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“Mi único fin en la vida era controlar a ese adicto”

Ana Rodríguez es una de las miles de personas que estableció una relación enfermiza con un drogodependiente. Se involucró en sus conflictos, sufrió, se culpó y adquirió conductas como las del propio adicto.

Un reportaje de Aitor Anuncibay. Fotografía Gorka Estrada - Lunes, 2 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:15h

Ana Rodríguez posa en el barrio de Benta Berri de Donostia.Foto: Gorka Estrada

Ana Rodríguez posa en el barrio de Benta Berri de Donostia.Foto: Gorka Estrada

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Ana Rodríguez posa en el barrio de Benta Berri de Donostia.Foto: Gorka Estrada

Ana cumplía hasta hace pocos años con ese infernal retrato. Su pareja estaba totalmente enganchada a una sustancia, fuera de la realidad, día tras día. Ella, a su manera, también se encontraba en un mundo de angustia y tristeza. “Mi pareja es una persona adicta -se encuentra en terapia, como ella-, pero pienso que siempre he sido codependiente, desde que tenía 16 años. Salía el fin de semana con mi cuadrilla, que era consumidora de droga, y yo buscaba gente que tomase sustancias. Para amoldarme a ellos, yo también consumía”, relata Ana. Esta lasarte-oriatarra estaba cayendo en el pozo de la adicción a los adictos.

ObsesiónEn Aergi conocen en profundidad este fenómeno. “Los codependientes se ven arrastrados hacia el mundo subjetivo de la persona adicta para permanecer en él y vivirlo como normal. El vínculo con el otro es similar al nexo con la droga. Buscan obsesivamente a la pareja, minimizando, obviando u ocultando sus defectos a la vez que destacando que dicha persona es la única que le estimula como quiere el dependiente. Presentan frecuentes sentimientos de vacío, sensación de no poder escapar y atracción hacia relaciones intensas, incluso peligrosas”, describe Anguera, quien ha llevado a cabo un estudio sobre este complejo asunto.

En definitiva, el adicto no quiere perder a un codependiente porque lo manipula y hace lo que quiere y este último tampoco quiere abandonar al otro porque siempre se ha ocupado de cuidarlo. Y Ana llegó a ese grado de relación. “Se me destapa todo cuando me voy a vivir con una persona adicta, todo se desmorona. Ahí me doy cuenta de que no es la vida que quiero, que algo pasa. No es lo mismo salir con un chico que consume porque te vas a tu casa el domingo y hasta el viernes siguiente no vuelves a consumir. ¿Por qué la necesidad de buscar ese tipo de personas?”, se cuestiona esta mujer.

En un principio, Ana se amoldó a la ingesta de grandes cantidades de alcohol para seguir el ritmo de su pareja. “Tenía la necesidad de estar en la ventana mirando a ver si venía. Hasta que cogía un taxi y me iba a Trintxerpe a buscarlo de bar en bar hasta altas horas de la mañana. Yo me pedía una cerveza, luego otra y, al final, había que buscarme a mí. Todo aquello era una rueda”, detalla Ana.

Hasta que dijo basta. “Ya no quería seguir consumiendo. Me quería ir a casa porque al día siguiente tenía que trabajar. Y eso me importa”, resalta esta guipuzcoana. Ella había tomado conciencia de que vivía en el infierno, su pareja, no. “Entonces empiezo a sobrarle;él se escapa de mí para consumir. Soy la pedorra que está detrás de él. Y empiezan las broncas. Sale solo, desaparece de casa dos o tres días. Ese es el momento en el que empiezo a sufrir. Estoy en casa y sé que está consumiendo. No sé cómo ni dónde está. Empiezo a sentirme mal y sufro las consecuencias de vivir con una persona adicta. Es la angustia...”, recuerda esta lasarte-oriatarra.

