundo distinto. Un mundo más justo, de hombres y mujeres más felices y más honestos consigo mismos. Empecemos a criar a nuestras hijas e hijos de otra forma.” Perviven todavía numerosas culturas en que sólo los hombres tienen un poder decisorio en la familia y la sociedad, mientras la mujer no pasa de ser un instrumento de usar y tirar, sin cultura, sin voluntad propia, con la exigencia de adiestrarse solo para agradar y servir al hombre.

Atenta a este grave problema, la conocida monja benedictina norteamericana Joan Chittister ha escrito, con motivo de la visita del papa a su país, una carta abierta al Papa Francisco en la que le pide que nuevamente preste atención en serio a la situación de la mujer. Se puede extractar de esta manera: “Santo Padre, usted hace que el mundo vea lo que hemos olvidado. Nos llama a hacer más, a proveer empleos, alimentos, hogar, educación, la voz y la visibilidad que brindan dignidad, decencia y pleno desarrollo. Pero hay un segundo asunto escondido debajo del primero al que quizás usted mismo necesite prestarle atención nuevamente y en serio. La verdad es que las mujeres son las más pobres entre los pobres. Los hombres tienen trabajos pagados;pocas mujeres en el mundo los tienen. Los hombres tienen claros derechos civiles, legales y religiosos en el matrimonio;pocas mujeres en el mundo los tienen. Los hombres dan por sentada la educación;pocas mujeres en el mundo pueden esperar lo mismo. A los hombres se les conceden puestos de poder y autoridad fuera del hogar;pocas mujeres en el mundo pueden esperar lo mismo. Los hombres tienen derechos de propiedad;a la mayoría de las mujeres del mundo se les niegan estas cosas por ley, por costumbre o por tradición religiosa. Las mujeres regularmente son poseídas, golpeadas, violadas y esclavizadas sencillamente por ser hembras. Y quizás lo peor de todo, son ignoradas y rechazadas como seres humanos plenos, como discípulas genuinas, por sus iglesias, incluyendo la nuestra.

Es imposible, Santo Padre, hablar en serio de hacer algo por los pobres y a la vez hacer tan poco o nada por las mujeres. Le imploro que haga por las mujeres del mundo y de la iglesia lo que Jesús hizo por ellas. Hasta que esto no suceda, nada puede cambiar verdaderamente para sus hijos (e hijas) hambrientos y sus inhumanas condiciones de vida.” ( Ver Iglesia Viva nº 265).


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