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Landa se agarra al reloj

El murgiarra soporta la embestida de la crono del Giro en Holanda donde se corona Tom Dumoulin, que aventaja en 40 segundos a Mikel, que se deja 21 con nibali y 16 con valverde

César Ortuzar - Sábado, 7 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Mikel Landa, durante la crono de ayer en Apeldoorn, donde mantuvo el tipo.

Mikel Landa, durante la crono de ayer en Apeldoorn, donde mantuvo el tipo.

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Mikel Landa, durante la crono de ayer en Apeldoorn, donde mantuvo el tipo.

1ª ETAPA

donostia- Landa, que es un tipo explosivo, puro instinto y arrebato, temía la detonación de la crono inaugural del Giro, un pasaje más corto que largo, más intenso que apagado, más rosa fucsia que rosa palo en el país Orange. En Holanda, que de tan plana solo sobresalen los badenes, que los diques regulan la mar para no ahogar a sus habitantes, Mikel Landa esperaba tormenta. Mar de fondo. Para contenerla, el murgiarra, el señor de las cumbres, se alistó al velódromo de Mallorca en el invierno. Allí, el Sky, su equipo, le midió la postura, la ergonomía, su resistencia al viento. El Saville Row del ciclismo. A Landa le acoplaron sobre la bicicleta, le agacharon la cabeza para peinar el viento y le instalaron una cabra en casa para domar el tiempo, para moldearlo con suavidad, para deslizarse entre el segundero. La bici de contrarreloj pasó a ser parte del decorado de su vida, de su día a día. Como un opositor que acampa en el túnel del tiempo con un flexo y los apunes, se acostumbró el murgiarra a esas series en soledad, con los codos clavados, los ojos soldados al potenciómetro y la mente encerrada en mensajes positivos, mantras para resistir el desgaste, la caída de las manecillas, la cuerda de plomo que ponía grilletes a su piernas y que martilleaba su mente, con tendencia a la distracción en esos pulsos con los engranajes del tiempo, juez insobornable.

Plegado sobre la bicicleta, concentrado, mascullando ilusión, encapsulado en un casco sideral con la pantalla de espejo, Mikel Landa se asomó al Giro desde el anillo de Apeldoorn, otro velódromo. Salió a la luz encerrado entre las vallas que cicatrizaban el recorrido de 9,8 kilómetros. Apareció Landa convencido de que Turín, punto final de la carrera italiana, lugar de entronización, se traza desde Holanda. Pulgada a pulgada. La crono, que era más que un prólogo, certificó la mejoría de Landa en asuntos temporales. El murgiarra le ha ganado tiempo al tiempo. Su examen, el primer test cuantificable sobre la cabra tras el fogueo de la Vuelta al País Vasco, validó la apuesta de Landa, su buen aprendizaje en un intensivo.

los favoritos, igualadosSe sostuvo con una sonrisa Landa en el callejero de Apeldoorn, que masticó un circuito chato, fugaz, sobre todo en el primer bocado, donde agitó la bicicleta para incorporarse a la posición que le reglaron en la mesa de diseño del Sky. Clavado sobre su perfil, se aplicó en las enseñanzas en un trazado que deslizó a más de uno en alguna curva de mirada aviesa en esa Holanda rectilínea, de canales al sol en el florido mayo y viviendas con zuecos de madera en el recibidor. Landa no se trastabilló. Al contrario. No se saltó ningún párrafo de su nuevo libro de cabecera: Manual del contrarrelojista. Siguió el relato con atención, sin pestañeos, escuchando la respiración, el metrónomo de un contrarrelojista. Landa no es un especialista, pero la pértiga de su aprendizaje le otorgó el kevlar necesario para no salir malherido de la crono, una riña peliaguda que concentró en un par de palmos a los favoritos de la carrera. Landa, Nibali y Valverde se acodaron en menos de 20 segundos. Todos en hora para pelear por el Giro.

El italiano, que balbuceaba en el Trentino, que era un ovillo de dudas o ese trasladaron sus últimas apariciones, mostró su solidez con un discurso convincente en Apeldoorn. Nibali se quitó la máscara de Hamlet. Cargó 19 segundos en el petate de Mikel Landa y tres chasquidos sobre el debut en la carrera italiana de Alejandro Valverde. El murciano, cadena bamboleante al cuello, que se santiguó tres veces en la rampa, cuestión de fe, se grapó al crono del siciliano, “bastante satisfecho, aunque con los pies en el suelo”. El que los despegó para levitar fue Tom Dumoulin, el expreso holandés, un jinete sin cabeza, que antes del Giro dijo renunciar a la general para proyectarse en las cronos. Fue el mejor Dumoulin entre los que suspiran por el rosa. Su impulso en Apeldoorn le encaramó al liderato y le devolvió al centro del escenario del que se quiso apartar con las palabras. En el país naranja, vistió de rosa Dumoulin tras afeitarle una milésima a Primoz Roglic, que fue saltador de esquí antes de volar con la bicicleta, y media docena de segundos a Andrey Amador, camuflado entre bambalinas, en la trastienda del fulgor de Valverde, que soporta la púrpura en el Movistar. El costarricense fue cuarto el pasado Giro aunque nadie repara en él.

Reducir pérdidasEn Landa se fijan muchos. Teñido de negro, su crono fue de tonos alegres. Nada de lutos ni réquiems. Más próximo al confeti. El murgiarra le dio cuerda a su piernas y resistió en un ecosistema que le provocaba sarpullido, con ese soniquete que nunca calla. Tic-tac. Su carrera era un ejercicio de resistencia. Corría en una trinchera Mikel. Su ecuación pasaba por minimizar las pérdidas en una postal de ocho curvas y miles de entusiastas guardando cada baldosa del recorrido, un pasillo de entusiasmo. En ese pasadizo, Landa obtuvo las ganancias marginales;atravesar la ciudad sin dejar demasiadas migas. Landa no quiere ser Pulgarcito. Prefiere ser Gülliver. El murgiarra impidió que su crono se convirtiera en un festín de segundos para los depredadores que orbitaron alrededor suyo. Urán y Majka apenas le sisaron tiempo. Tampoco Ilnur Zakarin. La dentellada de Nibali, siempre afilado, apenas le magulló, y el pellizco de Valverde no le amorató la esperanza. Aferrado al Giro, el alavés no perdió el equilibrio. Estrujó las manecillas. Como Buster Keaton, Landa se agarró con fuerza al reloj.


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