Ana cae en el abismo. Sufre ansiedad, taquicardias, vómitos, problemas en la espalda, dolores musculares... “Puedes pasarte días sin ver a esa persona, no sabes si está vivo o muerto. No sabes nada. Y dejas de cuidarte, te abandonas, te da igual si te has duchado, si has comido, te vuelves apática. No te quieres a ti misma. Todo el día tienes eso en la cabeza. Me sentía mal por su culpa, pero luego pensaba que lo que él hacía era culpa mía. Era castigarme a mí misma”, acota esta mujer.

culpaEn este sentido, la portavoz de Aergi agrega que, llegada esta situación, las personas codependientes “llevan una vida aparentemente normal”, pero internamente son un volcán. “Sienten una gran carga de culpa. Piensan que le han consentido demasiado al adicto”, señala Anguera.

En esos momentos, la relación de Ana con su pareja era como el aceite hirviendo que salta de la sartén al verter un líquido. “No podía hacer planes, ni siquiera ir a comer un domingo con los suegros. Era imposible. Tenía que llamar sabiendo que desconocía dónde estaba mi pareja desde hacía tres días. Me tenía que inventar una trola” confiesa esta mujer.

La caída al averno parecía infinita. Hasta que Ana y su pareja decidieron acudir a la terapia de Aergi para tratar de frenar su deterioro físico y mental. “Nos presentamos en rehabilitación. Era consciente de que él tenía un problema, pero no de que yo también. Fui viendo el reflejo de una persona codependiente y... yo lo soy. Me empecé a sentir identificada con esos patrones de conducta, con esas reacciones”, admite esta lasarte-oriatarra.

En ese momento comienza un difícil camino de recuperación que no siempre alcanza los objetivos, como bien saben en la asociación contra la adicción al alcohol. “Se trata de propuestas de acción duras, realmente sorprendentes y difíciles de aceptar a primera vista. Hay que explicarles con mucho tacto que llegados a este punto, a su familiar adicto únicamente le quedan tres salidas: rehabilitación, psiquiátrico o la misma muerte, y que, de tomar la decisión adecuada (la dura), al menos se puede contar con un 50% de posibilidades para que reaccione. De lo contrario, las posibilidades se reducen drásticamente”, manifiesta la portavoz de Aergi.

mentirasA ello se añade la propia circunstancia de los codependientes. “Desgraciadamente, muchos familiares llegan a la asociación tan manipulados por los adictos y sus mentiras, tan encajados en la vida subjetiva de ese drogodependiente que no se ven con fuerzas para tomar este tipo de decisiones y rechazan la sugerencia, con lo cual continúa su calvario y raramente se vuelve a saber de ellos”, pormenoriza Anguera.

Quienes continúan con el proceso de rehabilitación pueden vivir un “choque de trenes”. “La persona codependiente comienza a sentirse mal, revuelta, frustrada, enfadada, ansiosa, deprimida. Llega a no soportar al adicto. Ha pasado del amor al odio. No sabe qué hacer con el tiempo que ella ocupaba en cuidar a la persona enferma. Todas estas formas de actuar son un mensaje escondido hacia el adicto: te necesito, pero te necesito mal;si estás bien no te necesito. Por su lado, la persona adicta se siente totalmente descolocada. Ahora que ella está mejor, su familiar no le soporta y está todo el día de mal humor y enfadado con ella”, asevera la portavoz de Aergi.

Anguera explica que, en ese momento, el codependiente tiene que mirarse al espejo y preguntarse: ¿Por qué me ocupo de esta persona y no de mí? ¿Qué deterioro tengo a nivel emocional y mental? “No han sabido gestionar las emociones, aceptar las frustraciones y eso les conduce a una rueda que han ido tapando con la persona dependiente. Tienen que aceptarlo y es un proceso duro”, reconoce Anguera.

En el caso de Ana y su pareja, la salida de los infiernos no ha resultado tan traumática. “Tiene su trabajo, con un cambio de hábitos, pero no me ha resultado duro. Al ir viendo resultados y que logras estabilidad y comodidad no resulta nada complicado. Psicológicamente he dado un cambio importante y también físico. He perdido 30 kilos en un año. Mi pareja ha empezado a recuperarse y yo también. Ya no tengo que ocuparme de él”, manifiesta Ana poco antes de acudir al gimnasio, donde ahora ha adquirido el hábito de hacer deporte.


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